Kate

por JdJ

rhepburn01.jpg Las primeras películas de la Hepburn datan de los primeros albores del cine sonoro. Doble sacrificio (A bill of divorement, George Cukor) se rodó en 1932. En las películas de aquel entonces es muy común apreciar siempre el mismo defecto: actores, casi todos ellos procedentes del cine mudo, que gesticulan en exceso porque "se olvidan" de que ahora cuentan con un nuevo factor (la voz) para construir su expresividad y sus personajes. Como Kate provenía del teatro, esto lo tenía bastante ganado, aunque eso también pesa en el tono en ocasiones excesivo de su voz (ella misma decía: "las personas que son algo sordas me adoran"). Viendo esta película, uno se sorprende de la naturalidad de los gestos de Hepburn frente a la afectación de David Manners e incluso John Barrymore. De Kate dijo Clark Gable que era el único actor anterior a los nuevos tiempos (el sonoro) que no necesitaba una pasada por el método stanislavsky (Actor's Studio, ese lugar tan profesional que era capaz de convertir un chuloputas como James Dean en un actorazo). Y es cierto. Décadas antes de que esta forma de interpretar se generalizase, Katharine Hepburn ya intentaba "ser" sus personajes, no "hacerlos". Por ejemplo: siempre utilizaba colirio en las escenas de llanto, porque decía que otros métodos (basados en crear en la persona que hace de otro la situación mental de ese otro; esto lo hizo Coppola con Martin Sheen en Apocalipse Now, en una escena en la que el personaje que interpreta Sheen está al borde del suicidio. Lo consiguió, pero a Sheen le dio un ataque al corazón dos días después) le hacían perder control sobre lo que hacía.

Desgraciadamente para ella, la vida le cambiaría un poco eso. En 1955, rodando Locuras de verano (Summertime, David Lean) en Venecia realizó una escena que se ha hecho famosa (no pocos turistas visitan el lugar donde se rodó) en la que tenía que caerse al canal. Las aguas del canal estaban pútridas y Kate exigió que se acotase el tramo de la escena con una especie de diques y que se echase desinfectante. La escena tuvo que repetirse tres veces hasta que le gustó a Lean. Hepburn cayó tres veces al agua y a causa de ello adquirió una conjuntivitis crónica que hacía lagrimear sus ojos casi incontroladamente. Esta enfermedad es más que evidente en su canto del cisne, En el estanque dorado (On golden pond, Mark Ridell, 1981).

Otro aspecto que pesa a favor de Kate es el control que ejerció sobre muchas de las cosas que hizo. Una de sus obras maestras, Historias de Filadelfia (The Philadelphia story, George Cukor, 1940) es en gran parte obra suya. La obra de teatro que inspira la película (que también hizo Kate) fue rehecha para el cine por dos guionistas jóvenes y muy poco cotizados, además de que uno de ellos, Garson Kanin (autor de un libro, aunque algo hagiográfico, de lectura deliciosa: Tracy and Hepburn: an intimate memoir. Viking Press, 1971. Que yo sepa, no existe traducción al español), estaba maldito por haberse destacado como reivindicador a favor de los derechos de los guionistas de Hollywood. Fue Kate la que negoció directamente con el poderosísimo Louis B. Mayer (el Mayer de la Metro Goldwyn Mayer), ocultándole los autores del guión. En realidad, tras entregarle la historia contada en treinta páginas y cuando Mayer pidió (era viernes) saber algo del guión, Kate se comprometió a entregarle sesenta páginas el lunes. Ese fin de semana se encerró en su casa con el propio Cukor y Kanin y entre los tres escribieron más de cien. El lunes le vendió a Mayer la historia por 211.000 dólares de 1940. Kanin, por ejemplo, no había ganado hasta entonces más de 3.000 dólares por un trabajo y aquella vez se iba a llevar casi veinte veces esa suma.

El tercer argumento es la versatilidad. En mi opinión, en una sola cosa fallaba Katharine Hepburn como actriz, y es a la hora de hacer personajes de baja cultura y estatus social (por ejemplo, en Mística y rebelde [Spitfire, John Cromwell, 1934] o Sangre gitana [The little minister, Richard Wallace, 1934] sus apariciones quedan un poco artificiales). Pero, por lo demás, pudo con todo. Su talento para la comedia está fuera de toda duda. Personalmente, si tengo que citar las, en mi opinión, obras cumbre de la comedia no satírica (esto es, no puramente humorístico-chistosas, en plan gag) citaría cuatro:

1) Historias de Filadelfia.

