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Paul Celan, obras completas
Miguel Arnas
Cuando Borges escribió el Libro de arena, cuento que da nombre a uno de sus tomos, habló de la posesión de un libro que no tiene fin, de un libro que cada vez que se abre, cambia. No es así, por supuesto, este del que ahora me ocupo, pero sí me ha sucedido abrirlo y, aun en la conciencia de haber leído ya un poema, encontrarle cosas nuevas, sabores nuevos que no sentí en otra lectura. Libro rico es el que produce semejante sensación. Borges puso en el lomo de su Libro de arena, además de su procedencia, Bombay, ciudad infinita, Holy write, Sagrada escritura, y eso es la obra completa de Celan: no en vano, Celan, Paul Antschel, era judío, y la hebrea es cultura del Libro, de la sempiterna discusión sobre el Libro, de la trascendencia de la Letra. Y abundando en ese tema hebraico de Celan, me van a permitir una digresión muy en esa línea. Celan cambió su nombre de Antschel al conocido, quizá por necesidad (malos tiempos para la lírica y para los judíos), quizá por falta de simpatía hacia su padre, mientras derrochaba amor y admiración por su madre, quizá por juego, pues empezó a firmarse Celan ya en 1947, en su Czernowitz natal, que pertenecía entonces a la Rumania ocupada por los rusos (y él sabía que los "del Régimen" no se andaban con chiquitas por un simple apellido, sino por cosas más serias como una mísera opinión o una altiva inutilidad social). Se me ocurrió buscar palabras semejantes a ese alias, muy al estilo de cómo se hace en la Cábala, y me encontré con dos: selhán (aspírese la hache), que significa mesa o banco, y sil.lah, verbo que indica despreciar o repudiar. Selhán eborah es mesa de trabajo, pero también de culto, ara de adoración, y es evidente en qué convirtió Celan a la lengua alemana en sus poemas, es decir en qué se convirtió él mismo: trabajo y fervor, culto y misión. Respecto al verbo, voy a evocar aquí a uno de sus presuntos enemigos: Ernst Jünger, que fue capitán censor en París, y después profesó de longevo y continuó ejerciendo de escritor. El autor de El Trabajador decía que se puede matar a un hombre pero no quitarle su dignidad. Y eso fue precisamente lo que el régimen con el cual él colaboró y al que intentó, con otros (entre ellos su admirado amigo von Stülpnagel), dinamitar en el cuartel general de Hitler el 20 de mayo del 44, hizo con los judíos: no sólo matarlos, sino despreciarlos, repudiarlos. ¿Cómo, si no es considerándolo infrapersona, se puede gasear, torturar a una persona?. Y ese es uno de los temas recurrentes en la poética de Celan. Hay una tercera palabra que, tal vez, sea la que más se acerca en hebreo al seudónimo del poeta: zal.lán, que significa glotón, voraz. Voraz lo fue, de palabras. Y glotón me hace pensar en un pájaro que para alimentar a sus polluelos regurgita su comida. Nosotros somos esos polluelos. Con todo, para emitir un juicio en ese sentido habría que ser filólogo hebreo o cabalista. Yo sólo apunto y disparo. Dejémonos de lucubraciones: esto es una reseña, no una divagación. Con el libro puede disfrutarse de un excelente prólogo a cargo de Carlos Ortega donde se da cuenta somera de la biografía del poeta, aunque para quien desee más detalles es recomendable tomar el libro de Felstiner. La inclusión de sus textos en prosa, desde los discursos hasta Diálogo en la montaña, sus fragmentos de Contraluz, que más pueden verse como cuentos ultracortos (hay 17) que como aforismos, o el interesantísimo Meridiano, donde agradece la concesión del premio Büchner enarbolando su poética, son tan de agradecer como sus poemas. Para colmo, tiene el detalle más grande que un libro de poesía traducida pueda tener para un lector: su versión original. Las notas