Bajo la encina - Fragmentos

por Miguel Arnas Coronado
Fragmentos de la novela Bajo la encina, de Miguel Arnas Coronado, que el Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Granada publicará a mediados del mes de noviembre del presente año. A partir de esa fecha podrá adquirirse en cualquier librería de la capital granadina.

El motivo de la novela, igual que se podría hablar de motivo musical, es el lujo y la necesidad. O quizá la lujuria entendida como algo innecesario pero imprescindible. La contraposición entre los mundos campesino y urbano, o quizá entre el mundo de la idea, siempre lujuriosa, siempre entreverada de aspectos prescindibles pero sin los cuales el humano no sería humano, y el mundo de la absoluta necesidad, comer, ir vestido, tener techado y cobijo o amparo en el seno familiar, es, más que contraposición, juego de espejos o ángulos complementarios, trama o incrustado de madera y nácar como en el taraceado. Bajo la encina es también un homenaje a Lowry, cuyo cónsul es arrastrado por la ebriedad, en tanto el protagonista de esta novela es arrastrado por la lujuria, por el afán desmedido de amar, por un idealismo patético que le hace creer en la posibilidad de una relación a tres. La encina es un árbol hermoso, cuyo fruto era útil cuando con él se criaban cerdos. Hoy, gracias a los piensos, la bellota se pudre en el suelo, y la encina es adorno, pero adorno necesario, lujo imprescindible que ni da de comer, ni abriga ni cobija, y si hace esto último es por ser la depositaria de un afecto humano sin el cual se sobreviviría pero no se viviría.


El sol restalla en la blanquísima y horizontal fachada. Las tejas soportan pacientes el peso del mediodía y del viento. Entre las piedras de la era, la humilde flor del diente de león pone una pincelada amarilla. La arranco y te la traigo, sonríes. Me cuentas de un primo, casado y con hijos, que come todos los días en casa de su madre; así, sin aparente necesidad. Quizá es esa la diferencia de nuestros abuelos, diferencia para la cual, ya lo ves, no hace falta remontarse tan atrás en el tiempo: la dependencia. "El amor", te digo," sólo puede basarse en la independencia, por eso el amor es urbano, nace allí donde nadie conoce a su vecino, donde a la familia se la visita por Navidad y donde uno lava su ropa, cocina su comida y hace su cama. O paga para que se lo hagan, me dices con media sonrisa. O paga para que se lo hagan, confirmo, sólo así el amor es tal, si no es dependencia, necesidad mutua. De todas maneras lo es, me espetas un poco a la defensiva. Además, date cuenta que en la ciudad es flor escasa, ironizas mirando el diente de león. Y flor de un día, contesto sosteniéndote la mirada, pero es la única posibilidad: si plantas tomates en este secarral no crecerán, deberás regarlos o buscar una tierra mejor y más húmeda. Eres un idealista", te ríes. "Soy un idealista".

El viento mueve billones de hojas; ulula en los oídos, pero el murmullo procede del olivar entero; ni el mosconeo se oye ya, es el viento quien lo arrebata todo. ¿Quién acaba con los amores?, ¿la necesidad o el tiempo?, ambos dos, contesta en apariencia la encina. El bisbiseo de sus hojas tiene otro matiz que el del olivar, más áspero, menos estridente. Ni el viento es tan recio ni la encina tan alta para que chirríe su tronco, para hacer tambalear al corpulento chaparro, demasiado cercanos tocón y copa, demasiado uno. De ser álamo podría sentir al tacto su vibración, pero éste, rugoso, no refleja sino su imperceptible savia, su vida. Y si es el tiempo, ¿cuánto se precisa?, ¿a partir de qué momento comenzará el declive, en qué instante veré transmutado en ternura, cotidianidad o apoyo mutuo mi amor por ti? No te falta razón al decir que soy idealista. Los ideales anhelan siempre adelantarse al tiempo y lo que ocurre nos deja impávidos, sorprendidos; sólo después cavilamos en ello.

