
Prosa I y II - Obra completa
De Luis Cernuda
Editociones Siruela - Libros del Tiempo nº 66 y 72
Se quejaba George Steiner de que ya no se publican libros con grandes márgenes donde poder discutir mediante anotaciones con el autor, igual que se hace con un buen maestro de quien aprendemos al tiempo que le discutimos, precisamente para extraerle con ello mayor información y demostrarle indocilidad y escucha.
Pero tal vez sea en los márgenes de la mente donde debamos hacer esas anotaciones, aunque la memoria nos juegue a veces malas pasadas. Así, convertimos la lectura en discusión privada con algunos autores, y nuestra mente en una de esas imágenes tan bellas que ahora conciben los matemáticos llamadas fractales, donde cualquier diminuta parte contiene y es idéntica al todo, y que son capaces de autogenerarse indefinidamente. Aunque nuestra mente es finita porque lo es la vida. Entre tanto, gocemos del intervalo.
Y para gozar de él, nada más suculento que uno de esos libros. Ejemplo de ellos es esta edición de la obra semicompleta de Luis Cernuda con la que nos obsequia Siruela en el mercado. Y digo semicompleta porque falta la obra epistolar, inmensa como era habitual en un tiempo en el que el teléfono no se usaba tanto para decir tan poco. Está compuesta esta obra "completa" por tres tomos, uno dedicado a la poesía, esta sí, parece, completa mientras no se descubra algún manuscrito errático y desconocido, y dos con la obra en prosa, integrada por cinco narraciones, una obra de teatro, única acabada entre las tentativas del autor, y otra comedia inacabada, un diario de viaje, con unas anotaciones y páginas de diario que aparecen en la edición más tarde, dos traducciones shakespearianas (en el libro dedicado a la poesía, del que no voy a hablar, también aparecen traducciones de poetas franceses, ingleses y un alemán, Hölderlin), un sin fin de artículos y colaboraciones en revistas y cuatro libros de ensayos poéticos: Estudios sobre poesía española contemporánea, Pensamiento poético en la lírica inglesa (siglo XIX) y Poesía y literatura I y II. Sus prosas poéticas, Ocnos y Variaciones sobre Tema Mexicano, están en el primer tomo dedicado a la poesía.
Se me perdonará que recomiende una lectura ordenada. No por conformismo con la disposición de los editores, Derek Harris y Luis Maristany, sino porque es la que yo he gozado. Así, se empezará por esos cuatro libros de ensayo y crítica poética que, siendo todos ellos opiniones sobre la poética ajena, exponen con suficiente claridad la propia de Cernuda. Se ha dicho a menudo que era seco y un tanto cruel o despreciativo con sus compañeros de generación (fue con ellos con los únicos que se atrevió; de los siguientes se negó a hablar; de los anteriores manifestó admiraciones, como la de Bécquer y Garcilaso; fue con sus influencias extranjeras, francesas e inglesas principalmente, con quienes más se explayó en juicios y ensayos), pero de una lectura atenta se deduce que esa crueldad, más que desdén, es la misma usada consigo mismo y procede de su exigencia ante la poesía. Derrocha tanto halago a la poesía ajena como a la propia, es decir, ninguno. Y el ejemplo más preclaro es este primer libro de ensayos, Estudios sobre poesía española contemporánea. En él hace algo que luego explica con estas palabras: "No se trata ya de eruditos ni biógrafos; se trata de artistas que han escrito sobre aquellos que les precedieron", refiriéndose, claro a otros libros de crítica escritos por poetas, como su admirado Eliot.
