Cronológicamente situamos a nuestra poeta en la Generación del 70. Por su ascendencia cordobesa ha sido heredera de la tradición poética andaluza, con la mirada atenta, por otra parte, a las generaciones precedentes, muy especialmente, a la Generación del 27. Como telón de fondo la clasicidad. Juana ha sabido acercarse a todas esas fuentes y crear su propio lenguaje. Un lenguaje que la singulariza al igual que su propia poesía, donde se advierte verdad y coherencia a través de una palabra poderosa que no nos deja indiferentes, sino que el lector se siente conmocionado por esta especial manera de decir.
Desde Cóncava mujer hasta Pañuelos del aire, Juana Castro ha ido entretejiendo vida y poesía en una emocionada conjunción. El lenguaje responde a la necesidad expresiva de cada momento poético, y evoluciona de la misma manera que evoluciona la persona. Castro nos ofrece el lenguaje barroco en algunos de sus primeros libros, entre ellos Narcisia. En Del dolor y las alas (libro escrito a la muerte de su hijo), la poeta se repliega en una meditación dolorosa y el resultado expresivo es la palabra depurada que brota con el mismo hecho dramático. Así podríamos pasar por los libros y encontrar esa variante en cada "tempo" de escritura. Sin olvidar que una voz esencial e inconfundible recorre toda la obra.
Quienes hemos seguido la trayectoria poética de Juana Castro, nos asombramos al volver de nuevo a su obra y advertir hallazgos, diferentes matices en los poemas, como si la luz proyectara en las palabras y viéramos con más nitidez la hondura de su discurso poético y la pluralidad de registros que encontramos a través de las reiteradas lecturas de sus versos. Nos atrevemos a decir que es la poeta que ha tratado con acierto y decisión incomparables el tema de la mujer, dignificándolo en su empeño, a través de una visión mítica y atinada. Amor y dolor van a la par en esta poesía, a veces en una lucha desigual entre contrarios que acabará en muerte como ocurre en Arte de cetrería, donde el erotismo también tiene presencia. Nos referimos a un libro cuya estructura de lenguaje, el contenido aliento de los versos, y la belleza conmovedora de las imágenes, sin olvidar el minucioso estudio del arte cetrero, nos llevan a decir de la excelencia de sus páginas.
El tema de la tierra, del campo, el cotidiano vivir en parajes lejos de la ciudad (de "las flores del asfalto") adquiere significado en la obra de Castro, fundamentalmente, en Fisterra y Del color de los ríos. Nos dice la autora del primer libro citado: "es terrible la tierra/ le late un corazón siniestro en el costado", sin embargo, el imaginario poético recorre todas las estancias de ese aparente destierro, al ser recordado, y nos lleva a gozar de momentos luminosos: "es verano y es julio, y en su noche/ por un pozo se adentra el frescor de la luna"; también se duele de soledades, y mantiene monólogos con los árboles y la aridez del secano, con el deseo insistente de ver las luces de la ciudad y disfrutar de su música. La ausencia del mar también está señalada en este libro: "pues no conozco el mar. Sólo el verde/ ondular de los trigos?". Existe alternancia entre el deseo de lo desconocido y la añoranza de momentos o hechos pasados: "orinar era un rito pequeño/ de dulzura en el campo". Del color de los ríos, el otro libro al que hacemos alusión, tiene también un escenario rural. A pesar de la coincidencia, diríamos que los poemas de Fisterra nos llegan con una luz especial apoyada en el paisaje y en el frescor de la memoria. Memoria también presente en Del color de los ríos, quizá la más oculta u la más elocuente en la dinámica poética de Castro, al ahondar en un tema que le viene dado: la mujer en lucha con la tierra, su doblegado y oscuro pasar en las edades. La historia de esas vidas nos entrega la poeta a través de un hermoso libro, donde la belleza de las imágenes que recorre la obra, nos induce a afirmar con Proust que la imagen es elemento esencial de toda literatura. En la escritura de Juana las imágenes nos llevan a experimentar esa conmoción por la belleza que sólo es capaz de ofrecer la alta poesía.
Confieso que no he terminado mis lecturas y dedicación a la obra de Juana Castro. Son muchos los aspectos y miradas que sus libros requieren. Tras la atención prestada a sus poemas, en diferentes momentos, sí puedo afirmar que estamos ante una de las mejores y mas interesantes autoras de la poesía actual.
Antología - Poemas
Vuelo de altanería
"...y el caudal y sutileza del arte del neblí todo es altanería"
Pedro López de Ayala
Dulce.
Dulce dices, mas tan sólo sospechas.
