Creía conocer muy bien todos los órganos de mi mujer, sobre todo su corazón, hasta que leí aquella respuesta emboscada entre varias páginas de líneas transparentes. Llevábamos casados dos años, ambos disfrutábamos de buenos empleos y éramos, creo, relativamente felices. Nuestra única preocupación consistía en terminar los pagos de esta casa magnífica que amigos y familiares han admirado siempre.
Apenas discutíamos, ningún problema solía enfrentarnos, y si surgía alguno la tensión no sobrevivía a nuestras sesiones de cama. Nuestros gustos parecían los de una única persona, y a veces daba la sensación de que nuestros comentarios se formaban en una misma cabeza. Creí que éramos sinceros. Yo al menos lo era.
Por eso cuando descubrí el borde de esos papeles entre sus carpetas comencé a leerlos casi con el ánimo rutinario de quien revisa la publicidad de los buzones. Me atrajeron las preguntas, y en especial el modo de redactarlas, quizá por eso que suele llamarse deformación profesional. En absoluto me interesaban las respuestas, es más, durante los primeros momentos supuse que aún se mantenían en blanco. Tan bien conocía a mi mujer que cualquier contestación podía confundirse con la mía.
Entonces llegué al apartado 32. Lo leí, lo leí una vez y otra. Y escapé al inicio, a la primera página, y repetí la lectura hasta herirme de nuevo con las aristas de esa cruz. Tragué saliva amarga y continué hasta el final. Si olvidaba esa pregunta y esa respuesta todo volvía a su sitio, pero solo como si un ácido derramado regresara a su botella. Mientras reponía los papeles en su lugar me refugié un instante en la esperanza del error, un gesto instintivo hecho sin convencimiento, porque con cualquier impreso o informe era pulcra y rigurosa. Bastaba con fijarse en el aspecto de cada equis, todas las aspas alcanzaban las esquinas de las casillas con exactitud, de la misma forma que las hubiera impreso una máquina.
Difícilmente logré disimular la conmoción cuando regresó a casa. La sentía en la distancia, en el lavabo, en el vestidor, con miedo a que se me acercara y no pudiera evitar el impulso de rechazarla por primera vez. Se extrañó de que solo pronunciara monosílabos. El dolor no me dejaba fingir, así que inventé un burdo conflicto en el bufete para camuflar mi semblante. Apenas conseguí dirigirle una mirada clara en toda la noche. Se sentó a mi lado, atenta al televisor, y me acarició muy despacio, como hacía a menudo. Me había mentido, y tal vez desde hacía tiempo. ¿Pero por qué? En cuanto nos acostamos musité la despedida vuelto hacia el despertador y me quedé inmóvil, intentando ignorar su aliento en mi espalda, los susurros, el brazo que cruzaba mi pecho. Fue una noche muy larga, de recuerdos y de interrogantes. La vi decenas, cientos de veces, en esa misma cama y en tantas otras, con su cuerpo amoldado al mío, su respiración mezclada con la mía, entregándome sus palabras mentirosas para que yo no dejara de ser feliz. Pensé que quizá debería haber formulado alguna vez la pregunta con la frialdad de una encuesta, del mismo modo que en el apartado 32. Puede que así hubiera evitado tantos síes falsos, tantas maneras distintas de engañarme.
Por la mañana logré analizar la situación más serenamente. Algo iba mal y ella no se atrevía a confesarlo. No había error, y tampoco broma, era ilógico que falseara la encuesta sólo en ese punto, a todas las demás cuestiones, algunas muy serias, contestó con la sinceridad inmaculada que yo conocía. No, algo importante se nos había roto, y debía averiguar de qué se trataba.
Me incliné por ocultar mi pesadumbre y no mostrarme frío ni retraído, mantendría la ilusión de que las cosas funcionaban. El problema se limitaba a nuestro dormitorio, no podía permitir que traspasara sus paredes. Esa noche no me resistí a sus caricias. No ejecutábamos las exhibiciones atléticas de las películas porno pero en general todo se desarrollaba bien, con amor, con elegancia, incluso con una muy aceptable variedad, a mi entender. A pesar de que me dejé llevar por una pasión casi inédita, mi pregunta bañada en sudor tuvo el mismo tipo de respuesta y la misma clase de gestos complacientes.
