Mompou: Absorto en la bóveda de la soledad

por Clara Janés
A Mompi.

mompou.jpg

Federico MOMPOU con Clara JANÉS

Un niño, en silencio, escucha los sonidos que nacen de un piano: son notas sencillas de la lección recibida por otros dos niños algo mayores que él —su hermano y su tía—, pero penetran con tal fuerza en su mente que la ocupan por entero y, en cuanto el instrumento queda libre, corre hacia él y deja que, en su búsqueda, la mano se deslice por las teclas. Con sigilo y a la vez con energía, las aprieta y comprueba que se establece una relación entre su dedo y lo que oye; que del silencio o quietud de la mano, a través de su gesto, se pasa al nacer de la voz del instrumento. Observa absorto que ésta reverbera aún un poco en el aire cuando la mano ha vuelto a la quietud; que si los dedos aprietan las teclas una detrás de otra surge un canto y si lo hacen de modo simultáneo se produce un sonido que a la vez son dos, algo tan misterioso que deja su mente en suspenso, en una suerte de anhelo. Dentro del instrumento, pues, están las melodías que su hermano y su tía tocan, pero hay algo más, por ejemplo ecos que recuerdan los que se oyen en la fábrica de campanas de su abuelo materno, donde muchas tardes va a jugar.

Ese niño se llama Federico Mompou y será con los años un compositor universalmente reconocido.

Nació Federico Mompou en Barcelona en 1893. Su infancia se desarrolló en aquel fin de siglo lleno de un movimiento que Cataluña reflejó con tanto fervor. Eran los años del modernismo, de las reuniones de pintores en Els Quatre Gats, de las pianolas callejeras que tocaban la España de Chabrier, de los concursos de folklore, del auge del Orfeó Catalá, de la inauguración del Palacio de la Música y a la vez aquellos en que llegaban a la ciudad condal las obras de Fauré, Ravel y Debussy. Para Mompou eran los de jugar y oír jugar, porque, como si su naturaleza sosegada hubiera desarrollado particularmente la sensibilidad en el campo de los movimientos mentales, se vinculaba al juego, también a través del sonido: amaba el canto del corro y las coplillas para contar.

Se sucedían igualmente los largos veraneos donde para Mompou alternaban estudio del piano —que inició en serio con el maestro Pedro Serra en 1904— con excursiones y veladas prolongadas. Y, luego, por las mañanas, los despertares al canto de los vendedores ambulantes que pregonaban sus mercancías. Eran, además, los años de ir a la feria de figurillas cuando llegaba la Navidad, de hacer el Belén y entonar villancicos; y poco después, para el artista adolescente, fueron los de los paseos por los suburbios, entre las altas chimeneas de las fábricas, los chiquillos que correteaban y las gitanas que se acercaban a echarle la buenaventura. Todo esto quedaría como una nube de nostalgia en el horizonte mental del compositor que, dotado de una conciencia madura de la fugacidad, se negaba a abandonar la infancia. Aquel mundo, que cabía en una pompa de sonido, seguiría para siempre vivo en su espíritu y, pronto, lo recrearía en sus composiciones, a veces en forma de melodías o fragmentos de melodías, otras en acordes vinculados directamente a la vibración sonora de las campanas testigos de sus juegos, como aquel primer hallazgo creativo al que dio el nombre de "acorde metálico".


LOS AÑOS DE PARÍS

Contaba Mompou 15 años cuando tocó en público por primera vez (4 de mayo de 1908) y su técnica había alcanzado un alto nivel. A los 16, merced a un concierto dedicado a Fauré que tuvo lugar en la Sala Mozart de Barcelona y en el cual dirigió la orquesta el mismo Fauré, se le reveló su vocación creadora. De inmediato empezó a trabajar y, pasados dos años, tras una búsqueda tenaz, alcanzó un fruto: la primera de sus Impresiones Íntimas, llamada "Queja" y luego simplemente "lento cantabile", fechada en La Garriga, en septiembre de 1911.

