
-El autor y la obra -
Sohrab Sepehrí (1928-1980), considerado uno de los mayores líricos de Irán, crea una obra que, como puente múltiple, es nexo entre la gran tradición poética escrita en lengua persa (concretamente la poesía de Rumi y la de Hafez) y la universal contemporánea y entre la cultura de Oriente y la de Occidente. Sepehrí nació en los oasis de Kashán y ese fértil "espacio verde" y su búsqueda sin fin (viajó a la India, Japón, Francia, Italia y España), le llevaron a adentrarse en los invisibles nexos entre humanidad, naturaleza y amor.
Dentro del panorama lírico actual de su país, sus poemas, desbordantes de imágenes inusitadas y de pensamiento, por su carácter filosófico, resultan excepcionales.
-Poemas -
Y ahora la caída de los colores
Semejante a los misterios del nacimiento
los instantes escoltaron al año entre dos parpadeos.
En las mojadas cumbres del encuentro
se levantaba poco a poco
el santuario de la luz.
El suceso se tejía con la materia del pavor.
Un pavor
que penetraba en la estructura primordial de la piedra.
En la fresca gravedad del viento
murmuraba una garganta
la nostalgia del Amigo.
Desde el principio de la lluvia
hasta el fin del otoño
fluían huellas de palomas.
Cuando cesó la lluvia
el paisaje estaba desguazado.
Las vastas extensiones mojadas
quedaron sin aliento.
Y en nuestra boca de paciencia
se fundió
el arco iris.
Tan línea como blanca
Es de mañana.
El gorrión, todo presencia,
canta.
El otoño se deshace
en la compacta unidad del muro.
El avance gozoso del sol
arranca del sueño
el cuerpo de la corrupción:
Una manzana se pudre
en la insistencia calada
del azafate.
Una sensación semejante
a la extrañeza de los objetos
cruza los párpados.
Entre el árbol y el verde efímero
el azur sin cesar renovado
se mezcla con el ansia de la palabra.
Pero,
¡Oh respeto de la blancura inmaculada del papel!,
el pulso de nuestras letras late
hasta en la ausencia de la tinta del calígrafo.
En la mente del ahora
la atracción de la forma se desvanece.
Hay que cerrar el libro.
Hay que levantarse
y andar siguiendo al tiempo.
Y contemplar la flor,
prestar oído a la ambigüedad.
Hay que correr hasta el fondo de la existencia.
Hay que seguir la llamada perfumada de la tierra funeraria.
Hay que llegar al cruce donde se encuentran el árbol y Dios.
Hay que sentarse
en el umbral de la expansión
en algún punto entre el éxtasis y la revelación.
Presencia hasta el final
Esta noche
un sueño extraño
abrirá el acceso a las palabras.
El viento tendrá algo que decir.
La manzana caerá
y rodando sobre las virtudes de la gleba nutricia
alcanzará la presencia de la ausente tierra de la noche.
El techo de una quimera se hundirá.
El ojo
verá la triste inteligencia de las plantas.
Una hiedra trepará
enroscándose a la visión de Dios.
El misterio desbordará.
Las raíces de la ascesis del tiempo
se pudrirán.
En el camino de las tinieblas
los labios proferentes del agua
emitirán destellos
y el corazón del espejo desvelará sus misterios.
Esta noche el hálito del Amigo
hará temblar el tronco de la esencia
esparciendo el asombro pétalo a pétalo.
En lo más recóndito de la noche
un insecto experimentará en su fuero interno
la fértil porción de la soledad.
En el interior de la palabra alba
el alba se elevará.
Oasis en el instante
Si venís a buscarme
estaré más allá de la tierranada.
Más allá de la tierranada hay un lugar.
Más allá de la tierranada las venas del aire
están llenas de vilanos mensajeros que nos traen noticias
de una flor recién abierta en el arbusto del extremo confín de la tierra.
En la arena hay dibujos de cascos de caballos,
de sutiles jinetes que al alba se dirigieron hacia
las alturas ebrias de la asunción de la amapola.
Más allá de esa tierranada, el guardasol del deseo permanece abierto:
Y cuando la brisa de la sed corre por el fondo de una hoja
se oyen las campanas de la lluvia.
Aquí el hombre está solo
y en su soledad
la sombra de un olmo se extiende hasta la eternidad.
