Los poemas póstumos, de Paul Celan

por Miguel Arnas Coronado

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Los poemas póstumos
De Paul Celan
Editorial Trotta

Hay creyentes que, convencidos de que todo el universo está contenido en un libro, lo abren al azar para leer cualquier frase o párrafo, en la fe de que el fragmento elegido por ese dios frío llamado aleatoria, aunque ellos crean lo eligió su Dios cálido y cercano o a veces terrible, les hablará de sus problemas inmediatos para darles un atisbo de solución. Tal libro debería ser como la biblioteca infinita o el libro de arena borgiano, y por descontado sería necesaria una búsqueda o investigación, y no una casualidad. Sin embargo hay libros que, religiosos o no, cumplen bien esa función. Y hay obras, principalmente de poetas, que pueden y deben ser tratadas así. Tal es el caso de Paul Celan y su poesía. Abrir cualquiera de sus ediciones al azar, leer un poema y dejarse llevar por las palabras, las imágenes, las insinuaciones, los enigmas, es un placer incuestionable.

Esta que hoy comento es la de sus poemas póstumos, poemas que no llegaron a ser publicados en vida de su autor porque los desechó para sus libros, aunque la calidad de ellos no desmerece de la de otros aceptados para De umbral en umbral o La rosa de nadie. Ahora, ediciones Trotta, la misma que ya publicó su Poesía Completa, saca a las estanterías un tomo casi tan voluminoso y de igual densidad hecho con la licencia de los herederos de su legado. Sorprende esta edición, parece un truco de marketing. Mas todo tiene su explicación. La verdad es que Celan, como se explica en el Epílogo editorial a este tomo, clasificó estos poemas en carpetas y los ordenó cronológicamente, e incluso corrigió versos, aunque en algunos anotara "¡este no!" o "¡impublicable!". Y no era poeta que lo conservase todo, al contrario. Quizá hubiera en esa selección severa, mezclada con la depuración y conservación cuidadosa, un sí pero no, una inseguridad típica de artista exigente. En cualquier caso, igual que fue de agradecer la decisión de Max Brod de negarse a quemar los manuscritos de Kafka, también es de agradecer esta impresión de sus póstumos.

Quiero recordar mi anterior reseña en esta misma revista, en la que comentaba un poema titulado "Ópimo mensaje". Decía que en él podía oírse aullar a todos los gaseados en los lager. He de confesar que, después de releer el susodicho poema, llegué a la conclusión de que posiblemente hablase Celan en él de una cripta románica donde las emanaciones (banderas o efluvios era la palabra utilizada) de gas más se debían a los enterramientos centenarios o quizá a las velas, sin aludir en absoluto a los exterminados en los campos nazis. Pero también hablaba en el mismo artículo de que cada relectura de un poema celaniano aportaba nuevos matices, con lo cual demuestro, o al menos esa era mi intención, que estos libros con la obra, ahora sí, parece que completa de Paul Antschel, son auténticos libros de arena, bibliotecas infinitas susceptibles de mil y una exégesis, de trillones de comentarios.

Los temas que ya eran tratados en la Poesía Completa vuelven a aparecer en esta Poesía Póstuma, por supuesto. También el tratamiento del lenguaje. Hay una curiosidad que no me resisto a comentar: tres páginas de ilustraciones que se reducen a facsímiles de manuscritos del autor y un dibujo. La letra es la propia de un hombre moderadamente pesimista, meticuloso, casi diría puntilloso de la perfección, con caligrafía afilada y cursiva, muy enérgica, pero el dibujo es clarificador porque recuerda mucho a ciertos lienzos de Vasili Kandinsky, aunque la reproducción es en blanco y negro. Los dos hacían lo mismo, uno en la plástica y otro en la poesía. Si en Kandinsky los colores y las formas se independizan y tienen valor por sí mismos, y significan cosas siguiendo un código no exactamente inventado por él, sino más bien descubierto en el valor psicológico de la línea, del punto y del color, en Celan las palabras también se independizan utilizando al máximo esa gran virtud del alemán, aunque también el español la tiene, léase si no a Julián Ríos, de permitir la creación de neologismos uniendo palabras. El reverendo Dogson, Lewis Carroll, decía que el poeta debe cuidarse del sentido, que la rima ya se cuidará de sí misma. Celan parece hacer todo lo contrario, convencido de que la rima, no en el sentido tradicional de la palabra, consistente en coincidencias fónicas, sino en la belleza del sonido, en la concomitancia de palabras que suenan semejante y aluden a sentidos relacionados o que el poeta relaciona para lograr su propósito, en la armonía interna del verso y de la estrofa, esa rima es, no sólo tan importante como el sentido, sino esencialmente autónoma respecto a él.

Algunos poemas quedan apenas aclarados en las Notas de los editores Bertrand Badiou y Barbara Wiedeman, si no es en el aspecto de su ubicación en las carpetas que Celan guardó, o muy someramente en el tema al que hacen referencia, e incluso, y es de agradecer, en alguna palabra cuya traducción es difícil. Tal vez eso sea precisamente lo correcto pues dar interpretaciones parece aberración en estos poemas. Es a causa de ello, justamente, que deseo comentar alguno, que no interpretarlo porque eso sería, como ya me ocurrió con "Ópimo mensaje", no sólo susceptible de error sino además, fatuo.

