Sus cabezas juntas, casi chocándose, no dejaban ver el asombro, la incredulidad y el pánico que ese objeto, diminuto en tamaño pero enorme en importancia les estaba transmitiendo.
La verdad era incuestionable, el cúmulo de pruebas irrefutables. Las piezas encajaban como en un rompecabezas y en Der el Bhali, en el extremo oeste del valle de los faraones, muy cerca de donde se había descubierto la tumba de Tutankamon, surgía otro enigma.
Hasta ese momento sólo ellos lo sabían, pero el descubrimiento era de tal magnitud, que todos sintieron que sus vidas se verían afectadas en los días por venir.
Envolvieron la pieza en varias capas de tela de camiseta, la que se usa debajo de las escayolas y calzándose los guantes con un yeso refinado y microfiltrado, construyeron una especie de polígono rectangular. Este polígono lo ocultaron en una estrecha y larga caja de madera que sellaron con lacres, cola y una cera especial, rematando el cierre con 40 clavos que la dejaron hermética, casi inviolable.
No era para menos. Si los miembros de la expedición del Dr. Thomas Zulauf Witter se habían quedado anonadados al verlo, el anuncio al público de este trascendental descubrimiento iba a dejar sin habla y a hacer temblar desde su raíz la estructura religiosa de casi una cuarta parte de la humanidad.
Todos sabían que la Iglesia sería un enemigo feroz y despiadado a la hora de confrontar y nadie dudaba que, desde ese mismísimo instante la vida de todos corría peligro.
Siendo científicos de ese nivel tenían bien en claro que al tocar ciertos aspectos de las creencias de una religión, los fanáticos de uno u otro lado no cejarían hasta vengarse por las supuestas ofensas recibidas. Esa certeza era unánime.
El Dr. Zulauf Witter hijo de padre musulmán y madre católica, se sacó los anteojos de lectura tras anotar de puño y letra la fecha y el lugar del hallazgo; dobló las patillas del armazón y calzando el mismo dentro del estuche que colgaba del bolsillo de su camisa caqui, agachó la cabeza y, aunque nadie lo escuchó, todos podrían jurar que rezó una plegaria.
Si en ese momento se hubiera preguntado uno por uno, todos habrían afirmado que el silencio era sepulcral, y si se les apuraba a ampliar el relato, más de uno hubiera dicho que en Der el Bhali el tiempo se había detenido y los fantasmas de los miembros de una antigua sociedad científica, desconocida y muy avanzada para su época, eran en ese momento los dueños del lugar.
Observando con su lupa electrónica, el curador y egiptólogo Faur ibn Kushma reunía lentamente todos los elementos que se habían rescatado con anterioridad y habiendo reservado un espacio en el centro de la larga y ocupada mesa, fue en busca de la caja rescatada de Der el Bhali.
En un principio la apoyó en una mesita auxiliar y adoptando todos los recaudos como, si se tratara de una intervención quirúrgica, tomó las tenazas con las cuales fue sacando los clavos, retiró los sellos y extrajo la cuadrangular y pesada pieza con muchísimo cuidado.
Cientos de veces había tenido entre sus manos los más valiosos tesoros rescatados de todo tipo de estructuras pero ninguno le había motivado jamás esta inquietud y respeto, por lo que con un gesto, casi una reverencia, tomó el escoplo y fue prácticamente tallando la estructura para dejarla expuesta nuevamente y así poder confirmar las teorías del Dr. Zulauf Witter.
La fama del científico era tan grande que a Faur ibn Kushma le temblaban las manos. Había tomado como precaución efectuar esta tarea en el aula de autopsias de la Facultad de Medicina de El Cairo, en un horario en el que el personal se había retirado. Aún así se había ocultado para no ser visto y había enviado a toda la custodia a que inspeccionara prolijamente el lugar para certificar que nadie lo espiaba, lo que lo dejaba tranquilo y más solo aún.
Terminó su tarea y extrajo desde la última voluta de la tela de camiseta un tubo hueco rematado en un corte al bies que, visto desde su otro extremo, mostraba cómo se iba afinando a medida que se extendía hacia su remate.
Aplicando el ojo al agujero que mostraba en su centro, se admiró cuando, con gran sorpresa, vio aumentado de tamaño el camillero que cubría la mesa de operaciones. Volvió a mirar cuatro o cinco veces y confirmó que la abertura practicada estaba perfectamente calculada y si ésta se aproximaba a los objetos de manera adecuada, se podría ver su efecto amplificador.
