Hay quienes escinden el arte de la inteligencia, la razón, u otros atributos del intelecto. Muchos piensan en el arte como una actividad que sólo se sujeta a los sentimientos, y asocian éstos a una potencia de segundo nivel, muy separada del saber, y el pensar. Pienso que se equivocan. Comparto mi vida entre ambas áreas, y percibo con claridad que no es así.
Para desarrollar mis ideas en torno a este tema, usaré como modulador del pensamiento una historia breve, que escuche en mi juventud a don Hernán Cortés, gran profesor de Cálculo Diferencial, en la Universidad Católica de Chile, cuando estudiaba ingeniería en esa institución. Como una motivación, a las sumatorias de series, y su cálculo refería, don Hernán la historia que iré relatando. Hago este alcance, pues la historia o es real, o pertenece a mi profesor, y es un deber reconocer autorías.
Me ocupa la literatura, sin embargo, lo que en relación a arte se diga, siempre será válido tanto en el arte en general, como en la literatura en particular. Como estamos en un ámbito en el que tiene preponderancia esta última, me referiré principalmente a ella, y como ya he dicho antes, la instalaré en el espejo de la comparación con el cálculo diferencial, en el cual, y casi todas las ciencias matemáticas, quien fuera el niño Gauss de la anécdota que veremos es considerado como El Príncipe, pues desde niño fue en éstas un prodigio.
En el cálculo diferencial, un instrumento de uso intenso, son las series, y sucesiones. Me atrevería a decir que por lo tanto, son fundamentales en el pensamiento humano. Una sucesión es un conjunto de elementos ordenado, que están relacionados cada uno con otros de acuerdo a un criterio que determina un elemento que lo antecede y otro que lo sucede. Estos conceptos son de suyo sencillos, sin embargo, establecerlos con claridad resulta muy frecuentemente, parte del arte literario. Una sucesión típica sería la que se establece entre el niño Gauss, y su padre, a quien el niño corregía las cuentas de su negocio para sorpresa de su progenitor, y del progenitor de éste, y abuelo del niño en cuestión, además de parte de la sucesión con que ejemplifico: El abuelo Gauss, el padre Gauss, el niño Gauss, son una sucesión que puede continuar al infinito, aunque sin llegar a él, de la familia Gauss. En cálculo diferencial, una serie, es una sucesión numérica, donde la relación del sucesor y el antecesor está dada por una función matemática. En esto se puede dar ejemplos fáciles como son la serie de los números pares, o de los números enteros, de los cuadrados de los enteros, en fin, cual sea que se nos ocurra, la función.
A nuestro niño Gauss, todos estos instrumentos que a otros, ya dedicados a problemas serios y sempiternos, como son encontrar nuestros orígenes y destinos, y el como devenimos en lo que somos, y mucho más, le parecen sólo herramientas frías de manejo de información, manipulación de estadísticas, proyecciones, valores de esperanzas, riesgos y probabilidades, o eso u otro, y en relación con ello; a él le burbujeaban la fantasía, pues ahí barruntaba el nacimiento de la voluntad superior que había generado todas las reglas y todos los órdenes, incluso esos que a nosotros, los ignorantes, nos parece bien llamar caos. Así pues, mientras otros jugaban con piedras y piezas de palo, o saltaban como cachorros salvaje por los prados y prados del universo, él se encantaba con el orden de los números, la grácil gentileza del cálculo, que reflejaba con magnífica precisión los sucesos, hasta el punto de poder, en muchos casos, reflejarlos, y hasta predecirlos. En esta actividad fantástica, y ensimismante, se solía encontrar el niño Gauss, en casa, camino a la escuela, en medio de las conversaciones familiares, en los juegos de los demás niños, e incluso durante las clases, que pudiendo ser sus predilectas como eran las de aritmética, no lo eran pues ya las encontraba pueriles, de modo que hasta en ellas parecía distraído.
