Me hundía en la impotencia y al mismo tiempo
me salvaba del desarraigo".
Antonio Dal Masetto
I.
Aunque se persevere en el recuerdo de ciertos olores y un único paisaje, de cualquier manera, se es extranjero. No importa cuánto insista uno en aquel viento frío contra el rostro infantil desprotegido o en el aroma de la tierra seca pegándose sobre la piel que se oscurece y se aja. Ni siquiera importan el pueblo blanco colgando de las montañas de piedras coloridas, sus casitas cuadradas, el largo río de aguas verdes bordeándolo todo. La evidencia es la misma: la del intruso. Y esa esencia permanece inmutable en el movimiento. La sangre no pregunta si alguna vez alguien nos tomó de la mano y nos sacó de la memoria. No indaga si fue el padre, la miseria, la guerra. Sabe que un día nos despedimos y abandonamos.
Lo que se registra es el adiós, las manos agitándose en un saludo definitivo a la tierra; no sus motivos. El desarraigo, no las justificaciones. Y quedan inamovibles unos ojos, una imagen fuerte y ancha, unos jardines de orígenes sembrados a destiempo. Si bien uno persiste en la huerta con sus verduras enormes como de cuento, en las elevadas y orgullosas hortensias, en las dalias y los árboles frutales, todo es inútil. Uno permanece maldita e inevitablemente extranjero. Aunque se adapte con facilidad a otra gente, incorpore sus costumbres, el idioma y hasta su modo de sufrir y amar. Algo de la raíz se filtra en los sueños o en algún delirio.
Y a pesar de insistir en la casa paterna, la iglesia de Santa María, o el cementerio de la colina donde descansan todos los ancestros, la sangre sólo se conmueve por la diferencia de espesura, por esa sutil división inexcusable. Y no perdona el exilio cuando por cualquier razón se desdibujan las raíces. (Al fin parece que durante toda la vida, solamente se trata de sobrellevar un destino de extranjero dentro de uno mismo). Y si en un esfuerzo desesperado se regresa al pueblo, nada cambia.
II.
Juan Arnaldo Quiróz no regresó a Génova.
Juan Arnaldo Quiróz vivió en un pueblo de la provincia de Buenos Aires a principios del siglo XX, el tiempo de una patria que se entregaba con fervor a tantos brazos de inmigrantes que traían su exilio a cuestas.
Había llegado en un barco genovés del que bajó, asustado y hambriento, de la mano de un hombre. Juan tenía cuatro años. Lo recibió un verano furioso, dentro y fuera de las paredes del Edificio de Inmigrantes. Alguien que apenas conocía las letras escribió su apellido con dificultad y lentitud extremas. De esa época rememora el sol y una calle polvorienta y angosta por la que caminó quién sabe cuántas horas arrastrando con una soga gruesa un pequeño baúl de cuero. En su frágil recuerdo irrumpe un fuerte olor a tierra seca que borra todo lo anterior. Lo casi olvidado es el testimonio de una memoria selectiva y triste, heredera del desasosiego.
De pronto está en el pueblo de Ingeniero Thompson. Pueblo de nada y unas carpas y el señor que se llamaba tío José. José que le enseñaba a hachar los árboles y después a cortar las ramas para vender leña. A cambio él recibía unos pocos centavos. Pasaba mucho tiempo solo mientras el hombre andaba sus días visitando lugareñas con las que hacía aparentes negocios. Debido a la capacidad y precisión para ejecutar su trabajo, pronto a Juan Arnaldo comenzaron a llamarlo "el leñador". Tuvo pocos amigos. Recuerda que Manuel, rechoncho y de baja estatura, lo ayudaba con sus músculos fláccidos pero fuertes. A su memoria ingresa Pedrito, con su bigote incipiente y aquella habilidad que lo convirtió en zapatero. Ambos constituían la pequeña porción de mundo fiel y apacible que le había tocado en suerte.
La lluvia muchas veces arruinó la producción del leñador que a la noche recibía en el cuerpo, encorvado prematuramente, el sonido áspero de la soga contra la carne. Aún así, le quedaban trozos de niñez indestructibles para trepar a los árboles y reír con sus dos compañeros de juego. Pero Juan Arnaldo Quiróz, cansado un día de andar leñando siempre, huyó hacia la gran ciudad en busca de horizontes menos dolorosos. Empezaba a tener barba en las mejillas y la voz aflautada. Bajó del tren con unos billetes que le había robado al tío José. De todos los conventillos que visitó en los alrededores del puerto, eligió el más barato. Era de fachada gris. Los cuadros apolillados de barcos navegando tempestades, colgaban torcidos de las descascaradas paredes. Después de atravesar el hall de entrada, una escalera de mármol con baranda de hierro lo llevaba hasta un cuarto indigno. Recuerda el colchón finito sobre un catre y el cajón de madera con esa luz opaca que lo esperaban.
Juan tenía quince años cuando comenzó a recorrer los bordes de la ciudad. El aspecto sombrío con su joroba bien desarrollada, la torpeza para hablar y el analfabetismo al que ya estaba acostumbrado, fueron sus cartas de presentación. Su oficio no le sirvió de gran cosa en la capital. Arrepentido pero sin posibilidad de volver atrás, pensaba que ser leñador le había servido al menos como una manera de existir y que lo reconocieran con facilidad. Allí, en cambio, se le escapaba la gente: era un extranjero, y se lo hacían sentir. Juan Arnaldo Quiróz no solía pensar que en el granero del mundo se recibía a los inmigrantes con los brazos abiertos.
Luego de unos meses sin trabajo, empezó a mendigar. Así conoció a un viejo que se apiadó de él y le regaló un organito al leñador de otros tiempos. Juan recolectaba con él algunas monedas. Moneditas para olvidarlo todo en un rincón de la fonda que visitaba diariamente. Monedas para un joven anciano contrahecho que un día, después de un duelo de orilleros que nadie pudo recordar con precisión, apareció muerto de un hachazo cerca del río.