Tomando un pincel, comenzó a limpiar el objeto por fuera e inmediatamente advirtió que estaba surcado por jeroglíficos, letras arameas y letras griegas, estas últimas sobrepuestas a las anteriores.
Sin querer perder ni una brizna del polvo que caía fue recogiéndolo en un papel especial para proteger adecuadamente cada partícula.
Se colocó frente al macro-microscopio, mirando a través de él y advirtió, dentro del tubo, que casi llegando a su extremo se apreciaban unas partículas atoradas en él. Las extrajo con un mandril y las guardó en un tubo estéril al que rotuló debidamente, colocando entre los detalles la altura del tubo desde la cual las había sacado. No sabía aún que ese pequeño elemento sería una prenda de guerra en la batalla que se avecinaba.
Ignorante de tal información continuó revisando el objeto hasta que, según él, quedo en condiciones de responder todos los interrogantes que sus características planteaban. Todos menos uno: cual fue el uso para el que había sido creado. Pero, Faur ibn Kushma estaba seguro de que una vez se tradujeran los signos inscritos en él, esto sería un hecho consumado, por lo que volviendo a ubicarlo con cuidado en su receptáculo, volvió a remachar los 40 clavos sellando así la caja y la dejó depositada en el centro de la mesa. Guardó lo extraído en una valija, la cerró con llave y se retiró a efectuar los primeros análisis forenses.
Monseñor Algoretto, Vicario encargado de las relaciones entre el Vaticano y el Islam y representante del Papa en la Pontificia Comisión Ecuménica, temblaba de furia. Era inadmisible, un verdadero insulto, una patraña que de no ser proveniente de las autoridades islámicas, tendría que ser la venganza pergeñada por alguno de sus escasos pero poderosos enemigos.
Monseñor Algoretto, piamontés de pura cepa, de características sanguíneas tanto en su personalidad como en su aspecto, adquiría un color rojo especial cuando se enojaba.
Agitando en sus manos el informe de la oficina del Emir Shawada, despotricaba e imprecaba sin ambages.
¿Cómo podía ser? Cuando ocurrió lo de Salman Rushdie[1], el Vaticano se cuidó muy bien de no intervenir más que de forma cosmética y ahora, ¿así se lo devolvían? ¿Con estas mentiras atroces, estas faltas de respeto a la más alta moral y creencias de la iglesia católica?
No, esta vez se habían pasado muchísimo de la raya y el asunto desataría tanto la furia de su Santidad como la condena de todos los católicos del mundo. Ya verían esos taimados de qué que era capaz Algoretto cuando se trataba de la defensa del santo dogma. De nada valdrían esta vez las lisonjas ni los regalos que supieron limar las asperezas en otros conflictos. En éste, se estaban cuestionando los mismos cimientos de nuestra amada Iglesia y eso no se perdonaría. Con eso no comerciaría de ninguna manera.
A pesar de su ira, Algoretto había tenido el buen tino de llamar a consulta tanto al Dr. William Guzzo como a la Dra. Virginia Holfeldt, especialistas en Ginecología y Obstetricia de renombre mundial, que tenían la suficiente autoridad para desacreditar de un solo plumazo todas las patrañas inventadas por ese incalificable mitómano, el Dr. Zalauf Witter.
Ya veía Monseñor Algoretto lo fácil que iba a ser refutar en forma categórica a ese engreído, no por nada medio descendiente de sus ancestrales enemigos, por lo que, frotándose las manos con el agua bendita mientras decía su propia oración, ordenó hacer pasar a los convocados para definir lo que sería la más histórica audiencia de que se tuviera noticia desde la polémica requisitoria a Galileo Galilei el 16 de junio de 1633, efectuada a pasos de ese lugar, en el Quirinal.
En contra de lo que esperaba Algoretto, esta entrevista aumentaría la incertidumbre y agravaría el conflicto hasta hacerlo llegar casi a su estallido.
