He aquí dos voces serenas y profundas que emergen en el panorama de la joven poesía española: Goretti Ramírez (1971) y Francisco León (1970). Ambos pertenecientes al interesante grupo de Tenerife que creo la revista Paradiso, en 1993, cuyos poemas recogió Andrés Sánchez Robayna en la antología Paradiso, siete poetas, (Sintaxis, La Laguna 1994), libro clave para los interesados en la verdadera poesía. Goretti Ramírez ha publicado un libro, El lugar (Ediciones Paradiso, La laguna, 2000). Francisco León Cartografía (Calima, Palma de Mallorca 1999) y Tiempo entero (Calima, Palma de Mallorca, 2002). Este último es coautor, con Alejandro Krawietz de la antología La otra joven poesía española (Igitur, Montblanc, 2003).
Goretti Ramírez
de Poética (Fragmentos)
El poema es una huella en el itinerario hacia el conocimiento. Explora el enigma de lo no visible, atisbado apenas por un instante tras el rostro del mundo. Así lo vieron los griegos, las tradiciones gnósticas, los poetas esotéricos medievales, los romanticos alemanes o una parte de los poetas españoles de comienzos del siglo XX, entre otros. La poesía es, en primer lugar, gnosis.
Sin embargo, el conocimiento que persigue mi poesía no es exactamente el mismo conocimiento de lo diáfano griego o de lo sublime romántico. No concibo la palabra como una meta asentada en terreno seguro, un ente unitario y absoluto, homogéneo, un artefacto total y eterno, cristalizado, inmóvil figura de sal; sino más bien como una red de entrelazados sentidos, de infinitos estratos, fluida, deslizante, fugaz, inacabada, heterogénea, que se bifurca constantemente como las raíces triláteras de la poesía sufi o el rizoma deleuziano. Más allá de la casa del ser heideggeriana, me inclino por la idea de una palabra que dé cuenta del desamparo del ser en un lugar del que nada sabemos. Escribir es estar en un desierto o en un exilio, abrir senderos en la palabra nunca antes pisados [...] El conocimiento que persigue la poesía es siempre oscuro, sesgado, incierto, enigmático, inagotable, abierto, como toda realidad y como todo conocimiento. Escribir un poema requiere, en suma, la humildad y el vaciado interior de quien inicia cualquier aprendizaje o iniciación. En esa arriesgada estela del no saber quisiera insertar mi poesía.
Desde estas coordenadas, cada uno de mis poemas aspira a recoger acaso un solo instante del vértigo del mundo.[...] Aspiro a una poesía densa, contenida, encauzada en la medida exacta del verso. Una palabra recortada: mínima y austera, aunque sin llegar a lo coloquial o a lo minimalista despojado de todo contenido simbólico. Y más que la escucha de una música elevada, escribir es para mi hacer un silencio que me permita oír una apenas perceptible música interior.
[...] Ese lugar entre el ser y el no-ser, que ya dio título a mi primer libro de poemas, es para mi un espacio aún por conocer. [...] Sé que por ese sendero hacia lo hondo he de continuar descendiendo, aunque no sé hacia dónde se dirige la poesía. En cualquier caso, siempre he tenido la impresión de que el árbol de mi poesía crece raíces abajo y no hacia el fasto alto de la fronda. La poesía es una actividad medular, pero nos conduce siempre hacia los márgenes.
Julio-agosto, 2001

Goretti Ramírez
Selección de poemas pertenecientes al libro El Lugar
Había quedado dormida en la lectura: el libro egipcio de los muertos, cuando vi. el resplandor en las aguas del sueño. Era la barca, descendiendo lenta. El barquero no remaba, sólo sostenía en alto una lámpara de aceite.
La barca
Iluminada, en las aguas
oscuras era una llama
que allí flotara, la barca.