Cerrada la etapa de infancia y adolescencia, con 18 años Federico Mompou se trasladó a París para perfeccionar sus estudios pianísticos. A partir de aquel momento sus estancias en la capital francesa serían cada vez más prolongadas hasta convertirse ésta, por cuatro lustros, en su residencia permanente. Fueron fundamentales sus estudios con Ferdinand Motte-Lacroix —más adelante primer intérprete de sus obras— que captó pronto su talento y le enseñó a cobrar fuerza sin perder su pulsación delicada, valorando la sonoridad de sus pedales. A la sazón asistía también a las clases de armonía de Samuel Rousseau pero eran de una extrema rigidez, lo que él rechazaba aunque consideraba la armonía como el punto clave de la composición. Así afirmaba que era merced a ella como se podía alcanzar "una máxima expresión con un mínimo de medios"—su aspiración creadora—, refiriéndose concretamente Cants magics (obra que data de 1917-19).

Mientras estudiaba en París, Mompou regresaba cada año a pasar las vacaciones a España. Revivía entonces aquellas "fiestas del bosque" de sus veraneos y las fiestas populares, entre las cuales era su favorita la de Castelltersol, donde se bailaban la famosa "dança" y el "ball del ciri". En todas ellas el músico participaba pero no dejaba de situarse a la vez como espectador distante, ya que su conciencia del transcurrir y del límite le hacía ver las cosas con una perspectiva múltiple, asentadas en acordes como sus mismas creaciones.

Por los años veinte, pues, estaban ya sembradas casi todas las semillas que tarde o temprano germinarían de su talento, incluida su primera canción "L'hora grisa", escrita sobre un poema de su amigo Blancafort. Habían nacido ya Impresiones íntimas, Pesebres (14-17), Escenas de niños (15-18), Suburbis (16-17), Charmes (20-21) todas ellas impregnadas de una melancolía traspasada con frecuencia por júbilo del mundo infantil o el colorido popular. Con Cants magics y Charmes Mompou se adentraba también en la atmósfera del enigma sonoro que él trascendería a partir del hombre, en la manifestación de su espíritu individual y colectivo.

La vida social parisina, en la que durante estos años fue un artista mimado, y los grandes amigos que ésta ofrecía, desde Falla a Joaquín Nin o Ricardo Viñes hasta la princesa de Poliganc, los príncipes Bassiano Gaetani o el poeta Paul Valery, sin embargo, pareció por un momento adueñarse de él y arrastrarlo a un período de inactividad creadora. No obstante, dejando ese bache atrás, reanudó su trabajo e inició la serie de Canciones y danzas, de arraigado carácter tradicional, mientras continuaba con obras de ambiente francés como Dialogues y Souvenirs de l'Exposition (1937).

También de inspiración parisina, en su origen, son los Preludios, que el compositor escribió a lo largo de los años treinta y cuarenta. Su creación se manifestaba ahora más íntima que nunca. A ese mismo espíritu responden las Variaciones sobre un tema de Chopin (1938-57). Repetidamente se ha dicho que Mompou es el Chopin del siglo XX y, en efecto, en estas obras puede detectarse claramente su parentesco con el músico polaco. Se trata no tanto de semejanzas formales, de influencias o herencias, sino de la peculiar respuesta de ambos a la llamada de la música y, sobre todo, a la del instrumento, el piano, al "eros" que éste despierta.

Los Preludios, escritos en escenarios diversos de Francia y España, e impregnados de sentimiento amoroso, datan de la época en que Mompou se instala a vivir en París y se entrega de lleno a la vida de la capital francesa. Su espíritu se agudiza, se torna más lírico, más romántico, más explícito, reflexivo y maduro. Nota a nota, desde una situación que está por encima de lo tangible, parece hacer balance de aquello que hasta entonces nos ha ofrecido, como él mismo ha dicho, en una "música del corazón". Así, el primer preludio, constituido por una frase que se inicia, asciende hasta llegar a su punto culminante y desciende para concluir con toda naturalidad, desarrollando una armonía horizontal, es como un prolongado lamento, remedo de su primera obra "Queja", el número uno de sus Impresiones íntimas. Del mismo modo, el mundo de la infancia aparece en el segundo Preludio que lleva el subtítulo de "gritos de vendedores ambulantes", mientras el tercero entra ya en la atmósfera de lo mágico. Es interesante destacar también el n.6, escrito para la mano izquierda sola, que participa de una atmósfera de misterio. Basado fundamentalmente en este ciclo, el director de orquesta inglés John Lanchbery creó un hermoso ballet que, con el título de La casa de los pájaros, estrenó en Londres el Sadler's Wells Ballet Theatre en 1955.