Faur ibn Kushma no lo podía entender y pidió a su traductor experto en idiomas y objetos antiguos que repitiera la explicación tres veces más. Aún así, no quedó completamente convencido, por lo que le reclamó:
Volvamos al principio. Según dicen, los jeroglíficos se pueden traducir como "será enterrada en tu seno". Según las letras arameas se debe traducir como "la simiente en tu seno". Según las letras griegas, debe ser "es peligroso desafiar a los dioses". Tú me dices que no es un objeto egipcio sino romano, pero no aparecen letras latinas y lo que está escrito es absolutamente incongruente, amén que la traducción griega no revela lo mismo que las otras dos sino que parece contradecirlas. A pesar de eso me dices que es un instrumento médico, ya que la estructura del metal que lo conforma es la misma que otros objetos encontrados en otras tumbas y que como lo muestran los grabados eran usados en maniobras médicas. Todo eso lo acepto pero, ¿de dónde deduces que se usaba en maniobras de tipo ginecológicas?
Faur le replicó el experto, llevo más de treinta años en esto y te podría contestar que lo huelo, pero te diré en qué me baso. Primero, es de un metal que no existía antes de la época de los romanos y que no se justifica si no es usado para tomar contacto con el cuerpo humano. Segundo, tiene un trabajo de alisamiento que sólo se dedicaba a lo que se pretendía que no dañara. Tercero, tiene unas dimensiones que no lo hacen útil para penetrar nada que no sea una abertura natural y cuarto, si estuviera dedicada a la boca o al ano sus dimensiones estarían invertidas y sería mucho más amplia en su extremo que en su base y eso es lo contrario de lo que tenemos aquí, por lo que sin dudarlo un minuto te puedo decir que con esto los romanos hacían algo dentro de la zona genital femenina. Mira para dejarte tranquilo, llamaría a la Dra. Holfeldt de Harvard, que además es la curadora de la colección de instrumentos médicos antiguos del Instituto Smithoniano. Ella te sacaría de la duda en un momento. Tienes de suerte porque desde hace una semana está dictando un curso acá en la Universidad de El Cairo.
Como Egiptólogo sé que eres el mejor en este campo, pero me dejaste más dudas que certezas y aceptaré tu consejo. Me comunicaré con la Dra. Holfeldt.
Decirlo y llamarla fue todo uno. Faur conocía la Universidad como la palma de su mano por lo que, llamando a los teléfonos correctos logró concertar una cita para ese mismo día con la sorprendida doctora quien, notando en su voz una no disimulable ansiedad, no dejó de preguntar el motivo de su llamada. Pero Faur no quería hablar este tema por teléfono, dejando así, en un cono de sombra, a la atribulada profesional.
Sin saberlo, esa era la mejor manera de hacer comparecer a la Holfeldt, ya que era por todos sabido que nunca dejaba de aceptar un desafío ni de responder a un acertijo y en esta ocasión los dos elementos se veían involucrados en proporciones similares y suficientes para hacerlas irresistibles.
Un minuto antes de la hora convenida, la elegante figura de la ginecóloga atravesaba la puerta del Instituto Médico Forense de la Universidad de El Cairo con los pasos firmes y rápidos que hacían decir a todos que era una de las pocas mujeres que trabajaba y se movía igual que un hombre.
Faur la esperaba en el jardín para escoltarla como si se tratara de un gesto caballeresco pero, el secreto objetivo era comprobar que nadie los siguiera e ir adelantándole la información a la célebre ginecóloga. Con pocas y elegidas palabras resumió todo el proceso que derivó en la presencia de este raro objeto en ese lugar y el motivo de la convocatoria de una profesional de su especialidad en esta eventualidad.
La Dra. Holfeldt una vez cambiada y vestida adecuadamente observó el objeto por todas sus caras, miró varias veces a través de él y efectuó el mismo gesto de asombro que hizo Faur cuando, aproximando la punta del mismo hacia la mesa observó cómo se agrandaba el tejido del camisolín que la cubría.
Sí, no cabían dudas. Era un instrumento para usar en relación con los genitales femeninos y de eso no podría surgir ninguna disputa.
La Dra. Holfeldt buscó dónde sentarse y asegurándose que se había extraído y preservado todo el material del interior, colocó el objeto en forma horizontal a su boca y efectuó una pequeña exhalación a través de él. Apoyándolo mejor y colocando una pequeña muestra de saliva lo más profundamente que pudo, volvió a efectuar el soplido. Esta vez se quedó muda.
Muy lejos de ser retenida, la saliva se escurrió por el instrumento y se proyectó con fuerza a más de quince centímetros del lugar desde donde descansaba su extremo posterior.
