Oso en medio de la noche
Por cierto,
la excesiva comida, las picantes especias
los disgustos,
pueden haber causado este fenómeno.
Pero él está ahí
vestido de mujer, jugando
con la pelota del ilusionista.
Una mirada boba y la sonrisa
apenas insinuada en su cara redonda,
siguen por el algodonoso cuarto
y desembocan en el jardín austero
donde tu padre pica y pica
el terreno que nunca dará ni siquiera una arveja.
Luego llegan cabriolas
dichosos bamboleos que presagian
el tenue bosque, sus siluetas
un aroma difícil sobre moras y hojas de eucaliptus.
Entonces te despiertas.
En el cuarto empañado por la luna,
resumes tu congoja: la soledad,
el tedio, el pecado, la roña
y sin embargo
todavía esa gorda figura baila entre tus sueños.
El pequeño vampiro
El pequeño vampiro aguarda el origen de la lluvia,
discute,
las posibilidades del cometa. Siente
que las noches comienzan con una arteria seccionada
hábilmente. Que el ritmo desigual de las respiraciones
va aquietándose. Y sin embargo ignora
adónde van las almas que él
diestramente, libera.
En el amanecer radiante
el pequeño vampiro se seca la boca florecida en una roja flor
y duerme. Olvidándolo todo
sobre su madre, sobre si era posible
que él tuviera hermanos, si alguna vez
su padre lo llevaba a la escuela donde la vena ubicada en el cuello
de la maestra invoca alguna de sus rápidas visitas.
El pequeño vampiro es azul, no tiene
sombrero, a veces, en el sueño
se ve a sí mismo recuperando una pelota
comiendo con amigos,
besando subrepticio a alguna compañera.
Cuando la tarde se apaga feroz sobre las olvidadas tumbas
el pequeño vampiro levanta las losas y sale.
Un lobo diminuto lo acompaña. También
hay un viento furtivo, y una olvidada rama rodando
el polvoriento suelo.
"El mundo está compuesto de cientos de cosas infinitamente vivas"
piensa lentamente
mientras cae como una oscura capa de muerte sobre el pueblo.
A un amor extraño
Se levanta una brisa insolente
así se levantó tu falda aquella tarde de noviembre,
y era posible ver (no imaginar)
cómo el periódico regalaba las noticias usuales.
Otra vez, un gemido
surcó el aire humilde de las habitaciones rojas
y entonces (sólo entonces)
la radio murmuró unas confusas voces sobre valses vieneses.
Finalmente, la luna
inconclusa bañaba tus espaldas y concluía allí donde soñamos
(hubo un gesto trivial)
y la televisión comenzó a transmitir imágenes de la tormenta.