El libro de los márgenes I (Eso sigue su curso), de Edmond Jabés

por Miguel Arnas Coronado

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El libro de los márgenes I (Eso sigue su curso)
De Edmond Jabés
Arena Libros, 2004

Es evidente que, de aquí a muy poco tiempo, los faros dejarán de existir. Dotados los barcos de radios y posicionadores por satélite, cargadas las costas de emisores de radiodirección, aquellas altivas torres que enviaban señales codificadas de luz larga, corta o de color para indicar la situación de cabos o rompientes, quedarán en breve reducidas a entretenimiento de turistas que, introduciendo una moneda en una ranura, podrán ponerlo en marcha e iluminar románticamente el mar sintiéndose capitanes intrépidos o timoneles arriesgados.

Los faros permitían orientarse en el cabotaje, y orientarse visualmente, casi palpablemente. La orientación hoy es más fiable a pesar de ser también mucho más invisible. También la literatura auténtica tenía y tiene esa misión, dar al ojo observador balizas de situación. Pero hoy ya no interesa saber quién o qué se es, sino cuánto se es o cuántos somos. Por eso la literatura se ha convertido en entretenimiento para turistas, en diversión de horteras cuya edad no les permite divertirse como es habitual, aborregándose con el chimpuneo discotequero característico. La literatura ya no debe hacer pensar, debe entretener como si de un programa de telebasura se tratase. La literatura ideal hoy es una especie de periodismo que ni siquiera se plantea decir parte de la verdad.

Jabés desilusionaría profundamente a quienes pretendieran tal cosa. Jabés sabe que la misión sagrada del texto es asomarse, y obligar al lector a acompañar al texto en esa asomadera, al abismo de las preguntas.

Se llama este texto El libro de los márgenes (la numeración siguiente nos hace confiar en que exista y se traducirá una segunda parte) y el autor pide sea destinado a permanecer al margen de sus obras. Sin embargo, este lector opina que, al igual que los comentarios manuscritos en los márgenes de los libros y que acompañan y acotan a los subrayados que todo lector hace, sean éstos físicos, a lápiz o bolígrafo, o mentales, remarcando y memorizando, dejándose golpear por esto o aquello, también el autor se refiere a esos márgenes. Porque este libro quiere ser una exégesis.

Jabés, como es sabido, era judío, cairota de habla francesa y ascendencia sefardí, y sin ser cabalista, que habría implicado una dedicación prácticamente exclusiva a este misticismo, sí era un gran estudioso de la Cábala. Hay una tradición cabalística según la cual la Torá no fue hecha para uso y normativa del humano sino que fue el humano quien fue hecho para que la Torá pudiese ser, y el ser, tener aplicación. El libro, así, no se hace para disfrute del hombre sino que se hace al hombre para que el libro sea usado (no debe extrañarnos, pues, que crucificaran al Cristo: Él fue un blasfemo que osó decir aquello de que no se había hecho el hombre para el sabbat sino el sabbat para el hombre; por eso me gusta asegurar que los blasfemos son quienes más cerca están de Dios). La reflexión de Jabés sobre el libro es alrededor de esa idea. Tomándoselo en serio, naturalmente, de forma poética, no religiosa. "La escritura es lo que nos pone en palabras para integrarnos en su movimiento", dice. Pero el libro no es, para Jabés, y por eso digo que se lo toma poéticamente en serio, El Libro, léase el Corán, la Torá, el Evangelio o la Biblia. El libro es todos los libros, la palabra escrita, ese rastro a veces sacro, a veces maloliente, que deja el humano al dar constancia.

Por eso este texto es una exégesis, un comentario a todos los libros leídos por él con amor, a los libros de sus amigos: Maurice Blanchot, Gabriel Bounoure, Emmanuel Levinas, Roger Caillois, Georges Bataille, Michel Leiris, Jacques Derrida, etc. Porque el libro sólo tiene sentido cuando se le comenta. Cuando el libro se lee literalmente, sin nada entre líneas, mucho más sentido tiene lo que se lee en la piedra, en la arena o en el mar, asegura Jabés. Esa es la maravilla de la Cábala, el comentario sobre el comentario, la constante reflexión sobre lo dicho y por tanto, la constante interpretación. Sólo el misticismo, es decir, la relación entre el yo y el Otro, puede abarcar y comprender esa continua meditación, interpretación, comentario.

Y el Otro, en este libro de Jabés, es el libro, el texto. Ese es su Dios.

Pero no creáis, nada de estatismo. Como buen libro es diálogo puro ("El libro se escribe dándose a leer tal como será", dice y con ello da mayor protagonismo y responsabilidad al lector de la que ya de por sí tenía: el lector es tan intérprete como el solista lo es de su partitura) con sus amigos a quienes cita, y diálogo con el lector. Y también metáfora. El libro es la metáfora grande, aunque las hay más humildes: la piedra, el fuego, el desierto, el ojo o la mirada. Porque este texto de Jabés es indudablemente poesía, aunque la forma no sea la típicamente poética.

Tal vez el primer enigma que Jabés plantea sea el de lo neutro. Y digo tal vez porque, como lector, no puedo sino apuntar y dar, nunca en el centro, sería fatuidad pretenderlo, en mi propia diana. En todo caso, otro lector tendrá otra diana. Lo neutro, quizá, sea eso objetivo que es en sí el libro pero que nada es sin la apreciación individual de cada lector, lo mismo que esa apreciación nada es sin lo objetivo del libro. Lo neutro "es, en sus confines, lo imposible preservado: la línea de horizonte". La línea de horizonte: cuando se llega a ella siempre hay otro horizonte porque la tierra, como el libro, es redonda.

El segundo es la piedra. Muestra de lo inmutable en el diminuto tiempo, en el patético tiempo humano, pero viva en los siglos, capaz de reproducirse en la eterna arena del desierto. Y se fija Jabés en el sílex, acta administrativa de la actividad humana. "Hablo de piedras más viejas que la vida y que moran después de ella en los planetas apagados, después de tener en ellos la fortuna de despuntar. Hablo de piedras que ni siquiera han de esperar la muerte y sin nada que hacer más que dejarse limar por la arena, el diluvio o la resaca, la tormenta, el tiempo", dice citando a Roger Caillois (ya era hora, puesto que este es libro de citas, exégesis de esas citas, que yo citase lo que él cita).

El tercero es el ojo: "Cuando Adán abrió los ojos, Dios tembló", dice. ¿Se puede llegar más lejos, se puede decir más? Se puede decir más: "Dios creó el mundo, es decir, Dios Se creó para afrontar la mirada del hombre y desvelar Su poder escapando de éste".

Hay más enigmas, hay más metáforas. Porque la reflexión no se acaba nunca. Se puede acabar el libro, no la reflexión. De igual forma que se acaba el hombre, todos los días se acaban hombres. Incluso acabará la humanidad. Quizá no acabe la vida. Se acabará este miedo, pero el miedo, otra de las metáforas de Jabés, no se acabará jamás.

"El libro es objeto de amor. Las manifestaciones del amor en el libro son abrazos, caricias, bocados de la frase, de la palabra, de la letra y, fuera del libro, una pasión no velada por la palabra escrita, por la llaga (en la edición hay un indudable error ortográfico: dice yaga) fecunda de la que hemos apartado los labios, cual vagina, para dejar fluir el esperma de la muerte", dice.

Si queréis más, que querréis más, leed el libro, leed este libro porque mientras haya ansia habrá objeto de deseo.