Fue de esta manera como el profesor lo sorprendió, más de alguna vez, absorto en otras cosas que no en la clase, por lo que no pudo responder, tal vez, a alguna sencilla pregunta, incluso relativa a estas materias que dominaba con arte. Cansado, el profesor, de esta situación, decidió, cierta vez, ponerle definitivo coto mediante un castigo severo, que obligara al niño Gauss a ejercitar su concentración, a la vez que enmendara su mal comportamiento. "Niño Gauss" dijo el profesor, con su gruesa voz de educador, "te quedarás, cuando los otros niños se hayan ido a casa, sumando números, en castigo por tu distracción". Cuando todos los otros se hubieron ido, el educador dijo a Gauss: "¡Bien! Me habrás de sumar todos los números que van del setecientos ochenta y seis, hasta el mil ochocientos noventa y cuatro". El niño Gauss se sentó en su asiento, hizo algunos cálculos en su pizarrín, y anotó el número un millón cuatrocientos ochenta y seis mil sesenta, y en menos de cuatro minutos le entregó al profesor el castigo cumplido.
No solemos estar preparados para la superioridad de los otros. Difícilmente aceptamos que otro sepa más, que sea más inteligente, que sea más sensible, más creativo, más humano, más sabio, o más hermoso. Así es como cualquier cualidad sorprendente en otro, tendemos a ignorarla, a no creerla, o a despreciarla: Aquel niño no está pensando en problemas de las matemáticas y el cálculo diferencial, que yo ni sospecho que existan, está distraído, pensando en musarañas. Por eso mereció un castigo. Un correctivo muy severo, para niño de tan corta edad, puede ser una suma larguísima de más de mil números, de modo que finalmente suplique perdón por su mal comportamiento reiterado. Si quien ha resultado castigado con tan contundente reprimenda, sorpresivamente, soluciona el problema en cuatro minutos, es porque no ha solucionado nada, sino sólo se cree más astuto que su maestro, y es necesario enderezar de inmediato su conducta desviada.
El maestro no estaba preparado para lo sucedido, y al no poder comprobar el resultado el niño Gauss, asumió, por supuesto que estaba erróneo. Dijo: "¡Está malo! ¡Vete a revisarlo!". Gauss miró dudoso su pizarrita, y respondió: "Está bueno, maestro". "¡Que te vayas a revisarlo!" insistió, rojo de furia, el maestro. Gauss volvió a su asiento.
La soberbia no es nunca buena compañera. Hay quienes ven en lo que no comprenden, pobreza de espíritu, ingenuidad de lenguaje, o malas astucias de niño. La poesía habla del hombre, y lo hace con el corazón, con el hígado, con las entrañas, con la razón y la lógica. Tal vez sea más sabia la poesía, y menos ingenua, que la soberbia nacida de la razón pura, mal informada y falta de sus carencias que la apartan del hombre, y tampoco la acercan a la ciencia verdadera, que del arte también nace: De la creación de los que piensan también con las manos y el ojo, con las entrañas y los sentimientos. La ciencia nace de ser aquella herramienta que hace al hombre hacer del conocimiento un orden, y que es el impulso del progreso. No nace de la razón soberbia que se piensa superior, sino del sentimiento humilde que cree poder superarse, y lo desea con pasión del corazón. Así fue que el niño Gauss estuvo cuatro minutos más, haciendo nuevamente su cálculo.
"Maestro" dijo, alargando su pizarrita: "Estaba bien". "¡Imposible!" respondió el maestro, "si apenas has alcanzado a calcular nada. No puedes haber sumado más de mil números". "No fue necesario" respondió el niño Gauss. "Sólo calculé el resultado". "Para eso tendría que haber sumado los números" insistió el maestro. El niño Gauss con respeto profundo instó, entonces, al profesor a revisar el resultado. "Te sientas en tu lugar" dijo rojo de ira, "y te esperas a que revise". Después de una larga hora de cavilaciones, errores correcciones, intentos y reintentos, el profesor miró severo a Gauss, que dibujaba geometrías en el aire, y le dijo: "Va a ser un trabajo largo y no tengo el tiempo. ¡Vete a casa!, pero si luego descubro que no es el resultado, tendrás que sumar tres veces más números". Aquella noche, tozudo, el maestro trabajó más allá de las tres de la madrugada hasta llegar al resultado: ¡El niño Gauss estaba en lo cierto!