Sospeché que tendría alguna buena razón para no ser sincera. Por eso no quise desvelar mi secreto, confesar que conocía el suyo. Temía que nos obligara a una indeseable vivisección de nuestras relaciones, a someterlas al peligro de dañarlas con heridas fatales imposibles de cicatrizar. Lo apropiado era averiguar el porqué por mi cuenta, para luego tratar de ingeniar un remedio. Sin embargo ignoraba cómo hacerlo sin descubrirme. Tanteando opciones me pregunté si sus amistades estarían al corriente de lo que yo buscaba, y me dolió imaginar que cualquier amiga, quizá la más la lejana, cualquiera de las amables y sonrientes con las que nos encontrábamos en fiestas o cenas podía saber del problema y de su causa, y en cambio yo, su marido, su mejor amigo, su amante, jamás había percibido ni el menor atisbo de su insatisfacción. Quise suponer que no, que habría mantenido la reserva férrea que hacia los demás siempre hemos mostrado en los asuntos íntimos, y que la confianza escamoteada no la había regalado a otros.
Pasé varios días distraído, con la mente obtusa y la conversación reducida. Incluso mi trabajo comenzó a verse afectado, y hasta llegué a pensar en pedir unas vacaciones. Buscaba algún camino, alguna idea clara, y por fin la tuve una bendita tarde, en una reunión con varios colegas, cuando reconstruía por enésima vez el momento en que mi mujer se enfrentaba a la cuestión 32.
Resultó un esfuerzo largo e intenso, pero cuando retiré los folios de la impresora estaba convencido de que me conducirían a la solución. El emblema y el nombre de la empresa encuestadora eran muy convincentes, tanto como la finalidad, altruista sin rehuir una moderada deriva comercial. El formato del texto y el estilo de la redacción eran idénticos a los de una muestra que conseguí en la red. Lo que me interesaba, la pregunta que imitaba a la 32, contaba con el añadido de un extenso recuadro en blanco, un espacio suficiente para que mi mujer escribiera las razones que no se atrevía a darme. Nadie podía imaginar el valor que tenía para mí ese rectángulo.
Edité veinte ejemplares, uno por cada empleada de los laboratorios, y sin nombres de destinatarias para así simular la preservación del anonimato. Las equis de mi mujer me bastarían como firma. No me preocupó que sus compañeras influyeran en sus contestaciones, o que se formaran animados corros para prepararlas, pues ella sin duda preferiría la intimidad. El riesgo de que se averiguara la procedencia era mínimo: una vez cumplimentada la encuesta debía enviarse antes de una semana a un apartado de correos. Me cité con un conocido de muy buena presencia dispuesto desde hacía tiempo a pagarme un viejo favor, y le pedí que entregara los sobres en la recepción de los laboratorios con máscara de encuestador profesional.
En los días que siguieron no hallé los papeles entre sus carpetas o en sus cajones. No debieron salir del trabajo. Me inquietó entonces el peligro de que los hubiera despreciado. Dos encuestas tan extensas en un mes eran demasiadas para una persona tan ocupada. Pude evitar la histeria de acudir cada mañana a la oficina de correos, pero volé hacia allí cuando el plazo terminó. Aparqué en doble fila y me lancé hacia el empleado. Solo me entregó seis sobres, pocos, muy pocos, y no hubo más a pesar de mi insistencia. Troté hasta el coche y los despedacé sobre el volante. La angustia no me permitió ni siquiera sentir alivio cuando encontré sus cruces, y pasé hoja tras hoja deslizando la vista sobre las respuestas y preparándome para leer la única que en realidad me importaba. Un conductor al que entorpecía me dio un bocinazo, y al poco tuvo que repetirlo porque me había quedado en blanco. Tan en blanco como mi rectángulo.
Supuse que había sido demasiado exigente. Debí haber previsto que por lo general una encuesta escrita se completa con rapidez, sin entusiasmo y sin grandes esfuerzos. Mi mujer necesitaría de mucha inspiración para describir un conflicto posiblemente complejo en unos pocos centímetros de papel. Tampoco descarté que el pudor alimentara su pereza en ese punto, sus palabras no eran para mí, se dirigían a un puñado de desconocidos. Pero luego, mientras me deshacía de las cartas en una papelera, me surgió una pregunta a la que di la mayor importancia: ¿y si en realidad ella no sabía describir el problema? Una cosa es sentir un dolor, y otra dibujarlo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí esperanzado porque eso también explicaba que prefiriera mantenérmelo oculto.
Ya no se trataba de descubrir su secreto, sino de ayudarla. Durante semanas me quedé en la oficina hasta la hora de cenar. Me propuse acometer una segunda versión de mi plan con la humildad de un novato, compré varios libros especializados y descargué de la red innumerables documentos e informes. Reconocía no saberlo todo, y en especial las palabras adecuadas para algunas cosas tan fáciles de pronunciar en una cama con las luces apagadas y la piel en contacto. Necesitaba frases frías, técnicas, científicas.
Siento parecer presuntuoso si digo que confeccioné una obra maestra. Ofrecía a mi lectora todo lo que podía llegar a desear. Todos los platos importantes que había encontrado en manuales y libros quedaban a su disposición. Solo tendría que preferir y rechazar, platos enteros o solo unos ingredientes.
