Apuntes en ausencia de motivo
(Del conjunto en preparación "Sin tema específico")

por Antonio Mengs

El campo siempre muestra su misterio, mas nunca de igual forma. Es inútil iniciar un camino en busca suya, o tratar de percibirlo dilatando la vista en la amplitud de los sembrados; perseguir los signos que una mañana ya recuerdo distrajeran al cielo el gesto de nube en que se reveló, o la lejanía aquélla bajo una luz extraña a cualquier otra, que nos sacó de nuestro ensimismamiento y nos llevó a su orilla.

El misterio nos aguarda, suyo es el aguardar que nos habita, mas no en el pensamiento, ni en los cuartos de la memoria, ni siquiera en la renuncia o en la invocación. Preverlo es omitirlo, indicar su advenimiento estéril manantial de ilusiones; su olvido, sin embargo, no le hace merma.

Hoy estudiaba el horizonte, al que el imaginario superponía nieblas sobre un río de un país extranjero, sin reparar en la eventualidad de su llamado: ni siquiera cuando, al dar la vuelta, la canción del viento llena de secas centellas el oído invitando a la escucha. Pero el brillo del sol sobre una piedra redonda, unos pasos adelante, ha acercado cierta suspensión a mi andar y me ha hecho dirigir la mirada hacia abajo, hacia el suelo: y ahí el misterio, inesperado y no intuido, se declara originalmente desnudo con todo el esplendor de su evidencia.

El camino de tierra alberga muchas señales, rastro de las ruedas de los vehículos, de las pisadas de quienes lo transitan y de los animales que incursionan en él brevemente insinuando su perpendicular. Es otoño: las arañas han suspendido espesos y sedosos hilos a lo largo y lo ancho, a alturas distintas y una dispersa multitud de hormigas voladoras lo cruza en todas direcciones. Los pequeños lagunazos, por los que se ve el aguilucho pasar rasgando nítidos reflejos de cielo, y las piedras y la arena algo húmeda tras las lluvias recientes, añaden al conjunto una textura propia, como de imposible carta de navegación.

Cual alma secreta de una ciudad de hormigas, piedra y arena, con la invisible presencia de las arañas y el lejano grito del ave rapaz, el suelo recorrido a la ida y en el que no había reparado habría de ser, sin yo saberlo, el mensajero que detuviera a la vuelta mis pasos llevándome a considerar lo inculto del misterio y lo desafecto de su solemnidad, contenida merced a una disposición aparentemente arbitraria.

Mas nada de lo que pueda decirse tratando de describir ese suelo daría razón del misterio. Ni siquiera era la primera vez que se me revelaba de tal modo, en la soledad pura de las cosas, aunque su momento y su dibujo, por completo diferentes a los de otras ocasiones, testimoniaban al tiempo su independencia de cualquier eventualidad.

No era la primera vez; más allá de Cascais, frente al mar, había sentido la soledad absoluta de la gaviota sobre los roquedos. Conceptos de lejanía, amplitud, reverberación de la luz e intensidad del color; y de mirada, de quietud, de contemplar y divisar, recibían un golpe que los desvanecía de súbito por la mera presencia de ese ser silencioso, el ser de la gaviota, ante un mar enmudecido en luminosos pliegues, bajo un viento callado esencialmente.

El silencio de las piedras, de las atareadas y torpes hormigas voladoras, la impavidez de las huellas del tractor y de las perdices, el brillo de las pequeñas gotas de cuarzo bajo el sol adolecían de esta misma soledad básica, impenetrable y rigurosa. He sentido que estoy hecho de ese mismo azar, de esa misma soledad y silencio. He callado para escuchar. Y el misterio se ha vaciado de mí, y hasta de sí mismo.