2) Sabrina (Sabrina, Billy Wilder, 1954).

3) La fiera de mi niña (Bringing up Baby, Howard Hawks, 1938).

4) La extraña pareja (The odd couple, Gene Saks, 1968).

Dos de las cuales fueron realizadas por Kate Hepburn. Todo eso, teniendo en cuenta que si hubiese sitio para cinco en lugar de cuatro, escribiría La costilla de Adán (Adam's rib, George Cukor, 1949). La capacidad de Kate para el drama se hace presente en películas como La loca de Chaillot (The madwoman of Chaillot, Bryan Forbes, 1969), Las troyanas (The trojan women, Michael Cacoyannis, 1971) y, sobre todo, su soberbia interpretación en A delicate balance (Tony Richardson, 1973; si esta película se ha doblado y exhibido en España, desconozco el título), película que, en mi opinión, levanta ella sola. Ni qué decir tiene que también debe citarse, aunque no hablemos de un dramón, la excelente La reina de África (The african queen, John Ford, 1951), película en la que esa excelente pareja de actores que hicieron Kate y Humphrey Bogart (además, buenos amigos en lo personal), a los que habría que unir a Lauren Bacall (que no aparece en la película pero sí estuvo en el rodaje con su marido) tuvieron que sobrevivir a diversas peripecias, entre ellas una invasión de hormigas que obligó a todo el equipo a pasar noches enteras en un campamento rodeado de fuego. Y, por último, cabe recordar su trabajo impecable en En el estanque dorado, película con enormes tintes autobiográficos, no tanto por parte de ella como por parte de Henry Fonda el cual, en realidad, "hace" de Spencer Tracy (cumpliendo a la perfección su papel: murió sólo tres semanas después de haber recibido el Óscar).

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Todo esto lo consiguió Katharine Hepburn en un mundo en el que su costumbre de llevar pantalones no estaba bien vista y en el que tuvo que plegarse a muchas cosas, especialmente por su gran amor, Spencer Tracy. De hecho, en la película que los encumbró como pareja, La mujer del año (Woman of the year, George Stevens, 1942) tuvo que aceptar que se colocase el final que todos hemos visto. Esta película trata sobre la dinámica entre una mujer, famosa y activa, y su marido, comentarista deportivo que se siente minusvalorado por el éxito de su mujer. El primer final que se rodó para esta película, y que figuraba en el guión, consistía en que ella, Kate, se aficionaba al béisbol como parte de una especie de pacto con su marido; por decirlo así, ella decidía ponerse a su altura y comprender las cosas que a él le gustaban. Sin embargo, en las primeras proyecciones de test, los productores observaron que ese final dejaba incómodas a las espectadoras, la mayoría entonces amas de casa, las cuales se veían notablemente inferiores a la protagonista. Por ello, se desempolvó una vieja escena rodada en el cine mudo, no exenta de comicidad, en la que una mujer manirrota e ignorante de las labores de la casa trata de hacerle unas tortitas de desayuno a su marido, organizando un auténtico rifirrafe en la cocina. Así que Kate tuvo que rodar esta escena que ahora todos conocemos en la que queda patente que, pese a ser una triunfadora, su personaje es incapaz de hacer la o con un canuto en la cocina. En las proyecciones con este final, las mujeres en la sala aplaudían: serás muy lista y todo eso, pero no sabes freír un puñetero huevo. Ahora ya podían sentirse superiores.

En realidad, desde 1940, el año de Historias de Filadelfia (que Kate quería filmar con Tracy, no con Cary Grant. Confesó que había visto cincuenta y dos veces Capitanes intrépidos [Captains corageous, Victor Fleming, 1937], la película con la que Tracy, pese a trabajar con alguien tan empalagoso como el infumable Freddy Bartolomew, se marcó un pedazo de óscar por su interpretación de un marinero portugués), hasta 1967, el año de Adivina quién viene esta noche (Guess who's coming to dinner, Stanley Kramer, 1967), Kate supeditó su carrera a la de Spencer Tracy y a los cuidados que éste demandaba.