Expurgando de entre un sinfín de versos uno, como recomendaba Gottfried Benn, muestra qué hay de aprovechable en Campoamor, y ese método, difícil en poeta tan engolado y ripioso a veces, es muestra de lo que luego hará con otros. Su admiración y casi postración de hinojos ante Bécquer o su reconocimiento de Unamuno, en quien subraya más que otra cosa su condición de poeta (en él alaba la sequedad, llegando a señalar ésta como una de las mayores virtudes que puede tener un poeta; desde luego debía ser para él odiosa esa cualidad de chorreante que tienen algunos), su denuncia de lo en exceso popular en Machado, denuncia que luego repetirá con extrema prudencia para Lorca, y su final tiroteo contra Juan Ramón Jiménez son resumen del análisis de la poesía inmediatamente anterior a su generación. En este tiroteo, creo yo, se basará parte de su mala fama, lo mismo que de algunas andanadas contra sus colegas generacionales (por no hablar del absoluto ninguneo de Dámaso Alonso, a quien sólo nombra un par de veces y una de ellas para recriminarle en carta abierta en la revista Ínsula la nimiedad de llamarle "demasiado joven" cuando publicó Perfil del Aire, y señalar que estaba aislado en su Sevilla natal). Pero ¿qué pretendía Cernuda con esas andanadas?: excitar la perfección, nada menos, la exigencia propia. A Juan Ramón Jimenez lo bombardea por déspota, por falso en sus poéticas, pues dice una cosa en ellas y practica otra en sus versos, le devuelve la crueldad que el gaditano derrochó con los poetas jóvenes (los de su generación del 27, que él llama del 25). Sin embargo, en artículos anteriores a su exilio, alaba la lírica juanramoniana, atendiendo tan solo a su poesía. Y ¿qué critica en sus compañeros?: ante todo, un defecto que él califica como demasiado español y que hace retroceder, nada menos, que al conceptismo: el exceso de ingenio, la algarada graciosa y sorprendente en la que se sacrifica la sutileza y la profundidad poéticas, ese asomarse al pozo en el que debe basarse toda poética que se precie, en beneficio de un fútil y ocurrente baile sobre el brocal.
Empieza criticando eso en Gómez de la Serna, a quien reconoce, a pesar de todo, una grandeza extraordinaria. Recupera a un casi olvidado Moreno Villa, nos recuerda que Bergamín fue buen amigo de la poesía y excelente crítico de ella, aunque ni lo mienta como poeta y delimita, en fin, lo que para él es de veras apreciable en sus compañeros Salinas, Guillén, Lorca, Diego, Alberti, Aleixandre y Altolaguirre, a quienes dedica sendos capítulos, y nombra con respeto a Prados o Larrea entre otros.
Pone en su sitio algunos conceptos y sobre todo, indica con puntero los libros o colecciones de poemas que a él le entusiasmaron, marcando también aquello que consideró menos rico o interesante. Naturalmente que no se contenta con eso, sino que dice, y con voz más clara imposible, el porqué ve las cosas así. Otro motivo puede haber para el encono con el cual algunos han calificado a Cernuda, no a su poesía: cuando habla de algunos poetas de posguerra, como Panero, Rosales o Vivanco, poetas entonces oficiales del franquismo, juzga sólo su poesía, y de seguro algunos le debieron reprochar su displicencia política. Sin embargo, en sus prosas posteriores deja clara su actitud ante la absurda dictadura, recriminándole sobre todo la obligatoriedad de su propio exilio, aunque la mezcle de una forma u otra con cierto carácter absurdo y unamuniano que le atribuye al pueblo español. Esta es una opinión, demostrable o no, pero atribuirles caracteres a los pueblos es pecado de leso marxismo, digno, si no de confesión, que es cosa de curas, sí de autocrítica cuya penitencia es siempre el fusilamiento o el ostracismo.
Sin embargo, ¿qué es, a mi modesto ver, lo más sugestivo?: su prosa, una elegancia francesa más que inglesa, aunque a él le dolería, porque me refiero a la elegancia gala, no a su exhuberancia (de ello dice: "La plaga de la literatura inglesa es el esteticismo, como de la francesa el academicismo, de la española el barroquismo y de la alemana la pedantería"), una melodía de las palabras más que un ritmo, y una eficacia de puntero, como antes decía.
Su libro sobre el pensamiento poético en la lírica inglesa, casi puede leerse como una historia de la filosofía y las ideas en la Inglaterra romántica y posromántica. Tal vez esta misma característica lo hace algo más árido, menos familiar para nosotros, españoles. Y no obstante son ejemplares sus artículos sobre Blake, Keats (que me obligó a interrumpir su lectura y pasarme al monográfico cortazariano sobre el poeta inglés), Browning o Arnold.
La influencia que recibió de Reverdy, Laforgue, Mallarmé, Browning, Gide, así como su admiración por ellos, queda repetidamente mostrada. Otros nombres brillan en su constelación y de todos ellos habla. Sería cansino listarlos.
