Ars poetica vespertilia
Todavía sentado a la mesa de los sobrevivientes
declaro mi deuda con medio centenar de poetas
a los que aún no he leído.
Los notarios de la literatura pueden fraccionar mi cuerpo
en tantas partes como la ley lo crea conveniente
y / si algo queda de mí /
un dedal de tierra me espera al final de este camino.
Reconozco haber pecado de melancolía
en cinco de cada siete versos escritos
en siete de cada siete versos pensados
y en diez de cada siete versos asumidos.
Sin pudor ni control abusé de las palabras,
de su malevolente representación de la vida.
Pequé de alusión
nombrando a cada cosa por su imagen.
Parodiando a cada objeto en su espasmo fisiológico
pequé por omisión.
Reclamé amores, papeles y linternas.
Sobre los bordes de un jardín humillante de tan verde
tatué axiomas que caducaron a la medianoche.
Blasfemé, escribí cartas, dormí entre los muertos
y / como quien es parte de una fábula /
me levanté temprano. Preparé las valijas.
Todavía sentado a la mesa de los indelebles
y temiendo preguntar por los que faltan,
declaro en contra de mis pocos aciertos
buscando el camino
a no sé qué cielo de portentos largamente prometido.
El vampiro de mi poesía
yace a los pies de una estatua de Quevedo.
Fugacidad eterna
"Nuestros muertos no están muertos,
sólo regresan a los sueños."
(Reynaldo H. Uribe)
En este poema mi padre está vivo
(como en los sueños),
poda sus plantas,
limpia de hojas el diminuto jardín,
habla de fértiles valles en medio del desierto
y espera el encuentro del domingo
donde Independiente posiblemente gane.
En este poema mi padre lee con voracidad,
sin discurso que lo sustente, sin ideología.
Lee por el simple placer de la lectura,
alimento del alma
que sólo consumen algunos seres animados.
En este poema mi padre habla de maderas,
de la siempre misteriosa veta del roble,
del aroma del cedro
que perfuma los dientes de la sierra.
Es el olfato de un hombre
que goza de todos sus sentidos
el que habla por boca de mi padre.
Yo sólo soy un niño de siete años
que escucha y aprende.
En este poema
(al igual que en una fotografía)
mi padre es el tercero desde la izquierda,
el que sonríe como diciendo
"en algo hay que ocupar el tiempo".
Y en su tiempo está vivo.
En este poema
mi padre inicia un nuevo injerto
sobre la rama motora del ciruelo.
Tal vez por eso se lo ve inquieto,
anhelante, lleno de locas expectativas.
En este poema
mi padre vive eternamente.
Pero es el poema
(pequeño, mezquino, dubitativo)
el que no está a la altura de mis necesidades.
Es el poema
(volátil, inexacto, cobarde)
el que no logra que este instante sea eterno.
Digamos Zobeida
"Detén tus pasos, Lógica, no quieras
que se hagan pesimistas los idiotas"
(Almafuerte)
Aquella mujer (digamos Zobeida)
nada sabía de los lenguajes figurados.
Pobrecita Zobeida.
Para ella marmota era marmota
y un gallo era un gallo
nunca el lascivo esposo vigilante
de la verba gongorina
(doméstico del Sol, nuncio canoso)
jamás el barbado de coral
que ciñe su púrpura turbante.
Como toda niña prodigio
(que deja de ser prodigio
cuando deja de ser niña)
Zobeida puso su biblioteca
al cuidado de una motociclista,
y la salud de sus dientes
en manos del café y la nicotina.
Si es de su corazón que debemos hablar,
un borracho diplomado cuidó de él mientras pudo
hasta que (pájaro en cautiverio
que siempre fue) abrió la jaula
a mediados de un año no-bisiesto
y se hizo parte del mundo.
Gente muy suspicaz (que la hay)
me pide que opine sobre zoología,
sobre el eterno poder seductor de las frases latinas,
sobre diminutos ceniceros de ónix,
sobre algunos vinos que se añejan
en un galpón umbrío de Mendoza
e inclusive sobre hostias profanas
que envuelven no sé qué delicioso mazapán.
"Pregúntenle a Zobeida" es mi respuesta.
Creo estar en lo correcto.