El cortijo ha quedado vacío, solos tú y yo. Es la tranquilidad, tal vez por eso puedo escribir estas reflexiones; o rememoraciones, ¿quién sabe? Sentado en el salón decorado por un mueble aparador desvencijado, un tresillo resto de cualquier nuevo acomodo, sillas de anea propias del ajuar campesino de hace décadas, láminas ramplonas y arrugadas, vigas pintadas de un color más pardo que el suelo de losas de barro, a las que se mantiene brillantes y oscuras a base de gasoil, aceite de oliva, jabón de sosa y vinagre, sentado en el salón al que decora esta chimenea absurdamente blanca, inutilizada ahora aunque sirvió en tiempos para calentarlo, y vagamente iluminado por una lámpara pensada para desvelar partidas de dominó o cartas en la perezosa media hora entre la puesta de sol, la cena y la cama, mas no adecuada para escritura ni lectura alguna, sentado en este salón y cerrada la noche, cando el cuaderno y abandono la estancia a los ratones.

Aquel fue un año duro. Tu madre había fallecido meses atrás. Tu padre quedó solo, si es posible quedar solo entre cinco hijos, tres varones y dos hembras, solteros y cuarentones, viviendo en la casa del padre, e incomparablemente más fieles que el perro Sultán a su portalón. Le juraste a tu madre que acudirías a ver a papá. En cualquier otra familia, esto hubiera significado una cierta asiduidad en las visitas; en la tuya era viajar al pueblo de viernes tarde a domingo noche. Los tres, en un principio, luego tú y el niño, por fin tú sola, dado que el niño, incapaz de soportar la guardería, e incapaces nosotros de sobrellevar sus tristezas, quedó a vivir allí, con tus hermanas, a sesenta kilómetros de casa. Yo iba el domingo, para recogerte y ver a nuestro hijo; a veces nos escapábamos entre semana si pillaba anginas o payuelas. No se salía sino a la compra y a Misa. Tu padre solía levantarse antes de la amanecida, abría las puertas de los dormitorios y pasaba revista al pleno de sus vástagos con una lágrima por su mujer y otra de orgullo. La vieja rutina del labrador. Los hijos perpetúan la cosecha y el cuidado. Tuvo suerte: murió año y medio después como una vela en su candelabro, entre sus hijos y el rumor del pueblo ante la puerta; en ningún momento fue consciente de que se moría, sólo estaba grave. Su pánico campesino a morir desamparado de sus hijos era tan infundado como el terror galo a la caída del cielo sobre sus cabezas, y sin embargo siempre lo tuvo. Tu madre, por contra, murió antes de su hora y en un ay. La vida es tan azarosa que nos vemos obligados a inventar un sentido falaz. Aquel año fue duro. Me sentí abandonado; sin razón, pero abandonado. En el ínterin era grato charlar con ella. Consciente e inconscientemente a la vez fui cayendo en la tela de araña de las conversaciones tras las clases y ante un par de cervezas. Literatura, sociedad y vida iban pasando sin ser la plática interrumpida o tachonada de cotidianidades: no habían cuestiones personales que espinaran chácharas.

