
de Nazik Al-Malaika (1926)
-Bagdag-
Yo
La noche se pregunta quién soy yo.
Yo soy su secreto profundo, inquieto
y negro, su secreto rebelde.
He escondido mi esencia en el silencio.
He envuelto el corazón en conjeturas.
Y me he quedado aquí, pálida, inerte,
viendo cómo los siglos se preguntan
quién soy.
El viento se pregunta quién soy yo.
Soy un soplo asombrado, renegada del tiempo,
y, lo mismo que él, no tengo sitio.
Seguimos caminando sin final,
pasando eternamente, y al llegar a la cumbre,
encontramos tan sólo el fin de la miseria;
entonces, el vacío.
El tiempo se pregunta quién soy yo.
Como él, una orgullosa que devora las eras,
y las dota de vida nuevamente.
Creo el lejano pasado
de una esperanza fácil, seductora,
para volver yo misma a sepultarlo.
Y así poder forjarme un ayer diferente,
y de helado mañana.
La esencia se pregunta quién soy yo.
Como ella, marcho fija en las tinieblas,
sin que nada la paz me proporcione.
Yo sigo preguntando, y la respuesta
sigue siendo también un espejismo.
Y aunque la creo cercana como siempre
al llegar a su lado, se ha disuelto.
Desaparece. Muere.
Badr Shakir Al-Sayyab (1926-1964)
- Yikor -
El río y la muerte
BUWAYB?[1]
Buwayb?
Campanas de una torre ya perdida
en el fondo del mar.
En las jarras, el agua,
y el poniente, en los árboles.
En las jarras que vierten campanadas de lluvia.
Y al fundirse el cristal en un quejido
¡Oh Buwayb!... ¡Buwayb!...-
va creciendo en mi sangre la nostalgia de ti
Tu nostalgia, Buwayb,
¡ay, mi río tan triste como la lluvia!
Yo quisiera correr entre las sombras,
y llevando en las manos apretadas
el deseo de un año en cada dedo.
Cual si llevara ofrendas,
de flores y de espigas,
hasta ti.
Yo quisiera subir a lo alto de los cerros,
y ver cómo la luna
nada entre tus orillas,
cómo siembra tinieblas,
y se llenan los cestos de peces,
de flores y de agua.
Quisiera en ti nadar,
perseguir la luna
y oír a los guijarros resonar en tu fondo
como miles de pájaros resonando en los árboles.
Porque tú,
¿eres bosque de lágrimas o río?
Tus bosques desvelados, ¿duermen a la mañana?
Y las estrellas ésas, ¿continúan esperando
y nutriendo de seda a millares de agujas?
¿Oh, Buwayb!... ¿Buwayb!...
Quisiera hundirme en ti,
para hacer con tus conchas una casa
en la que las estrellas y la luna,
vertiéndose, alumbraran
el verdor de las aguas y los árboles.
En tu seno ir al mar con la marea.
Porque la muerte es un mundo extraño
que arrastra a los pequeños.
Y su puerta escondida eres tú,
¡Oh, Buwayb!
¡Oh, Buwayb!... ¡Buwayb!...
Veinte años han pasado
cada uno como un siglo
y hoy, cuando las sombras van cerrándose,
y yo sigo en el lecho sin dormir,
con la conciencia alerta.
Como árbol gigante hacia la aurora,
con las ramas cargadas de pájaros y frutos,
siento que el mundo triste va vertiendo
una lluvia de lágrimas y sangre.
Campanas de mi muerte que, en las venas,
me suenan temblorosas.
Y en la sangre me crece la nostalgia
de una bala mortífera y helada
que me rasgara el pecho en lo más hondo.
Correría en ayuda de todos los que luchan.
Golpearía al destino con los puños cerrados.
Me hundiría hasta el fondo de mi sangre.
Para llevar la carga con los hombres
y levantar la Vida nuevamente.
¡Mi muerte sería entonces la victoria!
Testamento de un agonizante
¿Silencio!... ¿Silencio de las tumbas en sus calles tristes!