LAS VOCES DE LA TIERRA

En aquella infancia de Mompou, viva en sonidos, contaban de modo particular las músicas populares. En relación a ellas puede considerarse que el compositor recoge la antorcha de Albeniz y Granados. La obra que con más claridad ilustra dicho aserto es Canciones y danzas. En 1921, Federico Mompou había compuesto ya la primera de esta serie en cuya creación se dilataría toda su vida.

La juventud de Mompou, escribió Federico Sopeña, "se mueve en una Barcelona nutrida de Orfeón, Banda municipal, versiones populares directas y a veces crudas de un folklorismo exaltado hasta la vecindad del mito". En efecto, Cataluña, que había despertado como tantos otros pueblos a su nacionalismo impulsada por el empuje de la escuela musical rusa de 1850, vivía a principios del siglo XX un momento de exaltación que podía palparse en la calle: concursos de folklore, de sardanas, conciertos del Orfeó Catalá, publicación del cancionero popular de Aureli Capmany, creación de diversos "esbarts", conjuntos de baile popular, etc. A un muchacho como Mompou todo esto le llegaba con naturalidad, tanto en Barcelona como en los pueblos de veraneo donde se conservaban bastantes tradiciones, como la ya mencionada Danza de Castelltersol que Mompou unió a la canción La filla del Carmesí, una de las más completas y bellas existentes en el idioma celta-romano. Así, emparejando motivos tradicionales, llegaría a componer hasta XV Canciones y danzas, permitiéndose sólo ocasionalmente entremezclar un tema propio, como en la n. 5 cuya melodía concibió durante un sueño. Por otra parte una de ellas fue escrita para guitarra, la n. 13, y otra para órgano, la n, 15 y sólo en una ocasión se apartó del tema catalán para basarse en dos Cántigas de Alfonso X, en la n. 10.

Desde su regreso a España Mompou se incorporó a su ámbito cultural; los músicos de Barcelona lo invitaban con frecuencia a presidir las reuniones del Círculo Manuel de Falla en el Molí vell de Masnou y, en mayo de 1953, junto a Ferrer, Blancafort, Cassadó, Toldrá y Montsalvatge creó la Sociedad de Música contemporánea. Este contacto con generaciones más jóvenes se reveló fecundo para Mompou y, en colaboración con Montsalvatge, escribió un ballet, Perlimplinada, que se estrenó en el Liceo en 1956.

Además de su ciudad natal, Mompou entró naturalmente en relación con el resto del país. Así, por ejemplo, a través de estancias periódicas en Galicia durante los cursos de Música en Compostela. Con toda sencillez emprendió allí la enseñanza de su obra, su técnica y su pianismo en un aula de Fonseca. Entre los alumnos se sentaban con frecuencia otros profesores como Alicia de Larrocha o Rosa Sabater. Mompou hablaba con sencillez, ordenando sensaciones captadas a lo largo de su vida, desde sus mismos inicios: "Todo conocedor del mecanismo del teclado —decía— sabe que una vez el martillo ha golpeado la cuerda, aquel retrocede al instante. El dedo no logrará ya nada, ni con la presión del brazo, ni con aquel ridículo movimiento de rotación de la yema del dedo. Sin embargo, yo puedo afirmar, contra la opinión de muchos, que existe una posibilidad de perdurar, de matizar esta sonoridad, pero no es precisamente en el primer momento de haber sido pulsada una nota cuando su emisión de sonido da la mayor intensidad o belleza, no es en el golpe inicial del martillo sobre la cuerda cuando ésta emite su máxima vibración. Sucede que a partir de este golpe inicial, la vibración mezclada con la resonancia empieza a recorrer un curso que asciende, llega a un punto máximo y desciende. Son estos matices los que hay que aprovechar. En este reducido espacio entre dos sonidos se oculta el secreto de la sonoridad."

