Te voy a contar una historia, hija. Hace años entré en este salón corriendo y me encontré a mi abuela estrujando un pañuelo.
Yo vivía con mis abuelos desde muy niña, cuando a mis padres se los llevó un camión circulando en dirección contraria. La abuela lloró durante días y se vistió de luto para siempre. El abuelo me ayudó a hacer la maleta y arregló el cuarto chico de la Casa Grande para mí. La puerta no cerraba bien y una noche los oí discutir.
La vida es así de cabrona, Antonia. Ella elige y no admite tratos. Y hay que tirar pa´lante.
La Casa Grande ya no es lo que era. Hay rendijas en todas las puertas, la cal de las paredes más parece un cuadro abstracto y el patio está lleno de agujeros donde antes hubo azulejos. Pero sigue siendo el único sitio en el que me siento en casa. Mi cuarto chico es ahora el taller de costura pero nadie se ha ocupado de quitar de allí mis cosas. Allí sigue, prendida de la pared, la cubierta de mi primer libro. Y la caja de palillos que le hice al abuelo un día del padre. Y el gorro de lluvia amarillo que él me regaló cuando subí a un escenario, en el instituto. A la suerte hay que mirarla de frente y escupirle en el ojo si hace falta, me había dicho. Y la cajita de plata en la que me regaló el anillo.
El abuelo me dio ese anillo cuando cumplí doce años. No es un regalo, me dijo, sino un encargo. Le prometí que lo tendría conmigo hasta que encontrase a quién regalarlo. Casi oigo sus palabras, aquella noche, en le patio de azulejos. Hace años de aquello y cada vez que huelo la dama de noche vuelven a mi cabeza.
Es un generador de historias. Solo quien vive para contarlas, puede llevarlo puesto. Si lo llevas y no cuentas las historias, ellas se hacen grandes en tu cabeza y no te dejan pensar, ni reír, ni vivir.
Pero entonces, abuelo, si me lo das a mí, ¿qué historias vas a contarme a partir de ahora?
El abuelo dio una calada larga a su puro y el olor de la dama de noche se mezcló con el del tabaco. La cabeza empezó a darme vueltas y dejé de enfocar con claridad. Como lejanas, como envueltas en algodón, sus palabras me iban llegando y yo iba dejando que la cabeza pesara cada vez más en su pecho.
Este anillo me lo regaló el gitano de la luna. Ese gitano que acarrea un carro de leña, bajó una noche a Granada para reunirse conmigo. Me nombró fabulador. Me pidió que le diese una llave de esta casa, para entrar por las noches a dejar más historias en mi almohada, y me regaló el anillo para que pudiera contarlas.
No sé en qué momento me quedé dormida pero amanecí en mi cama. El abuelo me había dejado una cajita de plata en la mesita de noche y había guardado el anillo dentro. Salí al patio, aún en pijama, para pedirle que me contara el resto de la historia. El suelo estaba frío y volví a buscar unas zapatillas. Entonces vi la luna. Pintada en la puerta de mi cuarto chico, una luna llena, con su gitano y su carro de leña. Busqué al abuelo para darle las gracias, para que me contara el resto de la historia. Pero en lugar de eso me encontré a la abuela estrujando un pañuelo. Corrí a mi cuarto, busqué el anillo y volví al salón. Me senté en las rodillas de la abuela y le dije:
Abuela, voy a contarte una historia.
La vida es una cabrona, hija. Ella elige y no admite tratos.