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Once Elegías (La última cena) - Nichita Stanescu
Presentación de Damian Necula, traducción del rumano Ionana Zlotescu y José María Bermejo

 

 

 

LIBROS DE ORIENTE
Y DEL MEDITERRÁNEO

 

 

 

 

Nichita Stanescu (Ploiesti, 1933- Bucarest 1983) es, junto a Mihail Eminescu, Eugen Ionesco y Tristan Tzara, uno de los grandes nombres de la literatura rumana. La riqueza de su obra, entre la que destacan los títulos Rojo vertical, Épica magna, Las obras imperfectas y Nudos y signos, además de Once elegías que aquí presentamos, le valieron, a pesar del aislamiento que padeció en su país, un amplísimo reconocimiento internacional (premios Herder y Struga en 1976 y 1982, respectivamente).

(de la "Presentación" de Damian Necula)

 

Quinta elegía

La tentación de lo real



No me enfadé jamás con las manzanas

porque fueran manzanas, ni con las hojas porque fueran hojas,

ni con la sombra porque fuera sombra, ni con los pájaros

porque fueran pájaros.


Pero manzanas, hojas, sombras, pájaros

se enfadaron de pronto conmigo.

Heme conducido ante el tribunal de las hojas,

ante el tribunal de las sombras, de las manzanas, de los pájaros, tribunales redondos, tribunales aéreos,

tribunales tenues, refrescantes.

Heme condenado por el no saber,

por el tedio, por la intranquilidad,

por la inmovilidad.

Sentencias redactadas en el idioma de las pepitas.

Actas de acusación selladas

con vísceras de pájaro,

refrescantes penitencias grises decididas para mí.

Estoy de pie, con la cabeza descubierta,

trato de descifrar lo que se merece

mi ignorancia…

y no puedo, no puedo descifrar

nada,

y este estado de espíritu, él mismo

se enfada conmigo

y me condena, indescifrable,

a una perpetua espera,

a una concentración de los significados en sí mismos,

hasta que adopte la forma de las manzanas, de las hojas,

de las sombras,

de los pájaros.

 

 

de Undécima elegía

VI



Heme

permaneciendo en lo que soy,

con banderas de soledad, con escudos de frío,

atrás, hacia mí mismo corro,

arrancándome de todas partes,

arrancándome de mi delante,

de mi atrás, de la derecha, y

de la izquierda, de mi arriba, y

de mi abajo, partiendo

desde todas partes y regalando

a todas partes signos del recuerdo:

del cielo - estrellas,

de la tierra - aire,

de las sombras - ramas con sus hojas puestas.

 

 

 

OPINIONES

 

Atento a las transformaciones acontecidas en la poesía europea, Stanescu intentará un posible enriquecimiento del lenguaje, según lo requerido por la nueva relación entre el yo poético y la escritura por un lado, y entre la escritura y lo real por otro. […]

A la conciencia del exilio del yo de lo real, se arrima en Stanescu la aceptación de esta distancia oscilante entre el deseo de abandonar la palabra (el término clave de la "Sexta elegía" será "afasia"), palabra que asume toda una serie de metáforas despectivas, que quema y marchita, que desincorpora y no se incorpora, a la lúcida conciencia de no poder vivir sino en lo simbólico. La grave escisión entre palabra, real y escritura será el meollo en torno al que giren las Once elegías. […]

Al final de este "cuadro" de lectura de las elegías de Stanescu, sigue la pregunta sobre el "lugar vacío" hacia el que la palabra inevitablemente se dirige en su apartamiento de lo real, y la dimensión trágica del yo hablante es casi rescatada frente a lo que podemos definir como la inútil espera de respuesta.


Marin Micu (del prólogo a N. Stanhescu, Undici elegie, Libri Scheiwiller, Milán, 1987)

 

 

Stanescu es casi un milagro. Lo es su decir a la vez elevado, valeroso y cercano. Y lo es sobre todo su forma de hacer, como si cada una de sus palabras tuviese un blanco preciso, único y profundo. En suma, uno de esos poetas que nos reconcilian con el lenguaje, que nos hace pensar que aún se puede salir en él a traernos de nuevo todo aquello que la comodidad nos fue robando. […]

Todo está cerca para él, y ahí es donde lo quiere, ahí: donde de puro cerca se vuelve lo vivido incomprensible. Porque en el fondo se trata de un poeta de la soledad, de la dulce soledad de quien comparte sin entrometerse, de quien se sabe ahí a salvo de las pérdidas que aguardan a quien se construye su ahí.

Ioana Zlotescu y José María Bermejo son responsables de una traducción que suena más que convincentemente, como si por milagro nada de la potencia poética del lenguaje de Stanescu se hubiese perdido en su traslado a otro idioma. Un motivo más para no dejar de leer ese libro, uno de los más hermosos libros (tengo que decirlo) que este crítico ha leído en mucho tiempo.


Juan Carlos Suñén, ABC, 3 de marzo de 2001

 

 

"Rebosa la habitación por las ventanas/ y ya no puedo retenerla más en mis ojos abiertos." La fuerza incontenible que mueve la marea de esta visión es la materia misma de la poesía de Nichita Stanescu. Metamorfosis que remite a un origen permanente. "Me mezclo con los objetos hasta la sangre,/ para detenerlos en su arranque,/ pero ellos golpean los alféizares y continúan corriendo hacia/ más lejos todavía/ hacia otra era." Palabras también de sangre, siempre recién nacidas. El poeta corta el cordón umbilical, la palabra se independiza de la carne, fluye con la belleza de la experiencia más profunda, la del nacimiento de la verdadera poesía.

Menchu Gutiérrez

 

 

Nichita Stanescu, Once elegías. En sus páginas, las existencias y las pasiones pugnan, incomprensibles y puras, hasta que una palabra, por primera vez significativa, las torna evidentes. Y lo evidente avanza, siempre una vez más, hacia existencias, hacia materias en las que se generarán nuevos incomprensibles y nuevos símbolos capaces de revelación.


Antonio Gamoneda



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