Alrededor de la era, convertida en inútil por las cosechadoras, mis cuñadas han plantado diversos árboles que riegan y podan solícitamente. Aún no dan sombra pero la prometen. Un par de palmeras, un abeto conseguido Dios sabe cómo, tres moreras que todavía no se alzan sino lo que un muchachito de diez años, dos álamos enhiestos como mozos vigilantes y una lila, extravagancia húmeda en el secarral. Otra extravagancia destaca aún, tanto como lo haría un abedul en el trópico: a un lado, justo sobre el ribazo que separa la era grande de la era chica, en un hoyo siempre oscuro por el agua de riego y la tierra de labor mezclada con estiércol caprino, un galán de noche dispara sus ramas coronadas de flores amarillas como un fuego artificial; algunas de ellas alcanzan mi altura, otras, más bajas, redondean el arbusto, y las últimas, largas y rozando el suelo, conforman un amplio redondel. Él solo es ya un jardín. A esta altura del año, las ramas conservan escasas hojas agrupadas en los extremos. Las florecillas, diminutas, alargadas y en racimo, de un amarillo pálido y feo, atraen, amén de por el aroma, por el cambio de aspecto que sufren entre el día y la noche: entre las diez de la mañana y la puesta de sol parecen pequeños glandes simiescos, en tanto de noche abren sus cinco pétalos párvulos y emanan un olor capaz de embriagar a una legión entera. Sentarnos junto a él, de cara a las estrellas, abrazados y dejándonos arrebatar por el perfume dulzón y exclusivista, es estar ante lo ineluctable, es girar con el mundo y brotar y agostarse sin conciencia. Su nombre es galán de noche. Consulto una vieja enciclopedia comprada por tu padre en tiempos de desahogo a cualquier viajante inculto y casposo. Viene de Cuba, dice; cestrum es su nombre latino, tal vez los romanos conocieron la isla. Nada de eso aporta nada. Su realidad es demasiado rotunda para reducirla. En cambio, esa forma diurna y cerrada de sus flores sí es evocadora: puede que a ella se deba el nombre de galán, aunque de noche se feminice. Hay referencias mentales que, como un vetusto tabú, condicionan las reacciones dejando en mero ensayo cualquier amago de voluntad. Nuestras celdillas cerebrales reciben y expelen sin razonamiento. ¿Cuál es el tope social de tales reacciones? El acuerdo. El unísono en el giro, los labios que se encuentran, las pieles saludándose.

Te la presenté en un bar. Salíamos de clase y le propuse tomar una cerveza en el mismo lugar de mi cita contigo, así podría conocerte. Nuestra ciudad es árida para las amistades. Puede uno beber con un sinfín de gentes, o parlotear de intrascendencias durante aburridísimas noches, pero es difícil hallar amigos. Por eso te la presenté, podía ser deleitoso trabar relación, no ya con ella, sino con su grupo de amigos, jóvenes inquietos, poetas o aficionados a la escena. Tú apenas necesitas amistades, tu precisión de afecto, respaldo o consejo queda cubierto por la familia; por contra, a mí sí me urge la charla con amigos. Si lees esto me reprenderás: "tanto es así que idealizas la amistad, mientras la familia representa poco para ti". Es cierto. ¿Recubrimos de ideales nuestros deseos o afectos, o los deseos se encarrilan según los ideales sean éstos o aquellos? Volvamos al tema. Ella no te gustó. Tu comentario inmediato fue respecto a su juventud, no era tan niña sino mujer del todo. Más tarde declaraste que ya desde ese primer encuentro te pareció egoísta, una de esas aprovechadas que sonsacan cervezas o apuntes sin compensación. Supongo que entendías por compensación invitar a su vez. Yo lo vi bajo otro aspecto: ella, una estudiante, carecía de recursos para pagar rondas. Seguramente tenías razón como es habitual: siempre hizo gesto de pagar la suya, no ambas, y cuando le ofrecí hacer juntos el trabajo final de la asignatura en la que coincidíamos, arguyendo falta de tiempo dejó que lo acabara yo solo. Empero, las cosas no acostumbran a ser sencillas. En ese final de curso se le complicaron lo bastante para justificar el descuido, pero de eso hablaré más tarde.

Orino la base de la encina. Frecuentemente, los animales marcan el terreno con su olor. La tierra, aún ávida, absorbe mi líquido excedente. Ya no es mío, como no son míos los recortes de uñas, los pelos cortados o los excrementos. Tampoco mi cuerpo me pertenecerá, ni esta tierra: el hombre no marca terrenos, ni con efluvios ni con escrituras. Aun cuando diga: "esta tierra es mía", deberá añadir: "mientras viva". Tampoco lo es de las familias, ellas sólo se poseen a sí mismas. La prueba es que la tierra seguirá ahí cuando ellas desaparezcan. Me gustará ser enterrado aquí, bajo la encina, no para poseerla sino para ser poseído por ella. Ignoro si tú o tus hermanos, incluso nuestro hijo, tomaréis a pechos mi deseo de reposar bajo este árbol. Ignoro si esta tierra pertenecerá a la familia cuando la vida me diga: es suficiente. Creo que para tal ocasión me será indiferente la realidad o el deseo. De un muerto ya no puede decirse: es él. No somos trascendentes. Del humano es trascendente, y aun durante corto tiempo, su obra común. Tal vez por eso el individuo aspira a tener máxima felicidad y mínimo dolor, aunque para ello deba pensar en comunidades. Es el precio de la supervivencia.