Afuera descendía la barca, en lo oscuro. Pude distinguirla porque una llama leve ardía en ella: me pregunté por el sentido de esa llama descendiendo las aguas. Luego encendí la lámpara de aceite para continuar leyendo el libro de los muertos, y entonces noté un balanceo. Me asomé de nuevo a la ventana y vi una casa iluminada descendiendo las aguas nocturnas.
En el oscuro descenso
sobre las aguas el cuerpo
sintió un leve balanceo,
en el viaje de la muerte.
Me asomé a las aguas desde la barca, para contemplar el reflejo de mi rostro. Entonces vi el pez. Pensé: debe de haber una relación que desconozco entre el cuerpo de un pez y mi rostro, pues por un instante he visto como ambas imágenes eran una sola. Pero al lanzar la red a las aguas, pez y rostro huyeron al fondo.
El pez era un ojo en el rostro de las aguas. Y así, cuando me asomaba desde la barca, el pez y yo nos mirábamos con el mismo ojo. (otras veces el pez era una llama.)
Supe que allí estaba el pez porque al detener la barca oí su respiración oscura: las branquias. Debía de estar muy quieto en el fondo, pensé. Pescare. De mi túnica extraje poco a poco un hilo con el que tejí una red. Luego la extendí en las aguas y pesqué el pez. Cuando lo toma en mi mano, aun pude oír un momento su respiración oscura (las branquias). Era duro, soltaba una espuma blanca por la boca.
Me desnudé y baje a las aguas, para el baño. Basto con sumergir mi cuerpo para que apareciera el pez. Quise atraparlo pero era ágil, alargado. Entonces empezamos a nadar juntos. (Yo también era ágil.) Nadamos en circulo bastante tiempo. A veces el pez nadaba delante de mi, y a veces detrás. Otras veces entraba hondo en mi cuerpo y salía de el como deslizándose, y yo respiraba rítmicamente cada vez que entraba y salía y en cada uno de los dos momentos de mi respiración me abría y cerraba coincidiendo también con su entrada y su salida de mi cuerpo. Finalmente el pez nado lejos. Mi sangre tiñió de rojo las aguas.
El pliegue oscuro por donde
se abría mi cuerpo tenso
a las letras que se hundían
escribiendo su blancura.
Descendía el pez del légamo
hacia el centro o lo profundo
de mi cuerpo, o su vacío.
En lo oscuro, más adentro,
era yo quien descendía
adónde...
Tejí una red para atrapar los sueños. La colgué sobre la cama como un mosquitero, pero extendida en forma de pirámide. después me puse bajo la red y dormí.
En la barca que descendía adónde encendí una llama, en lo oscuro. En la llama ardió el pez. Luego esparcí sobre las aguas las cenizas del pez muerto, sus cenizas blancas.
Desperté súbitamente, mi cuerpo en llamas. Había tenido extraños sueños durante toda la noche. Acaso en uno de ellos, la lámpara de aceite volcó sobre la cama. (Ahora también ardía.)
Salí de la casa. Bajé a las aguas.
Francisco León
de Poética (Fragmentos)
Emprender un viaje, el más arduo: la escritura requiere, hoy, encender, iluminar con un tizón la caverna de los sentidos. Ese límite donde la realidad de los nombres se vuelve vida de los nombres. La forma más austera del ser: su despojamiento. Justamente es esa la vida que hemos dejado de vivir.
[...]
Hay una palabra que posee calidad de impronunciable.
Hacia ella encauzo mi escritura, y mi escritura me contiene: yo guardo esa palabra que desconozco, que se ausenta en mí para animarme en la escritura y un día pronunciarla.
Un par de días después de redactar esta nota, encuentro, en el curso de una lectura, este pensamiento de Novalis: "¿Y si esa pulsión de habla, de hablar, fuese el signo distintivo de la intervención del lenguaje en mi? ¿Y si mi voluntad hubiera querido solo aquello que yo debía querer, de modo que al final todo eso, sin que yo lo sepa ni lo crea, es poesía, y se vuelve comprensible un misterio del lenguaje? Un escritor es una persona animada por el lenguaje (Sprachbegeisterer)"
[...]