Frecuentemente, al leer un relato, o un poema, también un ensayo, después de algunas líneas ya sé qué me va a decir el autor, otras veces no lo descubro hasta el final, y no es raro que ocasionalmente no esté de acuerdo con los postulados, los sentimientos, o las ideas de él, y sin embargo siempre, cuando la traza del poema, el ensayo, la prosa, o el relato está llena de inteligencia, de pasión, de sentimiento, o un cierto algo indefinible, que se puede llamar arte, y reúne todo lo anterior, me resulta imposible sustraerme de la lectura, no tanto por lo dicho, sino por el proceder para decirlo. Es, precisamente, en estos casos, cuando leer es placentero, y cuando queremos leer todo lo que aquel autor escribe. No es diferente con el conocimiento, con la ciencia, con el saber. Y no se es inmune a esto ni por tozudez, ni por oposición, u odio. Tampoco sirve el rencor u otros sentimientos innobles. Éstos tal vez nos obliguen a disimular, pero nunca a ignorar, salvo cuando nuestra ignorancia es tan grande que ha herido irremisiblemente nuestra sensibilidad, que es con toda probabilidad el cuesco de la inteligencia. Pues bien: Nuestro maestro, acometido por estos sentimientos, y lleno de ansiedad, esperó, al día siguiente el término de las clases, y llamó al niño Gauss. "Di niño, cómo llegaste a este resultado". El niño obediente dijo: "Sumé el primero con el último, que luego multipliqué por la diferencia entre ambos, aumentada en uno, y tomé la mitad de ese resultado". "¿Y por qué hiciste tal?" preguntó el maestro extrañado. Es sencillo respondió el niño Gauss, y escribió los números a sumar en una columna: setecientos ochenta y seis, setecientos ochenta y siete, y algunos más, luego en otra columna, al lado escribió ahora los números a sumar pero partiendo desde el último: mil ochocientos noventa y cuatro, mil ochocientos noventa y tres, mil ochocientos noventa y dos, y otros tantos más. Luego sumo los números que estaban uno al lado del otro en las columnas, es decir: setecientos ochenta y seis más mil ochocientos noventa y cuatro que resultó ser dos mil seiscientos ochenta, luego setecientos ochenta y siete más mil ochocientos noventa y tres, cuyo resultado también es dos mil seiscientos ochenta, y así continuó hasta que el maestro vio que el resultado era siempre, y lógicamente, el mismo, y sólo atinó a murmurar: "¡Vaya!... ¡Vaya!". "¿Cuántos resultados todos iguales tendremos, maestro?" interrogó el niño. "¡Ah! pues, mil ochocientos noventa y cuatro menos setecientos ochenta y seis" se apresuró a decir el maestro. "Más uno", corrigió el niño Gauss. "Ah, por supuesto, por supuesto" repitió el otro afirmando con la cabeza, con la expresión inundada de admiración. "Entonces multiplicaré ambas cifras, para llegar al resultado, y tomaré la mitad, pues los he sumado dos veces". "¡Cierto!, ¡cierto!" dijo el profesor sin dejar de aprobar con la cabeza.
El profesor hizo luego, varios otros ejemplos por su propia cuenta, lo mismo que nosotros, los alumnos de don Hernán Cortés, y comprobamos maravillados la lucidez de Gauss, lo que nos motivó para llegar a considerar una de las áreas más áridas de las matemáticas, como nuestra favorita, gracias a un sencillo relato, en tono literario, de nuestro propio profesor.
Hoy, después de más de cuarenta años, aun recuerdo cada una de las motivaciones al pensamiento y la reflexión humilde y serena a que me ha motivado la literatura y otras artes, tanto que no me atrevería a decir que utilizan un lenguaje ingenuo cuando vemos que hablan desde el corazón, que es un músculo, desde las entrañas, donde se alojan tantas pasiones, desde el corazón donde se guardan muchos sentimientos, desde el sexo donde se anidan los más hondos anhelos, o las manos que aprisionan carne, hueso, sangre y pellejo de otros semejantes amados, y respetados.
El arte y la ciencia se hacen con el pensamiento del cuerpo todo.
Gauss, a lo largo de su vida incursionó con éxito notorio en la filología, la astronomía, la estadística, con la que echó por tierra con su modelo de mínimos cuadrados las primeras nociones de caos matemático, fue impulsor de las estadísticas como ciencia, precursor con Riemman de las teorías modernas de electromagnetismo, e incursionó en la literatura, donde no perseveró por falta de tiempo, que no de inteligencia.