El hombre no es racional. Puede que sea animal político ya que la convivencia es nuestra defensa, pero no racional, aunque individuos aislados en momentos aislados hayan sido racionales. Mas, al igual que un esporádico ejercicio antropofágico, prehistórico o de moderna necesidad suprema, no conduce a calificar al humano de homófago, de efímeros fogonazos de racionalidad no debemos colegir la racionalidad general. El hombre es animal atávico. El gesto, la idea arraigada que le permite ser animal político, puede ser útil pero raramente racional. Nada hay más irracional que la propiedad y, sin embargo, ¿qué es de nosotros en su carencia? Lo ineluctable carece de razón: es. Sólo lo versátil usa de la racionalidad, y la usa para justificar atavismos irracionales en nombre de una convivencia cuyas lacras ya conocemos y en defensa de unos ideales cuyos posibles beneficios nos aterrorizan. Te diré algo, ahora que puedo en la familiaridad clandestina de estas páginas: la charla, si es entrañable, aunque infrecuentemente lo sea, es un acto desmesuradamente más íntimo que el amor, o para ser más claros, que el coito. Aquel atavismo de no permitir a las casadas hablar con varón desconocido, o de no hacerlo a solas con conocido, era mucho más racional que los usos modernos. Lo que tenía de atávico, por contra, es la ausencia de prohibición gemela a los varones, y la falta de permisividad en el coito como contraprestación.

Los amoríos entre personas distanciadas por la edad tienen un no sé qué de vampirismo. Se vampirizan mutuamente: el joven chupa experiencia, cautela, se adelanta en viveza a otros jóvenes de su generación gracias al contagio; el viejo succiona de la yugular contraria la savia revitalizadora, el espejismo. Hay en tal relación, por espiritual que sea, mucho de sensual; basta un prudente o descuidado contacto epidérmico para que se dispare, porque el maduro, como la sanguijuela, succiona justamente por esa vía: la epidermis. No llegó a suceder eso entre ella y yo. Nunca. ¿Las causas?, quién sabe, las causas son complejas, como de costumbre. Timidez por mi parte, aquello que en otro pudiera ser autocontrol y en mí es pánico; pareja mi actitud a la de esta tierra maleada por años de sequía y que acaba dando frutos mezquinos. Por la suya creo, o temo, hubo precaución, buen sentido. ¿Se puede creer que el sentido común es sano y deseable en todo momento? Asimismo recelo que hubo indiferencia, no a mi compañía, al vampirismo ejercido, sino a mi persona como conjunto y presencia física. Luego, cuando por fin testimonié, hubo rencor, rencor ante aquello que está fuera de su sitio y, para colmo, carece de elegancia, rencor hacia el que actúa cobardemente o lo parece. El viento, siempre exagerado, sacude el coche; escribo sentado en él junto a mi encina, fuera no hay donde parar. Ese dolor que el viento inflige a los árboles actuando de podador titánico, es un dolor agradecido. Tú la acusaste muchas veces de jugar conmigo, de mantenerme en vilo cuando ella misma sabía, primero lo que iba a ocurrir, y después que nunca iba a entregárseme: tal vez ese dolor que ella me inflige sea tan necesario como el del viento: podar un deseo malsano, ponerme en mi sitio. Deseo malsano que, no por quedarse en fracaso veo como injusto, vicioso o inconveniente. Quizá ella también sienta ese impulso de repulsión-atracción ante el vampiro. Tal vez mañana la tropiece en una calle o en una exposición y sucumba al fin a esa necesidad de epidermis que rodea al vampirismo. Sólo que hasta ahora no ha sido así y tú no has querido creerlo.

