A Enriquillo Sánchez, in memoriam
Una marimba coja azul sobaco va zumbando en las rigolas de la tarde, y una cigua palmera se descose el cuello en las esquinas del pambiche. Lento, muy lento, con un lapicito ciego de latón y bienmesabe, el poeta escribe y ríe con su risa más pública y contradictoria. Otro escribe el poema en el más dulce vacío de las palabras cuando, precisamente, las palabras no gobiernan el azar. Otro escribe el poema que antes dijo el poeta para que el poema fuera dios y olvido. Dios, simplemente, ríe y se rasca la nariz. Tanto ama al poeta como aborrece a los agelastas. Y a los funcionarios, que no son más que lapas y estornudos.
Yo no escribo, yo brumo, yo redundo, dundo y perdido entre el azar de las palabras que se me enredan en las comisuras de los dedos y el asombro. Era un lector de alumbre y campanarios, iba de tarde en tarde a ver los trenes en los arrecifes; apostaba a los caballos que trotaban blanquiazulando el horizonte, olas adentro en el Caribe. Yo admiraba los mapas temblequeantes, que brotaban de la flama de las lamparitas de latas de pasta de tomates Linda, y los chuflays y el gofio que vendían en los recreos. Nunca tuve una maleta azuana, pero conservo ajada, y verde sea, mi hojita verde en el bolsillo, y mi manojo de Palotes. Allí lei una isla constelada de luceros, y el tro de no más si que haya leido liceista alguno, tiñendo de pupitre el horizonte.
No cordino, no acierto a hilvanar ni una sola frase cohete. La belleza es un trapo roto, ajado, que los malos poetas percuden día a día con babosos panegíricos y diatribas. La patria, una bufanda inmunda llena de mocos y mojiganga, migaja kitsch que políticos y amanuenses se reparten en el Palacio de la esquizofrenia y los antedespachos llenos de feng shui y mal gusto. Los intelectuales no, no llegan ni a placas ni a silencio. Flaubertianos perdidos, rumian su plato de lentejas preconcebido y complaciente. El poeta lo sabía y se podría por dentro mientras la Voz del Trópico, cada cuatro años, transmitía en onda larga su irremediable melodía.
Pez de agua dulce, cultivador de florecitas de origami como soy, no puedo acceder al jardín para desatar las rosas, los claveles ni los lirios. Ando mudo y perdido entre las lilas y las lianas, pero conservo, eso si, afinado un chin de oído para ver la risa de Enriquillo que, mientras nos describe y nos devora, sabe que las palabras, aunque las junte el azar o las dispare el olvido, jamás serán para uso oficial, solamente.
Estuve en tu seno como una fiera muda
Estuve en tu seno como una fiera muda.
Estuve en tu seno como un ángel hambriento.
De tu seno a tu seno hay un camino.
De tu seno a tu seno hay dos delfines.
Tu seno derecho navega hacia el izquierdo.
Tu seno izquierdo navega hacia el olvido.
No tengo boca para el delfín.
Me sobran ojos sobre la rosa.
Estuve en tu seno como una lluvia rota.
Estuve en tu seno como una daga fina.
En la ribera del viento están tus senos.
A la orilla de un potro que galopa.
En mis ojos navegan y a mis ojos regresan.
Navegan desde un puente que interroga el agua.
Son dos rincones de pez nadando hacia mi lengua.
Son dos islas de sombra que el tigre retoza.
Enriquillo Sánchez, dominicano 1947-2004