Spencer Tracy era de origen irlandés. Su padre, John Tracy, se vanagloriaba de tener decenas de rudos luchadores irlandeses en la nómina de antepasados. Para no pocos es el mejor actor de su época; sólo le faltó ser atractivo como Gable, o duro como Bogart, para adquirir más fama. Era un actor tremendamente profesional. Bebía como un cosaco y eso podía hacer que se pasase días sin ir a rodar. Pero cuando se presentaba en el set demostraba un conocimiento del papel y una profesionalidad que estaban muy lejos de demostrar otros actores dipsómanos o drogadictos. En una de sus mejores películas, Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961) fue él, ya viejo y bastante baqueteado, quien tuvo que levantar a otro actor dipsodrogadicto, Montgomery Clift. Era, a la vez, borracho e hipocondríaco. Una personalidad autodestructiva.

Tracy se casó, y jamás se divorció, con su mujer Louise. Tuvieron dos hijos, John y Susie (ésta trabajó de foto-fija en varias películas de Kate Hepburn años después de la muerte de su padre). John era sordo de nacimiento. Esto es algo que Spencer nunca superó. En un mundo en el que los sordos estaban condenados a vivir aislados, Louise Tracy se empeñó en enseñar y socializar a su hijo. Dejó su carrera de actriz (mediocre) y se dedicó por entero a su hijo John (John Tracy, en efecto, consiguió aprender a comunicarse y, en su edad adulta, incluso se casó). A Spencer, sin embargo, la situación le sacaba de quicio. Tal y como él mismo contaba, su mujer era capaz de pasarse un día entero enseñándole un zapato a su hijo y vocalizando con los labios: za-pa-to. Entonces él llegaba por la noche e intentaba lo mismo. Como John no era capaz de decir zapato y él estaba tomado, se enfurecía y tiraba el zapato contra una pared, asustando al niño y tirando por la borda todo el trabajo de un día de su mujer. Desde los años cuarenta, Tracy y Louise vivían separados. Sin embargo, Tracy visitó a su familia todos los sábados por la noche puntualmente, jamás se divorció y nunca tomó una residencia fija aparte de su hogar familiar (en California, vivía en un chalecito adyacente a la vivienda de los Cukor). Nunca vivió con Kate, hasta el punto de que cuando rodaban juntos tomaban habitaciones en hoteles diferentes. Si entre los dos hubo vida marital, nunca lo sabremos. Fueron muy celosos de su intimidad y cabe sospechar que hay mucho disimulo en algunas cosas que dijeron. Por ejemplo, Kate Hepburn siempre alimentó una imagen de sí misma como persona lejana al sexo, pero eso no cuadra teniendo en cuenta que su amistad cuando menos con Laura Harding tiene tintes muy sospechosos. Y hay cosas que suenan a engaño. Por ejemplo, Kanin cuenta una tertulia entre ella misma, Tracy y Clarck Gable en la que los dos hombres se pusieron a describir las prácticas homosexuales masculinas. Kate se mostró sorprendidísima de que alguien pudiese hacer "cosas tan ridículas". Pero es imposible que, teniendo amigos íntimos homosexuales (Noel Coward, por ejemplo) no supiese nada del asunto. Probablemente, fingía.

El complejo de culpabilidad de Tracy lo minó a base de copas. Mientras tanto, Kate desarrolló con él una sumisión que no tenía nada que ver con ella. Al final de su carrera, durante una representación teatral, una espectadora se levantó y sacó una foto. Kate paró la representación, se acercó al borde del escenario y le dijo a aquella mujer: "Es usted una cerda y no tiene respeto con el trabajo de los actores". Ésa era Kate Hepburn. Pero esa misma mujer aguantaba que, por ejemplo, Tracy ridiculizase lo que más quería ella en el mundo: su familia. Frank Capra relató, en efecto, un día que Tracy se rió amargamente del padre de Kate, probablemente con razón, contando una cena en la que los liberales Hepburn le llenaron la cabeza de solidaridad con los pobres y todo eso para después salir corriendo a echar a un pescador que se había colado en su playa privada. Esto lo hizo con palabras muy amargas... y delante de Kate, que no hizo el más mínimo ademán de defenderse.