La escritura me exige vivir, convivir, sobrevivir. De manera que esta frase de Wittgenstein cobra para mí resonancias exactas: "Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida".

Francisco León
Selección de poemas pertenecientes al libro Tiempo entero
Huertas vacías, desventuradas, surcos blancos antes de la ignición de la noche. Tosca ardiente bajo el pie desnudo. Sed de la rama al sol. Silencio invisible custodiando la tierra, claridad sin vida de la tierra mortuoria junto al mar, inmóvil duración antes de todo sacrificio.
Así amanece el día lentamente,
por los ciegos escombros del hastío
y despiertan los hombres
de los lagos serenos de sus sueños.
Así amanece el alba fría entre la niebla
y llega la mañana hasta la carne de los cuerpos,
esta mañana herida como un pájaro,
que envuelve el mundo con sus alas
de ansiosa luz. Esta mañana herida
como un pájaro que a todos nos entrega
este remedo trivial, este cansancio
mil veces inferior a la existencia.
"No importa irse. Irse vale quizá como quedarse. Quizá más."
J. R. Jimenez
Un día todo volverá a ser completo y justo.
Un día, amigo, la perfección será medida
con la brizna de hierba, con la sombra
del pájaro pequeño. Un día,
cuando el alba nos llame con sus rayos primeros,
y tú y yo al fin nos levantemos
de las ondas corrientes de los ríos,
de las extremas lapidas del sueño,
un día en su mañana,
la perfección de toda cosa
será anunciada en la transparencia misma de lo simple.
El orden
Desde las olas del mar llega el orden. Allí descansa la tarde de los mundos, en la visión del cielo de verano. Desde los pulsos del mar, en esta tarde clara y sola, ante el borde suspendido frente a acantilados negros, las olas dictan el orden, el orden contemplado en los espacios sucesivos. Allí descansará la tarde clara de los mundos, visión del cielo de verano, donde abreva el liquido rojo del orden el ciervo invisible de los cielos.
Flor
Que olor me estas diciendo, flor, que olor del mundo me estas diciendo desde tu ramo abierto en la avenida. Estas cayendo por tu luz hasta tocarte en lo profundo transparente de esta hora. Estas cayendo, flor, por tu luz, en la corriente de ceniza perfecta de ti misma. Que olor me estas diciendo en la avenida sola, por encima del mar tuyo que no cesa. Que olor me estas diciendo que no cesa, para que yo despierte, flor, para que yo despierte y levante los ojos de esta tierra, de la vigilia indetenible en que soñaba.
Colina de los pájaros
Hay ramajes tendidos
al sol, sobre los muros desdentados.
Aun el sendero
sembrado de guijarros
llevará por el tiempo hasta los cuartos
en la colina, ardiente al medio día.
Las zarzas encendidas y el espliego,
los geranios silvestres el rojo
soberbio de sus flores
cubren la casa y los jardines.
Hay una fuente junto al patio
labrada en tosca piedra.
hasta allí, por septiembre,
retornan en bandadas los gorriones
para beber los signos de la tierra
y entregarlos al fuego del verano.
Es un lugar ya casi olvidado por todos
¿recordaran mis primos
algo de nuestros juegos en las ruinas,
entre lagartos y alacranes?
regreso al lugar. Cruzo
pensando, los sembrados secos.
Rozo al pasar las flores de un adelfo
que caen como rescoldos
sobre la hipnosis del sol y de la tierra.
Regreso, con los pájaros,
para ver nuestros rostros,
para vernos- sus cantos
irrumpen en el vaho de mi mente:
veo la casa, nuestras sombras
vibrar al sol, sobre los muros
de dorado silencio.
Cae brillante la tarde entre sus ramas.
Regreso con los pájaros,
a la extensión perpetua del comienzo.

Clara Janés y Francisco León