Más que sorprendida, la investigadora volvió a repetir el ejercicio limpiando con esmero la casi insignificante cantidad que quedaba retenida dentro del tubo. Cada vez hubo la misma respuesta: la saliva salía proyectada en forma significativa y si el esfuerzo exhalatorio era aumentado, la saliva recorría una trayectoria muchísimo mayor de lo esperado.
La científica tomó aliento, se sentó en el cómodo sillón apoyando su espalda contra el respaldo y entrecerrando los ojos dio la impresión de que iba a dormitar, pero muy lejos de esto, pidió a Faur ibn Kushma, con su voz algo autoritaria, un vaso de algo frío y casi sin dejarlo mover del lugar le dijo: prepárese Faur. Esto sí le va a sorprender.
Faur mandó traer el trago solicitado y como quien se prepara para una ceremonia religiosa se arrellanó en el sillón que frente al de la doctora, esperando que la misma hablara.
Holfeldt, después de beber un solo sorbo, estiró su mano para devolver el vaso a su lugar y antes de haber recorrido con el mismo no más de unos centímetros, el mozo colocó su bandeja desplegando una actitud coreográfica tan rápida que logró que la doctora depositara el vaso justo en el centro de la bandeja.
Faur, no cabe duda. Esta es una pipeta para transferir tejido orgánico y si no fuera por la época a la que pertenece y su origen egipcio, diría que, cambiando muy poco su forma, hoy se usaría para efectuar una inseminación artificial.
La cara de Faur se demudó. Sin querer mostrar a la doctora su sorpresa, pidió que le explicara más claramente lo que quería decir con sus palabras.
Esto es así, se comprueba fácilmente que este elemento no está elaborado para sacar nada de ningún sitio sino que vale para ver a través de él, aumentando la visión con una lente, hecho que comprobé en el momento que puse mi anteojo a centímetros de su orificio más grande. Si se fabricara en este momento deberíamos cambiar muy poco su diseño y agregándole la lente que acá falta, se transformaría en un instrumento de total actualidad y completamente útil.
Con voz muy queda Faur le hizo saber a la Dra. Holfeldt que el objeto no era egipcio sino romano, lo que a su vez desencadenó la continuidad de la explicación de la notable experta:
¡Ah! así cambian las cosas, si es romano, estoy segura de que alguna piedra preciosa bien pulida hacía las veces de lente y le afirmo Faur, con total seguridad, que se trata de uno de los primeros elementos usados en la antigüedad para realizar inseminaciones y otras prácticas ginecológicas.
Quince días más tarde, Faur no se había repuesto todavía de la sorpresa que le causara su encuentro con la Dra. Holfeldt. Por el contrario, había ido en aumento pues cuando acabó de comprender el uso del objeto y trasladó el mismo a la mesa de operaciones donde se encontraba el resto del material, leyó con cuidado cada una de las inscripciones de las vasijas y del resto del menaje; allí tomó conciencia que debía de cercar el lugar con muchas medidas de seguridad antes de dar a conocer de qué se trataba todo esto.
Poniéndose en contacto con los ministros de las áreas competentes en las oficinas del Emir Shawada, hizo que cada uno extremara los recaudos para cuidar los elementos y preservarlos adecuadamente, por lo que se clausuró esa sala, se dispusieron mecanismos de identificación electrónica en cada uno de los pasillos que conducían al lugar y se montó una guardia permanente de siete hombres, lo que en lenguaje del Islam elevaba las reliquias a la categoría de sumamente santas.
Faur sabía que lo único que faltaba era analizar los pequeños fragmentos que se habían extraído del tubo recién hallado y los elementos que lo recubrían, buscando tanto la composición química del material inorgánico como descartando la presencia del orgánico, para lo cual contaba con el equipo detector de ADN.
Dicho equipo, bajo la jefatura del Director del Hospital del Rey de Egipto, trabajaba en la Universidad y era financiado por doce países que costearon su instalación. Los mismos proveían los fondos para su desarrollo.
Faur se dio cuenta de que si decía de qué se trataba, tendría en un minuto a toda la prensa del país y del mundo en ese lugar, por lo que, entregando la muestra casi con despreocupación, hizo saber al investigador a cargo que debería esmerarse y poner cuidado porque se trataba de un tema que involucraba a la familia presidencial y por ser un asunto muy delicado y secreto no se quería alertar a los enemigos políticos ni a la prensa hasta estar seguros de que se trataba de un problema que no afectaría al bienestar de la nación.