El tiempo es una maldición. Las cosas ocurren y, con el paso de ese maldito, devienen recuerdos. Mas cuando aspectos o detalles de ellas retornan, su impacto es como una lesión amnésica a la inversa, como un bucle del tiempo; bucle doloroso pues lo esperable de las cosas es que pasen. Hoy, meses después de la última discusión contigo, la hemos cruzado en la calle. Me preguntabas en ese momento por las obras en una plaza siempre vallada. "No sé, no tengo ni idea", te he contestado observando por el rabillo del ojo su gesto indeciso en si saludarnos o no. No me atrevo a preguntarte si has reparado en ella o no. ¿Cómo se actúa en esos casos? Hay sucesos o instantes para los que nadie nos ha dado norma clara de comportamiento, nadie nos dio baliza ni proís donde amarrar. La he visto antes de que ninguno de los tres se percatara de la presencia del otro; siempre te sonreíste, entre malévola y comprensiva, ante mi facilidad para avistar cualquier muchacha atractiva que se cruce en mi rumbo." La diferencia entre los otros y tú", me dijiste no hace mucho, "aparte de la habilidad, es que lo reconoces y reivindicas". Al verla he temblado, primero porque parece ser mi sino tropezarla recién inaugurada la primavera, cuando más lacerante resulta su visión, segundo porque después de rastrear inútilmente calles y actos públicos con la ilusión de coincidir con ella, ilusión convertida en alivio al cerciorarme de su ausencia, la veo cuando es imposible abordarla. De inmediato dirijo la mirada a otro lado, hacia una pareja de municipales o al kiosco de revistas, quizás hacia otra muchacha tan o más encantadora. Tu pregunta en torno a la redundante obra es en parte tabla de salvación mental, y en parte perro sucio que salta en el regazo. Comprobar de reojo, no su identidad, de ésta tengo la certeza de una radio con selector automático para reconocer una sintonía, sino su titubeo, la instantánea interrupción de su paso, la mirada oscilante entre tu persona y la mía, como para asegurarse, y al fin su paso tras de mí (no estamos a más de un metro), es una eternidad almenada de cuatro palabras: mi contestación a tu pregunta intrascendente. No has debido reconocerla, han pasado cuatro años desde aquel cocido. Los pueblos, las pequeñas ciudades son una maldición: los reencuentros son inevitables. ¡Cuánto mejor el desierto!, el hastío reduce en él el motivo de tentación a uno mismo: así fue con san Antonio. El bienestar genera hastío: desentendido de lo necesario, acaba uno preocupado por lo superfluo. También la gran ciudad es desértica; también ella, la conozco, es una maldición.

El indígena que en la selva se pinta la cara para cazar o con fines ceremoniales cae, y él lo sabe, en el lujo. El siusi o el yanomami, como el europeo o el japonés, no puede pasar sin comer, pero puede pasar sin adornarse, sólo que también él sabe que sin tal adorno, la caza o la ceremonia no serán efectivas, tal vez su acicalamiento no sea sino una muestra de respeto y aprecio hacia el animal capturado. ¿Para cuándo en nosotros, seres civilizados, la delineación precisa de esa línea divisoria entre lo necesario y el lujo? ¿Tiene el oriental más delimitados esos campos, conoce el budista con exactitud la vacuidad o necesidad de sus actos?: tal es su desconocimiento que olvida a menudo la única voluntad excusable e imprescindible: la supervivencia, y desdeña el alimento. Quizás olvido yo ahora que para ellos vivir no es preciso por ingrato: la liberación está en la nada. Entonces, si sólo lo grato es preciso, ¿será el lujo la mayor necesidad del humano?, ¿o, sencillamente, ni lo grato ni lo preciso se dan en la vida real? Todas estas lucubraciones no conducen hacia respuestas sino hacia preguntas. La lujuria o el lujo son condicionantes humanos como lo son el pensar, los pulmones o la habilidad manual. Bajo la encina hay ahora un manto de jaramagos: son la delicia de las ovejas que no evitan desviarse del camino para pacerlos a solaz. "Aquí", me asegura mi cuñado, "a este jaramago fino y de flor diminuta, le llaman carretón": es nombre demasiado brusco para flor tan delicada. Si algún fundamentalista de la ecología afirma que en la naturaleza todo es necesario, con su misma fe le diré: mientes.