Pues no eres la garza
que tan sola y tan grande
bajo mis alas vive.
Dulce, sí.
Dulce ella, ante mí, derribada.
Dulce yo, que sobre el cielo un punto
mi corazón dibuja.
Pequeña flor mi fuerza,
mi arrasada veloz
desde lo alto.
Asciendo
y como un rayo caen,
en picado, mi obediencia y mi sed.
Dulce tú, dulce yo,
dulce ella, bebiéndonos fugaces
de su mano terrible la belleza.
Nada es la dulzura:
Un segundo
de muerte.
(De Arte de cetrería)
¡¡Señor!!
25 marzo 1979
Mis seis años, Señor, y ni un almendro.
Ni una copa de luz para mañana,
ni una piel de león para la huida.
Un niño sin sonrisa es un desierto.
Me has barrido de flores
y un huracán siniestro me adelgaza los pies,
el paladar y el sueño.
La espalda es una curva que sujeta mi madre
y no sé ni llorar, porque el dolor me anega como un grito.
Mis hermanas están frente a la aurora
con un panal abierto en las rodillas.
Yo me miro las cuencas maduradas
y te clamo ¡Señor! porque tu nombre verde
es el único tallo que sostengo
desde que el mar me muerde y me vendimia.
(De Del dolor y las alas)
Destierro
Yo no soy de esta tierra.
Era ya extranjera en la distancia
del vientre de mi madre
y todo, de los pies a la alcoba me anunciaba
destierro.
Busqué de las palmeras
mi voz entre sus signos
y perforé de hachones
encendidos la amarga
región del azabache. Yo no sé
qué vuelo de planetas torcería
mi suerte.
Sobre el mudo desvío, sé que voy,
como víbora en celo, persiguiendo
el rastro de mi exilio.
No encontrará mi alma su reposo
hasta que en ti penetre
y me amanezca
y ría.
Cáliz
Y ahora soy
tan igual a ti, madre,
que no me reconozco en el cristal
de este retrato tuyo tan presente.
Si supieras que todo
lo que de ti he odiado y maldecía
ahora en mí lo descubro
tan exacto y reciente como el cerco
de una piedra en el agua, repetida.
Vengo a verte de nuevo.
Tócame, pon mis dedos
aquí sobre tus llagas, y ábreme
esta rosa de espinas del costado.
Soy tan tuya que el mar
tu voz copia en mi voz para su canto.
Y me despierto, y en la hora vivo
tu misma inmensa sed, esa que siempre
en tus huesos vacíos
irremediable ardiera.
Yo no soy tu fantasma, quiero
crearte ahora en el filo
de quien te dio mi ser, resucitada.
De muerta a muerta dime:
¿Quién amamanta a quién, serpiente mía?
(De No temerás)
Padre
Esta tarde en el campo piafaban las bestias.
Y yo me quedé quieta, porque padre
roncaba como cuando,
zagal, dormíamos en la era.
Me tiró sobre el pasto
de un golpe, sin palabras. Y aunque hubiera podido
a sus brazos mi fuerza,
no quise retirarlo, porque padre
era padre: él sabría qué hiciera.
Tampoco duró mucho.
Y piafaban las bestias.
Pañuelos
En un golpe de aire los papeles
han salido volando, y esparcen por el suelo
su forma de blancura.
Campo seco, sembrado
de rectángulos tersos,
limpias lenguas de sombra.
Mis pañuelos son otros. De batista y de lino,
descansan sobre el pasto sus vainicas aladas
y a mis manos reciben
su perfección de agua.
Escritura caída.
Pañuelos
y pañuelos,
vida mía, palabra.
(De Del color de los ríos)
Penélope
Kabul
Pajarillo enjaulado, me han quitado los ojos
y tengo una cuadrícula
calcada sobre el mundo.
Ni mi propio sudor me pertenece.
Espera en la antesala, me dicen, y entrelazo
mis manos mientras cubro de envidia
las cabras que en el monte ramonean.
Ciega de historia y lino
me pierdo entre las sombras
y a tientas voy contando
la luz del mediodía.
Noche mía del fardo
que sin luces me arroja
la esperanza del tiempo
engastado en la letra. Noche mía, mi luz
cuadriculada en negro, cómo pesa
mi manto y su bordado, cuánto tarda
la paz negra del cielo, cuánto tarda.
(De El extranjero)
Disyuntiva
La tentación se llama amor
o chocolate.
Es mala la adicción.
Sin paliativos.
Si algún médico, demonio o alquimista
supiera de mi mal,
cosa sería
de andar toda la vida por curarme.
