
Setecientos años del nacimiento de Francesco Petrarca, por C. Dolores Escudero
En absoluto pretenden estas escasas líneas otro fin que el de conmemorar el setecientos aniversario del nacimiento de quien puede considerarse, tal vez, el más absoluto precursor de la poesía lírica moderna.
Nacido en Arezzo en el año 1304, comenzó sus estudios de leyes a los doce años en las ciudades de Montpellier y Bolonia. A los veintidós años y tras la muerte de su padre, exiliado en Avignon desde 1312, Petrarca regresa a la ciudad comenzando su dedicación a la literatura.
Pronto entablaría relaciones con la intelectualidad de la época, formando parte, primero, del séquito del cardenal Colonna, y más tarde convirtiéndose en capellán de la familia Giovanni, dónde alcanzo el grado de canónigo de la catedral de Lombez. Todo esto le proporcionaría la posibilidad de acceso a las mejores bibliotecas y el tiempo suficiente para dedicarse a su pasión por la literatura y el humanismo.
En 1327 su vida daría un giro absoluto al conocer a Laura de Noves, en Avignon, bellísima y joven mujer casada con el marques Hugues de Sade. Si bien su amor nunca llego a ser más que una utopía, a el se debe la inspiración y creación de sus versos más perfectos e innovadores de la lírica hasta entonces. Versos que luchan entre el sentimientos de espiritualidad y el amor pasión que experimenta por su amada Laura. Su relación con ella y su esposo es frecuente, y pasado un cierto tiempo, fue la propia Laura de Noves quien pone freno a ese trato continuado, reduciendo su relación a una respetuosa y lejana amistad.
Llegan tiempos de frecuentes viajes: Italia, Alemania, Francia, donde continua sus investigaciones y sus creaciones. Se relaciona cada vez más con la aristocracia, y conoce a Giovanni Boccacio naciendo entre ellos una profunda amistad.
Petrarca supo a lo largo de su obra unir la sensualidad y la religiosidad. Rompe con la escolástica del Medioevo, y recrea la cultura clásica infinitamente más abierta a los sentidos. Su obra escrita en Latín e italiano es extensa: prosa, poesía, correspondencia, biografías históricas, textos filosóficos. Su influencia en posteriores genios de la literatura es innegable.
En 1348 fallece Laura victima de la peste.
Revueltas políticas, intrigas, maquinaciones, la muerte de uno de sus hijos a los 20 años y una inmensa corrupción eclesiástica, sumen al poeta en una profunda melancolía que le recluyen en sí mismo, sin más dedicación que a su obra y a su hija y nietos.
Muere Francesco Petrarca en 1374 en Arquà.
ADAMAR incluye en este aniversario del nacimiento de Francesco Petrarca una mínima selección de algunos de sus poemas pertenecientes al extensísimo Cancionero sin duda una de las obras cumbre de toda la historia de la Literatura universal.
La traducción que se incluye es la de Jacobo Cortines recogida en los dos tomos editados por la Editorial Cátedra (letras universales) en edición bilingüe y que recomiendo encarecidamente, tanto por la labor de Jacobo Cortines, como por la exhaustiva y accesible introducción y bibliografía de Nicholas Mann.
del CANCIONERO
I
Vosotros que escucháis en sueltas rimas
el quejumbroso son que me nutría
en aquel juvenil error primero
cuando en parte era otro del que soy,
del vario estilo en que razono y lloro
entre esperanzas vanas y dolores,
en quien sepa de amor por experiencia,
además de perdón, piedad espero.
Pero ahora bien sé que tiempo anduve
en boca de la gente, y a menudo
entre mí de mí mismo me avergüenzo;
de mi delirio la vergüenza es fruto,
y el que yo me arrepienta y claro vea
que cuanto agrada al mundo es breve sueño.
XLV
El que es mi adversario, en el que veis
vuestros ojos que Amor y el cielo honran,
con belleza no suya os enamora
más que en forma mortal, dulce y alegre.
Por su aviso, señora, me expulsasteis
de mi albergue, oh exilio miserable,
por más que de habitar no fuese digno
donde vos os halláis únicamente.
Pero si allí con clavos fui fijado,
no debiera el espejo por dañarme
volveros, complaciéndoos, soberbia.
Que en verdad. si a Narciso recordáis,
al mismo fin conducen tales modos,
aunque tal flor la hierba no merezca.
XCVI
Estoy ya tanto de esperar vencido,
y de la larga guerra de suspiros,
que la esperanza odio y los deseos,
y todo lazo que a mi pecho aprieta.
Mas el rostro que llevo dibujado
en el pecho, y encuentro adonde mire,
me fuerza; y al martirio así primero
empujado me siento aunque no quiera.
Errado fui cuando el camino antiguo
de libertad me fue desposeído,
que mal se sigue lo que al ojo agrada;
corrió a su mal entonces libre y suelta,
y ha de buscar ahora arbitrio ajeno
el alma que una vez sólo pecara.
CVII
No veo ya donde salvarme pueda,
tanta es la guerra de sus bellos ojos,
que temo, ay, que la excesiva pena
destruya el corazón que no descansa.
Quisiera huir, pero de amor los rayos
que en mi mente se encuentran día y noche
brillan tanto, que ya tras quince años
me ciegan mucho más que el primer día;
y su imagen está tan esparcida,
que no puedo mirar donde no vea
o aquella o semejante luz ardiente.
Con un solo laurel verdea tal selva
que con arte admirable mi enemigo
dondequiera me lleva entre sus ramas.
CLXX
Muchas veces del bello rostro humano
tomé yo aliento con la escolta mía
para asaltar con púdicas palabras
y con humilde gesto a mi enemiga.
Después mi pensamiento hicieron vano
sus ojos, pues mi suerte, mi fortuna,
mi bien, mi mal, mi vida y muerte puso
en su mano quien sólo pudo hacerlo.
Y no puede formar nunca palabra
que por otro que yo fuese entendida,
así me he vuelto Amor miedoso y débil.
Y ahora veo que un intenso afecto
roba las fuerzas y la lengua enreda:
que quien cuenta su fuego apenas arde.
CCXXIX
Canté, ahora lloro, y no menor dulzura
del llanto tomo que tomé del canto;
que a la razón, y no al afecto, tienden
mis sentidos ansiosos de altas cosas.
Por eso mansedumbre y aspereza
y hechos fieros, y humildes y corteses,
igual soporto, y no me abruman pesos,
ni me rompen las armas los desdenes.
Tengan, pues, hacia mí el usado estilo
el mundo, Amor, mi suerte y mi señora,
que ser feliz es siempre lo que pienso.
Que ya viva o ya muera, no se encuentra
en la tierra un estado semejante,
tan dulce es la raíz de mi amargura.
CCLIX
La vida solitaria busqué siempre
(lo saben las orillas y los bosques)
para huir de la gente torpe y necia,
que el camino del cielo ha equivocado;
y si en esto mi anhelo se cumpliera,
del dulce aire de Toscana lejos
aún me tendría en sus colinas Sorga,
que a llorar y a cantar tanto me ayuda.
Mas mi suerte, que siempre me es adversa,
me vuelve hacia el lugar donde me irrito
al ver a mi tesoro por el fango.
De la mano que escribe se hizo amiga
por esta vez, quizá porque fui digno:
Amor lo vio, y nosotros lo sabemos.