mompou02.jpg
Federico MOMPOU


MÁS ALLÁ

La obra que mejor ilustra estas palabras de Mompou es, sin duda, Música callada, que en su discurso de recepción en la Academia de Bellas Artes de San Jorge, él mismo definió de este modo: "Esta música es callada porque su audición es interna. Contención y reserva. Su emoción es secreta y solamente toma forma sonora en sus resonancias bajo la bóveda fría de nuestra soledad. No se le pide llegar más allá de unos milímetros en el espacio, pero sí la misión de penetrar en las grandes profundidades de nuestra alma". Eso era lo que buscaba ya Mompou cuando era un silencioso niño que ponía las manos sobre el teclado en pos de los sonidos: un intermediario entre lo desconocido, lo que albergaba en su hondura y el mundo; establecer un espacio dónde habitar y entregarse. Por su itinerario de despojamiento y desnudez, Vladimir Jankelevitch compara a Mompou con Manuel de Falla y dice que llega "al punto intangible donde la música se ha convertido en voz misma del silencio, donde el silencio mismo se ha hecho música". "Aspira —añade— a dejar cantar la voz del alma pura, del alma sola, del alma misma en ella misma (ipsa), es el canto de la 'ipseidad' espiritual." Mompou, que desde sus años jóvenes, definió su obra como un "recomenzar", es decir, una vuelta al origen de la creación pero con todo el bagaje que la historia nos ha deparado, consideró estos cuadernos de Música callada como su "máxima y más auténtica expresión".

Además de Santiago de Compostela, frecuentaba ahora el compositor el pueblo asturiano de Hevia, donde su amigo Pedro Masaveu poseía una espléndida mansión. En ella escribió el oratorio Improperios, para voces y orquesta, (estrenado en 1963), encargo del comité organizador de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, en la persona de su director, Antonio Iglesias. Así nacería el que, según Prevel, es el "más bello oratorio escrito en España durante esta mitad del siglo XX", que sólo tiene parangón "con el Stabat Mater de Poulenc y la Misa de Stravinsky".

El mismo instinto de "recomenzar" llevó a Mompou a elegir unos poemas de Paul Valery —que ya en su adolescencia le inspiraron—, para escribir cinco canciones para soprano y orquesta. Mompou, que compuso fundamentalmente para piano, nunca abandonó la creación para voz. En 1936 escribió un ciclo de lieder, Comptines, basado en coplillas infantiles catalanas y francesas de las utilizadas por los niños para contar, y a su regreso a España, en 1943, un segundo, incluyendo canciones castellanas. Por los mismos años inició el Combat del somni, basado en poemas de su amigo el editor José Janés. Con Cinco canciones sobre poemas de Paul Valery volvía al mundo del enigma y de la sugerencia de Cants mágics y de Charmes. Estaban, pues, todavía presentes ráfagas de su adolescencia, de sus interiores obsesiones y los escenarios perpetuamente revividos de sus paseos barceloneses. Por ello un tema conservado durante años para un hipotético concierto se convirtió finalmente en la obra El pont, homenatje a Pau Casals, para piano y violoncello, que lleva fecha de 1976, aunque su melodía central se remonta a los años 40.

Con posterioridad a esta obra sólo escribió el maestro La vaca cega, para coro mixto y órgano, fechada en 1978. Contaba entonces 84 años. Después, a él que vio la creación como renuncia, la vida le llevó a otras renuncias y finalmente al silencio (murió el 30 de junio de 1987), probablemente a la música pura, una música callada y sonora, inmarcesible: la que constituía su propia esencia imperecedera.