Hay dos poemas, que yo haya visto, dedicados a Gershom Scholem, el filósofo y cabalista judío a quien Celan conoció, leyó y admiró, sobre todo como exégeta e historiador de los textos de la Cábala. El primero empieza con un verso que dice así: "Gerschom, tú hablas", verso que en alemán (Gerschom, du sprichst) tiene la misma métrica, idéntico ritmo y sonido semejante al célebre "¡Oh hombre, atiende!" (O Mensch, gib acht!) de Nietzsche, con esa gutural ce hache que en alemán equivale a nuestra jota. Pero a Nietzsche se le considera, por supuesto disparatada y catastróficamente, inspirador de los nazis, en tanto Scholem investigó los orígenes de la mística judía y dignificó la Cábala que, hasta él y Martin Buber, era recinto cerrado y, para occidente, uno más de los múltiples esoterismos adecuados para engañar bobalicones. Y la consideración de Nietzsche como inspiración de los nazis, consideración que vino de ellos mismos, claro está, es tan disparatada, y así lo ve Celan, que no hay sino leer aquél poema que empieza con esa llamada de atención al hombre, para sentir el puñetazo que el filósofo-poeta propina en el repulsivo hocico de quienes gozan con el dolor ajeno, y ver cómo sólo en la alegría de vivir y en el sentimiento de profunda ilimitación del ser humano está el sentido de la vida de éste.

Otro hay impresionante que restituye el ya visto tema celaniano de la ausencia de Dios cuando se le necesitó. Dice así «El centro vacío que ayudamos a cantar, / cuando estaba hacia arriba, claro, // cuando dejó pasar los panes, ácidos y no ácidos, // de rojo oscurecido, de otro, / de preguntas, siguiéndote, // desde hace tiempo.» Nuevo Job que se pregunta por qué, que increpa a Dios diciéndole ¿dónde estabas?, ¿por qué te cebaste en nosotros que no hicimos nada malo, o al menos nada peor que otros?

No quiero ni debo extenderme, y sin embargo las sensaciones provocadas por la lectura son fuertes. El poema que voy a copiar a continuación tiene una segunda versión en el Anexo, aunque en éste no se habla de fechas y puede, por tanto, ser primera versión. Dice así: «Con la paloma de la paz, así llega / el ogro, un espectro del bosque, / un contraespectro en medio / de mentiras enderezadas al espejo. // Id, seguidlo, no está / solo. Con él va la in- /vertida palabra del verdugo, del / bocazas, armada / de diente de oro, colmillo / de oro, garra / de oro.» De las mentiras de la paz hoy sabemos un poco, las mentiras de todos aquellos que pregonan la paz pero se arman y utilizan esas armas. Y no hablo sólo de nuestros dirigentes sino también del vecino, del compañero de trabajo que recubierto de palabras hoy biensonantes, hace alegremente lo contrario de lo que dice, y encima lo justifica y asegura, como antaño hicieron los inquisidores, que lo hace por nuestro bien. Pero vayamos a la forma: esa repetición al final del poema de la palabra oro, gold en alemán, no es sino alusión a tantos apellidos judeo-alemanes que contienen esa partícula: goldman, goldstein, mientras en el poema se lee goldzahn (diente de oro), goldhauer (colmillo de oro), goldkralle (garra de oro). Y los judíos (el estado judío, por supuesto, y sus votantes), sobre todo últimamente, aunque Celan no llegó a conocer este tiempo nuestro, hablan mucho de paz para practicar la guerra.

He hablado de Kandinsky. Celan, aunque ignoro totalmente si él pensaba en esto, es también Antón Webern, el músico serialista y dodecafónico que componía piezas desesperantemente cortas y endiabladas. Léase, si no, esto: «No te escribas / entre los mundos, // mantente contra/ la pluralidad de las significaciones, // confía en la huella de las lágrimas / y aprende a vivir.» ¡Aprende a vivir!

Respecto a la traducción poco puedo decir. Sólo aludir a la reseña de Cecilia Dreymüller aparecida en El País del pasado 25-9-04 donde la articulista se quejaba de la traducción en el poema Le Périgord de la palabra raute (rautenspruch, símbolo de la ruda) por rombo en lugar de ruda, cuando era evidente que, si en el verso siguiente se habla de steineichenhügel, colina de encinas (aunque steineiche es roble, no encina, si bien la encina es un árbol más meridional y no olvidemos que el poema habla del Périgord, región del Midi francés), debía referirse a hierbas o matojos, que no a rombos que nadie sabe qué pintan sobre una colina. Con todo es de agradecer este esfuerzo de editorial Trotta por presentarnos la poesía, ahora sí, parece que completa de Paul Celan, aunque la traducción no sea todo lo estricta que hubiera exigido semejante autor. También yo, por otra parte, he oído críticas al respecto de personas muy calificadas, pero es cierto que, si las traducciones vienen acompañadas del original, aunque el dominio de la lengua origen por parte del lector sea mínimo, facilita mucho, cuanto menos, el aprecio de la sonoridad.