Encargó al profesional que devolviera todos los restos que le quedaran, mas los utilizados en el estudio, acondicionándolos en un estuche adecuado y bien hermético. Estas indicaciones acentuadas gravemente dieron resultado, ya que el encargado del laboratorio, llevándose el índice a los labios señaló que de esa boca no saldría palabra y comenzó a efectuar los análisis necesarios.
Faur se retiró con todo el temor del mundo, pero no podía hacer nada más, aunque dejó a uno de sus hombres de confianza como custodio, con la falaz explicación de querer ser informado de los resultados obtenidos sólo a través de él, para no usar el teléfono.
Habían pasado ya veinte días y su fiel vigilante arribó con las conclusiones, redactadas con excelente caligrafía en Farsi. Inmediatamente reforzó aún más la seguridad. Todo estaba a punto para dar a conocer la noticia.
Monseñor Algoretto hizo sentar al Dr. Guzzo y la Dra. Holfeldt en el otro extremo de la mesa y ocupando el sillón del centro declaró que se iniciaba la audiencia.
Tras un breve rezo, todos los presentes se acomodaron en sus lugares y Monseñor, con voz engolada y fuerte, preguntó primero a la doctora, de qué se trataban estas patrañas con que los musulmanes querían pervertir las imágenes de los miembros más santos de la religión católica.
La Dra. Holfeldt, que se consideraba una buena cristiana, comenzó su exposición describiendo la reliquia de Der el Bhali con todo detalle y minuciosidad, tomándose para ello más de 45 minutos.
Pidiendo el permiso correspondiente y aclarando que se verían imágenes científicas que podrían herir la susceptibilidad de los religiosos presentes, proyectó una diapositiva donde se apreciaba el efecto de aumento que se producía cuando al extremo más ancho del aparato se le adosaba una lente confeccionada de rubí, con las suficientes dioptrías como para multiplicar por veinte los aumentos y facilitar la observación.
De esta manera se podía demostrar lo fácil que era, con ese aparato, observar el cuello uterino, atravesarlo sin dañarlo y soplando, depositar lo que uno quisiera en su interior.
En ese punto detuvo su exposición y dejó que el Dr. Guzzo prosiguiera con el resto de los hallazgos y las deducciones que se podían extraer de ellas.
El Dr. Guzzo, religioso, escéptico y muy conservador, tuvo que admitir que el instrumento era tal cual lo había presentado la Dra. Holfeldt. pero que los hallazgos del ADN efectuados en el laboratorio de la universidad por el equipo del director del Hospital del Rey de Egipto eran muy discutibles y no se podía afirmar, en ese aspecto, nada concluyente.
A pesar de lo expuesto por los científicos, Monseñor Algoretto no estaba conforme. Él pretendía un rechazo total y concluyente a cualquier tipo de especulación, por lo que suspendió la audiencia y la aplazó para fecha futura, esperando poder incluir al Dr. Zalauf, al Dr. Ibn Kushma y a otros egiptólogos e investigadores de los orígenes del cristianismo.
Invitando a los presentes a comparecer nuevamente en la nueva reunión, pidió a todos que manejaran con mucho cuidado sus informes a la prensa ya que, a pesar de haber disfrazado esa audiencia bajo el manto de un acercamiento ecuménico, se había dejado deslizar la información de que un equipo de una de las revistas más importantes de Inglaterra estaba realizando su propia investigación y se tenía por cierto que esa revista no escatimaría los medios para encontrar el hilo conductor hacia la verdad de lo que se estaba por debatir.
Por tanto, Monseñor obligó a todos a jurar que manejarían con la mayor discreción y respeto toda la información, prohibiendo que nadie retirara ni una brizna de papel del cuarto de sesiones ni se llevaran ninguna de las diapositivas expuestas en la exposición.
Una vez rezada otra breve plegaria, el salón fue quedando vacío, sólo ocupado por Monseñor quien, preso de una crisis nerviosa, no atinaba a levantarse y por lo bajo murmuraba imprecaciones con total irrespeto hacia todas y cada una de las figuras más santas relacionadas con el Islam.
Eso sí, se aseguró de que nadie lo escuchara y todavía hizo algo más: se cuidó de no mover los labios mientras pronunciaba su irreverente oración.
Bajo la invocación de la Santa Madre Iglesia y la protección de Alá y su Santo Profeta Mahoma, abro esta audiencia para que sean definitivamente aclarados los términos del descubrimiento que se dice se ha realizado, y para desmitificarlo y volver a poner en su lugar todos los elementos que se vieron involucrados.