Esta vez supe aguardar. Puede que fuera mi última oportunidad y por ello la elección del momento no era un asunto superfluo. Nuestros días eran los de siempre, nuestra vida se mantenía en calma, sin sobresaltos, mi malestar se había apaciguado y apenas sentía la necesidad de limitar cariño o alegría. Los laborables se consumían en los trabajos respectivos, y las mejoras de nuestra casa solían llevarse casi todos los fines de semana. Decidí que fuera en verano, una época en que su jornada laboral se reducía y su ánimo resultaba más relajado. Y repetí el proceso.
Acudí a la estafeta en hora punta. Dejé el coche en un aparcamiento y me mantuve paciente en una larga cola ante el mostrador. En esta ocasión presentía que su carta me esperaba allí, a la espalda del empleado. Por eso no me preocupó que únicamente se hubieran recibido cuatro, sin mirarlas supe que una de ellas era la suya. Volví al coche y me alejé hasta un parque. Sus trazos minuciosos aparecieron en el primer sobre. Revisé las respuestas con rapidez, sin querer detenerme en ninguna: no había ni una sola contestación en blanco. Tenía la fórmula de nuestra felicidad en mis manos.
Pasé hasta el anochecer en el parque, intentado comprender y memorizar cada línea. Algunas elecciones me sorprendieron, otras me parecieron contradictorias, y la mayoría conformaban nuestras prácticas habituales. Quizá esas escasas preferencias o rechazos que yo desconocía resultaban muy significativos para ella. O tal vez todo se trataba de los tiempos, del orden, de la intensidad. ¿Pero por qué ese silencio, esa ocultación?
Nunca he rasgado unos papeles con mayor delicadeza. Esos pocos folios me habían abierto el futuro. Aunque volví a casa eufórico, enseguida me impuse como primera tarea la contención de mi entusiasmo. Pondría en práctica las soluciones de manera paulatina, y no solo por no levantar sospechas. Lo que había averiguado no era algo tan simple como esos códigos trampa que los chavales obtienen de la red para avanzar sin restricciones en los diferentes niveles de un juego de ordenador. Se parecía más a los ingredientes de una complicada receta generadora de un plato extraordinario si se confeccionaba con acierto, pero muy sensible a impaciencias y relajaciones, a descuidos y torpezas. Me sentí confiado, porque en el fondo creía tener el tacto y la sabiduría de un buen cocinero.
Hoy hace más de seis meses desde que encontré la casilla marcada bajo la pregunta 32. El ambiente en nuestro dormitorio ha mejorado bastante, digamos que se ha enriquecido, si bien he de confesar que aún nos queda lejos la plenitud del paraíso. Ha habido noches excelsas que nunca habíamos disfrutado, muchas mediocres, del montón, como las de antes, y unos cuantos episodios olvidables. Temo que suponga una rémora mi falta de confianza hacia algunos susurros que ella vuelca en mis oídos. Me guío más por lo que leí en aquellos folios, que considero auténticas instrucciones, y eso tal vez me haya vuelto un poco rígido. Por otro lado el ejercicio constante a que me someto escrutando sus gestos y sus palabras me ha llevado a reconocer mis propias sombras, sentimientos, deseos, comentarios, preguntas, que me guardo, que no me atrevo a pronunciar. Parece como si las nuevas soluciones hubieran creado nuevos problemas, como si llegados a la cima de una montaña nos apareciera otra mayor en el horizonte. Hoy al levantarme me he perdido en pensamientos pesimistas, hasta concluir que en estos territorios hay lugares inalcanzables por mucho esfuerzo que uno empeñe. Vislumbré que de seguir así muy pronto caería en una tristísima resignación.
A mediodía un mensajero ha traído al bufete una serie de sobres. Mi secretaria me ha entregado uno y me ha resumido el contenido. Se trata de una encuesta dirigida a hombres y mujeres sobre cuestiones sociales y personales. Observé que un colega arrojaba la suya a una papelera. En otro tiempo posiblemente lo hubiera imitado pero me sentía en deuda con esa valiosa herramienta de investigación sociológica. Interrumpí un momento el trabajo y examiné las preguntas, que se iniciaban con asuntos muy generales y aburridos y se concretaban de forma repentina en el ámbito doméstico. Las últimas me afectaban de lleno en aspectos muy íntimos. Tomé la carpeta donde guardo todo aquello importante que debo hacer fuera de horas, doblé los papeles y los guardé en el compartimento preferencial. Sin dejar de sonreír, porque como en tantas otras ocasiones se podía adivinar que mi mujer no era de letras.