Si venís a buscarme,
venid, pues, lenta y suavemente
para que no se raye
la porcelana de mi soledad.

Sohrab Sepehrí
-Opiniones-
Una carta de Antonio Colinas
Ibiza, 3-I-1993
Querida Clara:
Me ha alegrado mucho tener noticias de los de Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, especialmente a través de una obra como la de Sohrab Sepehrí. Poetas así nos ponen, una vez más, en sintonía con la mejor poesía, con un mundo mejor, y neutralizan todo mal.
Aprovecho la ocasión para desearte un Año Nuevo lleno de los mejores frutos.
Un abrazo
Antonio
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¿Cómo atreverse a decir algo sobre la poesía de Sorba Sepehrí sin tener en cuenta la advertencia: venid "lenta y suavemente/para que no se raye/la porcelana de mi soledad"... cómo lograr tal suavidad suprema sin limitarse a un ¡ah! de pasmo? Tratemos de decirlo suave pero claramente para los otros, para los que quisieran percibir el patente misterio de su soledad dialogante, porque él habla seguro de que nada puede herir la pulcra tersura intacta; él, en diálogo múltiple, con voz de flor o pájaro, con el azul del día, habla con el amigo y es mejor no turbarle con juicios vagos, más vale una silenciosa contemplación... de silencio, que es visible, como un jardín de hojas absortas en su soledad.
Rosa Chacel
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Deslumbra en la poesía de Sorba Sepehrí su vocación de síntesis: síntesis de espacios y de culturas que confluyen en su corazón iranio y que llegan desde extremos orientes y occidentes; desde los tiempos previos a la Creación, hasta el futuro día adivinado en que las palabras huelguen. Feliz curso el de esa poesía suya que, en manos de Clara Janés, brota como nacida en nuestra lengua para hacernos sentir la dicha de contemplarnos en el limpio estanque de este libro.
María Victoria Atencia
(Revista Rey Lagarto. Año III, nº 15. 1992 - Sama de Langreo)
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Para el lector español, los poemas de Sorba Sepehrí ocupan un lugar que desde su extrañeza deshace sus categorías previas, pues lleva a convivir voces que se han dicho excluyentes: mientras un verso remite a Juan Ramón Jiménez o a su descarnado discípulo Guillén, otro envía hacia la onda surrealista o hacía el gozo de la palabra que espejea. Es así una fértil extrañeza que enseña a leer, que sugiere la posibilidad de un espacio entre la frescura y la ironía, entre el júbilo trascendente y el juego.
Un hilo narrativo no sustenta ningún relato en estos textos; sólo ensarta la sucesión clara de unas cuentas que son siempre imágenes de los sentidos. Y lo son en las frases abstractas y en las irracionalistas, en las subidas hímnicas y en la reserva de la distancia. Es la continua intensidad de sentir; el sentir nuevo entre las cosas comunes. El pensamiento viene después, tras el olor, el sonido, la luz, la humedad, como si fuera apenas el sitio en que todo ello se reposa un instante para poder convertirse en palabra.
La tensión de los poemas nace de un balancín: la fuerza con que se afirman la necesidad y el desengaño de la existencia. El camino es exigente y el balanceo entre un polo y otro reúne de una manera peculiar la física y la metafísica: "hay que llegar al cruce donde se encuentran el árbol y Dios". Así ocurre, por ejemplo, con el deseo y el símbolo luminoso de la lluvia, y luego, por el contrario, con lo que aporta la mirada: "Cuando cesó la lluvia/el paisaje estaba desguazado". Para siempre, después de la decepción, volver a empezar: "hay que correr hasta el fondo de la existencia".
Miguel Casado
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La poesía de Sorba Sepehrí, al menos este sabroso retazo, busca el nombrar lo ausente. Lo ausente como representación de una divinidad que se oculta o que hay que descubrir a través del reencuentro con la naturaleza. Este contacto místico lo aproxima al origen de la palabra que fue el que dio el nombre a todas las cosas. Su búsqueda es sincrética, bebe de todas las religiones, de todos los mitos y adopta, fundamentalmente, la postura del viajero impenitente del haiku japonés. En realidad no busca, encuentra, en esos paisajes que describe como un miniaturista, un desierto existencial en donde siempre se topa con un oasis. El oasis del conocimiento, de la imagen del ausente, de la imagen del alma que se proyecta como una sombra sobre el paisaje. El oasis físico que equivale al instante temporal. Un tiempo que es acrónico y que, como el espacio, atraviesa un mundo reconstruido, el mundo anterior a la destrucción del Paraíso en el que no había ausencias.