Invito a todos a rezar la plegaria que mejor convenga a cada uno.
Así abría Monseñor Algoretto esta última audiencia, la cual, anunciada desde hacía varios meses, estaba cubierta por todo tipo de agentes de prensa tanto escrita, como de radio o televisión.
El salón principal del Palacio Belvedere en el Vaticano (sólo observable desde el patio de la Piña) estaba completamente rebasado en su capacidad por lo que una vez se hubieron calmado los ruidos de las cámaras fotográficas y las de TV hubieron apagado sus luces, se hizo retirar a todos los que no estaban formalmente invitados a la reunión. Así quedó en el salón tan solo una veintena de personas relacionadas todas ellas con la egiptología la paleoarqueología cristiana y la ciencia médica.
Una vez que reinó el silencio tomó la palabra el custodio de las reliquias santas quién enumeró con todo cuidado los ochenta y tantos objetos hallados dejando una nota donde figuraban cada uno de ellos a cada miembro del cónclave.
Terminada la entrega el Dr. Zalauf Witter pidió la palabra y aclarando que nadie estaba tratando de destruir a nadie y que sólo se había llegado a ese punto habiendo partido de los hallazgos mencionados en la lista, comenzó a relatar todo el proceso de la investigación, que se había iniciado por pura casualidad cuando en una de las ánforas se había descubierto el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Buscando cómo encontrar una explicación al hallazgo de ese objeto en una tumba egipcia preparada para los faraones, los investigadores encontraron todos los otros adminículos que, de forma taxativa, relataban cómo se le había efectuado una especie de intervención invasiva a una virgen sin que ésta presentara ningún tipo de complicación.
Hoy, a la luz de nuestros actuales conocimientos, se podía afirmar que se la había fertilizado con el semen de su legítimo esposo. Zalauf Witter dejó el espacio para que la Dra. Holfeldt explicara los pormenores de la intervención ampliando la exposición de unos meses atrás.
En esta ocasión se le solicitó que mostrara en forma práctica, valiéndose para ello de una réplica exacta del instrumento de Der el Valí, la técnica quirúrgica, lo fácil de la manipulación del instrumento, los lugares por donde se hacía reflejar la luz para observar con toda nitidez, etc, etc.
El Dr. Guzzo negó, tozudo, que las pruebas que a continuación se presentarían fueran concluyentes pero, una vuelta de tuerca terminó por desacreditar su versión.
A continuación Faur ibn Kushma explicó como fue ocupando cada pieza su lugar y al cabo de 19 años de exhaustivas investigaciones había podido dar forma a la siguiente teoría: Según rezaban los papiros hallados, confirmados por las inscripciones de las ánforas, se desprendía de los estudios elaborados en los laboratorios más serios del mundo, repetidos y cotejados por otros independientes que trabajaron con el lienzo de Turín, las reliquias proto-cristianas, los maderos de la cruz provenientes del lugar mismo donde se crucificó a Nuestro Señor, que no cabía la menor duda de que lo encontrado demostraba de forma fehaciente una virgen habría sido fecundada artificialmente sin ser desvirgada y que por lo tanto su hijo se transformaba en el primer ser creado por la inseminación artificial.
Faur ibn Kushma relató que las determinaciones por el carbono 14 y otros métodos más nuevos establecían con precisión la fecha de su origen, según el calendario hebreo, en el año 3761[2] y según el calendario gregoriano dentro del primer año de la existencia de la cristiandad.
Faur explicaba también que, analizados todos los elementos que componían la lista, no se podría refutar esta afirmación, ya que cada uno de esos objetos fue creado ex profeso para dejar constancia de tan asombroso método recién inventado, objetos que iban a quedar bajo sello, para que nadie tuviera acceso a ellos antes de comprobar cómo terminaría resultando el arqui-experimento.
A estos fines se sellaría la tumba donde se reunían las siguientes personas, seguía una lista con los nombres de todos los presentes y en letras destacadas traducidas desde los jeroglíficos a los símbolos arameos y desde estos a las letras griegas, muy clarito y con caracteres enormes figuraban los nombres de los dos involucrados en la intervención. Sus nombres se podían distinguir fácilmente. Eran: "María y José".
[1] Se refiere al autor de "Los Versos Satánicos".
[2] Según el calendario hebreo corresponde al primer año de la era cristiana.