Pues tan sólo una droga,
con su cárcel
del olvido me salva de la otra.
Y así, una vez más, es el conflicto:
O me come el amor,
o me muero esta noche de bombones.
(De la antología Alada mía)
Declaración del inculpado
Yo siempre amé los pájaros.
Su vuelo, su inquietud, el oculto
misterio de sus cuerpos
tan frágiles. Su plumón y ese leve
calorcillo cerrado de su carne.
Por eso estuve allí. Su corazón
latía como un coche
y me asomé cantando
a su tibieza rubia
y a su abismo. En otoño
las hojas arden en la hierba
y yo no me entretengo.
Le impuse mis maneras
porque no se dejaba y era tarde.
Dormí luego, tranquilo,
con la punta de coca
y con mi vaso. Cuatro años
tendría. Puro nervio.
La bolsa o la vida
Tú los ves ahí colgados, tirados, y dices,
vaya cosa, son cosa de mujeres, tonterías,
lo llevan para meter el pintalabios,
el móvil, quizás una compresa. Y te olvidas.
Pero ellas no olvidan, lo llevan como a un gato,
como al fiel compañero, como su santo y seña,
como su claro ex-libris.
Te equivocas si crees, en tu inocencia,
que esa cosa de rafia o de piel beige
sirve para tener a mano el colorete, las llaves, el perfume.
Yo la he visto de noche,
esa cosa respira, es una megalópolis,
no está quieta por dentro, es multiforme y crece.
A la hora del pan huele a cerveza,
y cuando está nublado
te puedes encontrar con que ahí dentro
hay una hija, un sol, unas tijeras
de robar rosas rojas.
Ahí, a tres de julio, he visto amanecer los pájaros cantando
y había un abanico para un novio
y una estrella de miel para la madre.
En el rincón azul, las gafas de coser,
las recetas del padre a la fecha de hoy,
la muestra de la tela -preciosa- que le dio el tapicero.
Al fondo la novela, la última, de Doris Lessing
y el bono de 10 horas del gimnasio.
Por ahí pasa un río,
pasa el día, la música, la niebla...
Esa cosa. Mi bolso.
Que va a dar al mar.
Son grandes y son lentos
Con ellos oigo el mar.
Oigo el mar y visito los huecos
de la sombra en sus labios.
(Pero no sé si tienen labios).
Son grandes y son lentos como dos
proboscidios. Se caen
cada día cien veces de su tierna rodilla
zamba. Yo les doy
de beber, les unto
de pomada y de aceite
la piel roja del coxis
y a las doce los pongo en el balcón.
Habla y habla y habla el uno sin parar
una lengua de trapo
y de esponja
y de agua,
mientras el otro la otra
se atora con su propia úvula o campanilla.
Y el mar entra y sale,
va desde su cuarto a la cocina,
y a mí me humedece
de color gris acero las muñecas.
Cuando brota la luna
yo rehago dos nidos con bufandas
y leche y baberolas
y me siento a escuchar.
Y el mar bate despacio
muy
despacio
en sus vientres de tierra.
(Inéditos en libro)
Juana Castro es autora de una docena de títulos de poesía, un libro de artículos y cotraductora de una antología de poesía italiana. En 1995 se presentó una tesis doctoral sobre su obra bajo el título
Trayectoria poética de Juana Castro (1978-1992), realizada por Encarna Garzón García, catedrática de Literatura de instituto, de la que se ha editado la tercera parte, titulada
Temática y pensamiento en la poesía de Juana Castro, Universidad de Córdoba 1996. Cuenta con premios como el "Carmen Conde", el "Juan Ramón Jiménez", el "San Juan de la Cruz" o el "Carmen de Burgos", este último de artículos periodísticos. Recibió también los premios "Periodismo" del Instituto de la Mujer, Ministerio de Cultura, Madrid 1984, y "Meridiana", del Instituto Andaluz de la Mujer, 1998, por su trayectoria. Unos versos suyos se encuentran en un azulejo situado en el Patio de la Cancela del Palacio de Viana de Córdoba.
Nacida en Villanueva de Córdoba, 1945, es profesora especialista en Educación Infantil, profesión que ha ejercido durante 40 años. Es miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes. Colabora en diversos medios como articulista y crítica literaria. Recientemente se han reeditado dos de sus libros: Cóncava mujer (1978 y 2004) y Arte de cetrería (1989 y 2004) Otros de sus títulos son Del dolor y las alas (1982), Narcisia (Taifa, Barcelona 1986), Fisterra (1992), No temerás (1994), Del color de los ríos (2000) o El extranjero (2000), además la antología Alada mía (1996) y de otras en italiano.