La escalera
Fue hace un año. En el tanatorio donde perdí el único miedo infantil que recuerdo haber tenido. Ese miedo había acechado mis noches oscuras y seguía llenando de motivos mis oraciones: Jesusito de mi vida, Jesusito de mi vida, que papá no se muera nunca Y ese día mi miedo se moría dentro de una caja. Y yo me arrebujaba interrogante frente a ella. Sin capitán, sin timón, esperando la llegada del dolor inmenso, de la puñalada final.
Y entonces sonó el teléfono.
¿Mami?
Hola cariño
He marcado yo solo los números de tu móvil.
Muy bien, mi amor, ya eres muy grande.
Ya tengo cinco.
Ya tienes cinco.
¿Qué estás haciendo?
Estoy en el hospital, con los tíos y la abuela.
¿Y el abuelo ya ha subido al cielo?
Está subiendo ahora.
¿Le aguantas tú la escalera?
Sí, todos se la aguantamos un poquito.
Mami, quiero pedirte una cosa.
Dime.
Es que no quiero que subas.
¿A donde?
Por la escalera.
No subo, cariño, sólo la aguanto.
¿Seguro?
Seguro.
¿Le echarás de menos?
Mucho.
Yo también, pero podremos escribirle ¿no?
No sé, creo que no podremos.
¡Qué sí!
Que no.
¿Es que nadie escribe cartas al cielo?
¿Al cielo? Quizá algún escritor.
Pues seremos escritores.
¿Escritores?
¡Que sí! Podemos apuntarnos a una escuela de escritores.
No sé si encontraremos escuelas de eso.
¡Que sí!
Que no.
Que sí. Lo buscaremos juntos en el ordenador cuando vuelvas. Ya verás.
Vale
Papi dice que en internet se encuentra de todo.
Es verdad.
Nos haremos escritores y escribiremos al abuelo.
Eso es.
Cuando vuelvas.
Cuando vuelva.
Pero no subas ¿vale?
Vale.
Un mal sueño
Hacía una noche terrible: el viento chillaba entre las rendijas de la casa y la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas. Entré en mi habitación y me metí en la cama. Estaba helada. Haciéndome un ovillo me cubrí hasta la cabeza con el edredón. Las sábanas olían a limpio: a jabón y a lejía. Empecé a llorar en silencio. La televisión del cuarto de estar se oía cada vez más lejana.
Abrí los ojos cuando oí el crujido. Me quedé quieta. La puerta se abrió lentamente y cerré los ojos para hacerme la dormida. Si me descubría llorando volvería a haber insultos y gritos. El corazón me retronaba en los oídos.
Soy yo, mi niña, soy yo. Tranquila. Te traigo un vaso de leche.
Petra entró y cerró la puerta con cuidado. Se sentó en la cama y me miró, suspirando.
Bebe un poco de leche, mi niña.
No tengo hambre.
Bebe un poco de leche, cariño. Por favor.
Me incorporé. La leche estaba dulce y caliente.
Eso es. Un poquito más.
Bebí otro sorbo. Los ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
No me quieren, Petra, no me quieren. Soy fea, gorda y tonta y no me quiere nadie.
Petra me abrazó.
¿Quién no va a quererte a ti, mi niña? Es ella la que no quiere a nadie. Yo te quiero más que a mi vida. Vine a trabajar aquí para cuidarte y quererte y eso haré hasta que me muera. Estírate y cierra los ojitos, mi niña.
El edredón me cubrió de nuevo. Petra me arropó con cuidado.
Detrás de cada montaña hay un valle, mi niña, detrás de cada montaña hay un valle.
Empezó a acariciarme el pelo, canturreando.
Duerme mi niña guapa, duerme...
¡Mami, mami!
Trepó de un salto a la cama y me cogió la cara.
No llores! ¡No llores!
Sus manitas regordetas limpiaron mis lágrimas. Me besó.
No llores, mami, no llores.
Sonreí y la cogí en mis brazos.
No lloro, cariño, era sólo un sueño: me había quedado dormida.
¿Estabas soñando algo malo?
No, mi amor: soñaba que era una niña pequeña, pequeñísima.
¿Como yo?
Como tú.
¿Y por qué llorabas?
Pues ya no me acuerdo, mi vida.
Yo lo sé: llorabas porque yo no estaba.
Eso es. Era por eso, cariño.
Ahora que estoy contigo ya no lloras.
Contigo ya nunca lloro, mi vida.
Sonrió satisfecha.
Porque yo te cuido mami, yo te cuido.