Desde finales de los cincuenta, Spencer Tracy tenía miedo de su propia muerte. Y Kate de que se muriera. Juntos fueron a visitar a su amigo Humphrey Bogart dos días antes de que éste entrase en coma a causa del cáncer que lo mató. Bogie, como le llamaban sus amigos, se quedó mirando muy fijo a Tracy y dijo muy despacio: "Adiós, Spencer". Era un adiós de "ya me tengo que ir", pero Bogart, experto en ello, supo darle a sus palabras el significado requerido. Era otro tipo de adiós, y ambos lo sabían. "Bogie se muere", fue todo el comentario de Tracy al salir de la casa.

Al empuje de Stanley Kramer le debemos que Spencer Tracy nos dejase dos testamentos fenomenales, en los últimos años de su vida. En primer lugar, El mundo está loco, loco, loco, loco (It's a mad, mad, mad, mad world, Stanley Kramer, 1963). En esta película Tracy, envejecido por el alcohol y capaz únicamente de aparecer en la quinta parte del minutaje, realiza el retrato de un policía, el capitán Kolpeper, que persigue a un grupo de enloquecidos ciudadanos que han sido testigos de la muerte de un mafioso que antes de estirar la pata (literalmente) confiesa el lugar donde está escondida una fortuna. Kramer reunió para esta película a auténticos monstruos de la comedia, tales como Milton Berle, Sid Caesar, Buddy Hackett, la soberbia Ethel Merman o Mickey Rooney (además de pequeños papeles como el de Peter Falk, desternillante taxista, nunca mejor dicho, precolombino). Todos ellos, salvo quizá Berle y Merman, son eclipsados por el cínico Kolpeper. Esta película tiene también una muy valiosa escena en la que aparece una persona que, si a Raquel Welch la llamamos El Cuerpo y a Franck Sinatra La Voz, deberíamos llamar El Humor: su Majestad Buster Keaton.

El segundo testamento fue Adivina quién viene a cenar esta noche, una película en la que Katharine Hepburn actuó de actriz y también de enfermera. Su amor se moría. El principal problema para rodar la película fue conseguir un seguro, pues ninguna compañía quería asumir el riesgo, habitual en este tipo de pólizas, de que uno de los actores muera antes de finalizar el rodaje. De hecho, al no encontrar seguro, Kramer, el propio Tracy y Hepburn tuvieron que avalar la producción con sus salarios, comprometiéndose a perderlos por completo si alguno de los tres se moría durante el rodaje.

Esta película ha recibido no pocos ataques. Mario van Peebles, el portavoz de la negritud radical hollywoodiense, le dice a quien quiere oírle que esta peli tiene truco. Que es un trabajo sobre la igualdad racial basado en que dicha igualdad se aplica a favor de un negro modélico: limpio, educado, médico de éxito. ¿Qué habría pasado en el hogar de los Drayton si el doctor Prentice [Sidney Poitier] hubiese sido un mecánico sin estudios? Es cierta esta crítica, pero, en mi opinión, ni le quita valor a la iniciativa ni, por su puesto, a la interpretación. En cualquier caso, la película debe ser vista como un testamento. En todas las escenas, muchas, en las que Kate y Tracy están solos ante la cámara, Tracy fue doblado cada vez que el plano enfocaba a Kate. No podía mantenerse actuando tanto tiempo. El alcohol le había hecho trizas el hígado, había sufrido ya dos enfisemas pulmonares y el corazón trabajaba a medio gas. Pocas veces un cadáver ha hecho una actuación tan magistral, demostrando que llevaba el cine en las venas. En mi modesta opinión, la escena de Kate y Tracy tomando un helado en un drive in tiene más fuerza y más peso dramático que el famoso "tócala otra vez, Sam" de la Bergman en Casablanca.

En 1979, doce años después de la muerte de Spencer Tracy, murió por segunda vez. Cukor era ya muy mayor y no podía con los gastos de su mansión. Le ofreció a Kate vendérsela, pero ella estaba en las mismas. Así pues, la casa fue vendida y, con ella, el chalecito donde había vivido Spencer, donde residía Kate. Los dueños le pidieron educadamente que se fuera. Hasta ese día, la habitación donde había muerto Spencer Tracy había seguido como él la había dejado. Después de esto, a Kate ya sólo le quedó su trabajo, sus baños en agua helada (a los que era muy aficionada) y una relación fugaz mantenida con un crepuscular John Wayne durante el rodaje de Rooster Cogburn (Stuart Millar, 1975; en España se estreno como el título El rifle y la Biblia). Para entonces a Wayne ya le habían extirpado un pulmón (le quitarían incluso el estómago antes de que se rindiese) y ambos desarrollaron, como mínimo, una intensa camaradería durante el rodaje. Tras terminar la última toma, Wayne se quitó el parche que llevaba su personaje en un ojo y, sin palabras, abrazó a Kate y le dio un largo beso en los labios. Al separarse de la aturdida Hepburn, entonces de 68 años de edad, dijo: "¡He aquí una mujer!" Y la volvió a besar.