Ladro. Grito. Grito ansiosamente, y oigo en la quietud
el alquitrán y el hielo que esparcen las tinieblas.
Suenan pasos aislados, y se traga sus ecos la ciudad
lo mismo que una bestia de hierro y piedra
que se sorbió la vida de la noche a la mañana,
sin que quede ya nada.
¿Dónde está el Iraq?... ¿Dónde está el sol de su mañana,
llevando sobre un barco por las aguas del Tigres o el Buwaib?[2]
¿Dónde, temblando como alas de palomas
por encima de espigas y palmeras,
los ecos de los cantos de cada casa, en el campo abierto?,
¿de cada colina cubierta por las flores de las llanuras?
Si muero, patria mía, mi deseo más grande
es ser tan sólo una de tus tristes tumbas.
Y si vivo, lo que ansío tan sólo de esa vida
es tener una choza en tus ampos.
¡Daría todas las tierras y las calles de Londres
por tus vastos desiertos!
¡Dios quiera verte libre de desgracias!
Quizá muera mañana, pues el dolor, infatigablemente,
por el cable que arrastra hacia la vida
los restos de este cuerpo,
que es ya como una casa
con los muros mordidos por los vientos
y con el techo abierto a los diluvios.
¡Hermanos míos, dispersos desde el sur hasta el norte,
entre desfiladeros, llanuras y altas sierras!
¡Ay, hijos de mi pueblo, por sus queridas aldeas y ciudades!:
No neguéis las gracias del Iraq.
Habitáis el mejor de los países, entre verdor y agua,
el sol, la luz de Dios, lo inundan en invierno y en verano.
¡No lo cambiéis por otro!
Que es un Edén... ¡Cuidado con las víboras
que reptan por su suelo!
Yo estoy muerto... Y los muertos no mienten.
Yo niego los conceptos
que no manan de la fuente del corazón.
¡Espléndida mañana!...
Inunda con tu oro todo el Iraq.
Mi cuerpo es agua y barro del Iraq.
Saadi Yusuf (1934)
- Basora -
Nacimiento y muerte de Aixa, según las ceremonias y ritos mágicos grabados en tablillas de escritura cuneiforme en Nínive.
Y siempre llevo las cicatrices el cautiverio
ante el ave sagrada retenida en el bajo mundo
al pie de esta mágica montaña,
ante el rey del mundo,
al sol y entre las verdes espigas,
por el fuego y la liturgia,
por el cuerpo de la tierra renacida
con las caricias del verano,
en los carros del ejército asirio
y en el Eufrates.
En el reino de Dios,
en el reino del hombre
busco a Tammuz entre poemas
y tablillas de barro:
para su cabeza cortada
trenzo en mi destierro
una guirnalda
de claveles rojos.
En el lecho de un río
de cualquier astro abandonado
duermo en una concha con luces y guijarros,
con hierbas y peces plateados.
Grabo en tablillas de barro una profecía
capaz de descifrar el enigma
de la piedra esencial
que ha de triunfar de la muerte
y la materia.
Abrazo lo hermoso y lo atroz.
Veo a orillas del mar un águila desgarrando a una gacela,
veo a Asurbanipal atravesando con su lanza el sol
poniente,
veo a los cautivos colgando de las horcas
en las pavorosas sombras de la noche,
veo a un sacerdote salmodiando una oración:
"Dios de los ejércitos,
han expulsado al profeta
así decía.
Mas yo permitiré que los generales
y príncipe se emborrachen
y duerman para siempre, Dios de los ejércitos así dice".
Y yo pregunto qué ha sido de mi muerte
en cautiverio,
qué oculta esta noche el destino
bajo las zarpas de ese animal solitario
agazapado a las puerta de lo desconocido.

Los orantes de Tell Asmar. Bagdad. Museo de Iraq.
[1] Es el nombre del riachuelo próximo a la aldea natal del poeta, Yikor, al sur del Iraq.
[2] Buwaib: Riachuelo del Sur del Iraq, en la región natal del poeta.