César Antonio Molina
(Diario 16/Culturas-Libros - 20 de febrero de 1993)
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Quien dice "encima de la soledad flota la luna" es un poeta cuya mirada se sitúa alta como su palabra; un poeta, a la vez pintor, el persa Sorba Sepehrí (1928-1980), cuyo pincel se estiliza hasta alcanzar la imagen honda, exenta de realidad, como se halla en el fondo sin fin del agua. Lo que flota por encima y lo inalcanzable por su hondura se aúnan en sus papeles coloridos, como lo hicieron en sus ojos desolados, serenos y, a la vez inquietantes.
Sorba Sepehrí, oriundo de Kashán, zona de desierto y de oasis, representa una forma distinta de aproximación a la realidad e igualmente una poesía distinta dentro de la lírica actual de Irán. Si en su primer libro, La muerte del color (1951), se detectan las de Nima Yushidj el padre de la moderna poesía persa, en libros posteriores, La vida de los sueños (1953), La tiranía del sol (1961) y El oriente de la tristeza (1961), desarrolla esa técnica suya donde las sensaciones simultáneas dan pie a imágenes tan inusitadas que rebasan el surrealismo para situarse en lo "imaginal". Con los dos últimos libros mencionados, donde ha encontrado ya definitivamente su voz, abre una puerta nueva para la poesía.
De "libre en un jardín" o de hallar su cadáver "a la orilla de un rugiente río", como se describe en su segundo y tercer poemario respectivamente, pasa Sepehrí a la búsqueda de la "ciudad pérdida" y de su propio linaje, que puede hallarse en una "planta de la India" o en un "cacharro de Teppeh Sialk", en su extenso y fundamental poema El sonido del paso el agua (1965). Como el agua misma corren sus conceptos y se adaptan sutilmente a la geografía, la extensión natural del espacio por el que el poeta se mueve: "Rezo cuando el viento/llama a la oración desde el minarete de los cipreses", y por el más próximo: el hombre y él mismo:"La vida es/multiplicar la tierra/por los latidos de nuestro corazón". Hombre y mundo son uno y uno es su destino, un destino natural: "Nuestra misión/no es averiguar el secreto de la rosa./ (...)/ es, tal vez,/nadar en el hechizo de la rosa./Levantemos nuestro campamento detrás del saber".
Hombre y naturaleza
Esa ligereza y capacidad de reflejo del agua, donde todo se funde, característica del verso de Sepehrí, abarca un amplio espectro, pues su impulso lleva al poeta a conocer otros países: residió en India y Japón, y viajó a Italia, Francia y España. Surgen así Viajero (1966) y El espacio verde (1967). Rebasadas las fronteras, queda claro que el espacio cantado abarca hombre, vida y naturaleza y sus nexos, a veces, invisibles, mientras el tiempo se dispersa en instantes de existencia. Ayer, hoy y mañana se identifican, aunque el cantor corra hasta el "final del ser" y el lugar de las "cosas intactas".
Con Todo nada, todo mirada (1977), Sorba Sepehrí llega al final de su trayecto. Este libro (primero de un poeta persa contemporáneo que se vierte al español) supone la culminación de su pensamiento. Sus vínculos con los líricos persas clásicos (Rumi o Hafez) o con los universales contemporáneos surgen ahora abruptamente. Sepehrí "ha tensado hasta tal punto las cuerdas de su lenguaje que, en todo instante", afirma el prologuista Darius Shayegán, "tememos que se rompan". Este hecho, sin duda, aumenta la dificultad superada por Sahand y Clara Janés, autores de la traducción: han sabido cruzar esos pasadizos y verter al castellano toda la profundidad de estos versos. Además, con buen criterio, a modo de apéndice, nos han dado también una selección de poemas significativos de El oriente de la tristeza y de El espacio verde. Así, gracias a este libro, ilustrado con dibujos del propio poeta, el lector español tiene una hermosa ventana abierta a la obra de Sepehrí y a la poesía persa contemporánea.
Ahmad Taherí
(El País. Babelia, 9 de enero de 1993)