Su carrera fílmica terminó con una película sobre la eutanasia, cuyo guión le había sido propuesto a Kate con el sistema de dejarlo abandonado en las escaleras de acceso a su casa. Se trata de La última decisión de Grace Quigley (Grace Quigley, Anthony Harvey, 1985), película que rodó con un director que ya conocía (Harvey ya la había dirigido en su papel de Leonor de Aquitania en El león en invierno [Lion in winter, 1968]) y con un joven y prometedor Nick Nolte, quien la recuerda como "una vieja estrafalaria, pero simpática". La película fue producida por Menahem Golam y Yoram Globus, es decir a muy bajo presupuesto. En ella, Kate realiza un esfuerzo más, ya casi perdido, por conseguir que su perlesía, que le provocaba constantes temblores de manos y cabeza, pareciese como una exigencia del guión.

Kate Hepburn era una mujer extraordinaria, y eso se refleja delante de la cámara. Cierta vez, visitaba casas para alquilar en Beverly Hills. Tras haber visto una, dijo que tenía que ver algo en la planta de arriba. Sus acompañantes se mosquearon después de media hora. Pensaron que le había pasado algo y ya iban a subir cuando la vieron bajar las escaleras. ¿Dónde estabas?, le preguntaron. Ella contestó: tomando una ducha. Pero, le dijeron, ¿no podías esperar a llegar a casa? Es que la quería tomar aquí, contestó. Si voy a alquilar una casa, tengo que saber cómo me voy a sentir tomando una ducha en ella, ¿no?

Su capacidad dramática, su capacidad de sacrificio, la radical defensa de su independencia y de su albedrío, la convierten en una figura extraña al rebaño hollywoodiense que, además, ya no existe. El control que ejerció sobre muchas de sus producciones le permitió construir una carrera sólida con interpretaciones que están lejos de ser, no superadas, sino igualadas. En un mundo en el que ha habido imbéciles capaces de atreverse con Sabrina, Psicosis o El planeta de los simios, a nadie, absolutamente nadie en sus cabales, se le ocurriría reversionar Historias de Filadelfia o La costilla de Adán. Ganó cuatro Óscars a la actriz principal, algo que nadie ha conseguido después de ella. Fue nominada 12 veces, récord sólo superado (injustamente; lo dice todo de la calidad de las actrices de éste nuestro tiempo en el que personajes como Julia Roberts o Drew Barrymore, por lo visto, dan lecciones de interpretación) por Meryl Streep. Hoy, el papel de la mujer en el cine como elemento con valor propio ha desaparecido prácticamente. La mayoría de los grandes monstruos femeninos del cine eran mujeres guapas, pero la aparición del atractivo sexual como argumento de fama ha cambiado notablemente las cosas. Desde Marilyn Monroe hasta Angelina Jolie, la mujer (y, en los últimos tiempos, conforme las mujeres también han empezado a ser público consumidor propio, también el hombre) es, cada vez más, un objeto de observación en el cine, más que de saboreo. Un culo vale mucho más que la pericia a la hora de declamar a Shakespeare. Vivien Leigh, Liz Taylor, Ingrid Bergman, Vanessa Redgrave, Katharine y Audrey Hepburn o Bette Davis eran mujeres bellas (algunas, bellísimas), pero no eran sexuales, no tenían, dicho mal y pronto, un polvazo. Tal vez, después de la muerte de Kate Hepburn apenas quedan rastros de esa mujer actriz, amén de escasísimas seguidoras (Kathy Bates y muy poco más).

Murió a las 2,50 horas de la tarde del 30 de junio pasado. 36 años después del hombre al que siempre amó y siguió amando. Tenía 96 años. Su vida valió la pena, como vale la pena todo lo que nos ha dejado. Dejó dicho, entre otras cosas, algo que Spencer Bonaventure Tracy le había enseñado: "El secreto de vivir consiste en sobrevivir".