También da sorpresas muy gratas. La reivindicación de Unamuno como poeta se une a un grito en el que entrona junto a los grandes a Galdós. Ya era hora que alguien, y no sólo Muñoz Molina, reconociera la grandeza de nuestro novelista. Por otra parte, ¿cómo no pasmarse ante la atención de un poeta que mira a sus contemporáneos evitando la manía española de mirarse el propio ombligo hispano, cómo no maravillarse con sus conocimientos de literatura extranjera del momento? Ante Gide, por ejemplo, se rinde, y se arriesga, en un alarde de sinceridad atípico en alguien tan pudoroso con su intimidad, a hacer declaraciones como la siguiente, inmersa en uno de los ensayos sobre el escritor francés: "Y lo curioso es que aquellos que más bajamente sienten el instinto amoroso normal son quienes más denuestos lanzan contra quienes sienten ese mismo instinto en otra forma, por noble que su amor sea, olvidando la propia bajeza para atender solamente a la ajena real o supuesta". No es sólo lo que dice, sino cómo lo dice, caramba, y ese detalle literario es de agradecer en textos aparentemente áridos como son los ensayos o artículos literarios.
Entre la miscelánea del segundo tomo de prosa, hay unos cuentos que hacen lamentar la tacañería de Cernuda con la narrativa. El primero, El viento de la Colina, lleva el estilo de la época, juanramoniano, y en él se personaliza al viento como ser voluntarioso y satisfecho de tener un amigo, Albanio, que lo amaina y civiliza, aunque tras la desaparición de éste vuelve a ser el ventarrón que fue, dañino y salvaje. El segundo, El indolente, es un modelo de la narrativa a la que hoy llamaríamos gay, con bellos muchachos que atraen la tragedia. Respecto a El sarao, recuerda más a Valle Inclán, con guerra de por medio, doncella enamorada, muerte del amado, y coqueteo de la joven viuda con ese odiado enemigo, que tal será, pero con quien todas las damas de alcurnia alternan porque no van a hacerlo con palafreneros o destripaterrones. Para mi gusto, el mejor es En la costa de Santiniebla, una narración situada en un pueblo norteño, oscuro y neblinoso, protagonizada por intelectuales cansados y lánguidos que se enfrentan, por la confidencia de un lugareño, a los mortales corolarios de la guerra civil, con una escena final terrible, quizá de las más inspiradas escritas sobre aquél desastre que padecimos y cuyas consecuencias duraron cuarenta años. Sombras en el salón es una historia, bellamente contada, de amigos que se juntan en una vieja casa, una historia de spleen y desamor.
La obra de teatro, La familia interrumpida, parece un vodevil muy antiburgués, que recuerda en alguna situación a Lady Macbeth de Mtensk, la ópera de Schostakovitsch, aunque en ella no hay muerte pero sí burlas.
¿Cuántas lindezas pueden decirse de estos tomos, de esta prosa llena de luz y elegancia? Llena además de sorpresas, como cuando en un articulillo de 1933, habla de las "indignantes desigualdades en las que siempre resulta favorecido el estúpido", para luego exclamar "confío para esto en una revolución que el comunismo inspire", coherentemente con el espíritu de la época, ávido de cambios que debían ser violentos porque también la oposición a cualquier cambio necesario era violenta. Pero es curioso que, de todas las consecuencias de la desigualdad, que cualquier comunista ortodoxo reduciría a las económicas, ve como la más nefasta el beneficio del estúpido.
También habla, inevitablemente, de sí mismo, no sólo de teoría literaria, a pesar de todo su recato. En una especie de confesión o historial llamado Historia de un libro, La realidad y el deseo, de 1958, donde habla de la incubación de este libro de poemas, escribe unas palabras reveladoras sobre su actitud respecto a España: "Al comienzo de aquélla -la guerra civil- estuve en ignorancia de la persecución y matanza de tantos compatriotas míos (los españoles no han podido deshacerse de una obsesión secular: que dentro del territorio nacional hay enemigos a los que deben exterminar o echar del mismo), mas luego adquirí una consciencia tal de esos sucesos, que enturbiaba mi vida diaria; hasta el punto de que, fuera de mi tierra, tuve durante años cierta pesadilla recurrente: me veía allá, buscado y perseguido. Sufrir de tal sueño es cosa que, simbólicamente, me enseñó bastante respecto a mi relación subconsciente con España".
Mi recomendación de lectura de estos dos largos libros es como la del gourmet que invita a degustar tal o cual plato: por placer, porque sin llegar a la conversación casera con el tal señor Cernuda, se le acerca mucho y es terapia contra muchas opiniones sobre su aridez, su señoritismo, su envaramiento o su petulancia.