son tan imprescindibles que a veces se echa en falta mayor extensión sobre algunas polisemias, los juegos de palabras y toda la riqueza retórica o simbólica de Celan, pero es preciso comprender que si el traductor se hubiera extendido en ello se habrían necesitado unos cuantos tomos más para esta edición. Además, siempre queda para la comprensión cabal de sus poemas lo dicho por el mismo Celan a cierta persona que se le acercó pidiéndole explicación sobre uno de ellos: "Siga leyendo. Basta con leer y releer, y el sentido aparecerá por sí solo", dicen que dijo. Este es otro asunto del que se ha hablado demasiado: la oscuridad de sus versos. ¿Nos gustará justamente por esa oscuridad?, quizá entonces debería gustarnos más Heráclito que Platón. ¿Es la dificultad un obstáculo?. Si es usted capaz de explicarme con idéntica fuerza de convicción y razonamiento su amor por Fulano o por Mengana que la función de las proteínas en las células o el teorema de Feuerbach en geometría, deberé creerme que la poesía ha de tener la misma estructura racional que la física o la filosofía, de lo contrario continuaré creyendo que, si bien la historia o la tecnología hay que analizarlas y construirlas con principios racionales (aunque no solo), la religión o el arte, y especialmente la poesía, hay que verlos con los ojos del sentimiento, el mito o la sensualidad (tampoco solo), o llámele usted como guste a ese sexto sentido que nos hace degustar o repudiar el poema. Esta es una discusión vieja como el mar, o mejor dicho, como la conciencia del mar. Zanjado el asunto, vayamos a lo nuestro. La traducción es exquisita, aunque traducir poesía, y más autor tan "difícil" como Celan, es como arrojarse por un barranco y pretender llegar abajo sacudiéndose el polvo. Más ardua, claro, que esta tarea de reseñador que se me encarga. Porque ¿cómo hablar de un libro casi eterno, siempre nuevo cuando de nuevo abierto?. Sólo queda aquello viejo de para muestra un botón. Entre alusiones a la Cábala, al folclore judío, a ese Nadie, que es el nombre que le da a Dios (Niemand), entre mentadas del holocausto, entre sus múltiples símbolos que cambian como si no hubiera nada fijo, entre sonoridades que golpean los oidos, entre sufridas invocaciones a ese Tú, que es desde la amada hasta el amigo o amiga o simplemente el Otro, se pueden espigar muchos versos. Dice Steiner que hoy nos cuesta más comprender la poesía de, entre otros, Celan, porque nuestra formación es poco extensa y nada memorística. Pocos, hoy, conocen suficiente la Cábala, por ejemplo, para captar algún sentido oculto en estos versos: "Con vino ardoroso y vino penoso, necrónimo/ mucho antes del tiempo,/ paso revista al mundo de los vasos/ -y no sólo a él-." que se encuentran en Soles Filamentos. ¿Hace de veras mención a los recipientes que retenían la luz emanada de los sefirot, atributos divinos, en el Adam Qadmon, el hombre primordial?. ¿Saberlo es imprescindible para la comprensión de este texto, o el texto se puede valorar cabalmente catando su extrema belleza?. Esas son las preguntas. O estos, en el más puro remedo del Shir hashirim, el Cantar de los cantares: "Hermana en lo oscuro, alcanza el remedio/ a la vida blanca y a la boca muda./ De tu concha, está la onda dentro,/ bebo del fondo de coral lo que fulgura,// como la caracola, el remo levanto/ que cayó a quien no dejó la tierra./ Ya no azulea la isla, joven Hermano,/ solo el alma arrastra algas en madeja..." y sigue en dos estrofas más que reproducir sería facilitar demasiado el trabajo, porque lo que deben hacer es poner este libro en la mesita de noche. Con todo, debo confesar que, si es posible abrir dos veces esta maravilla por la misma página, o lo que es lo mismo, leer dos veces el mismo poema, al que le doy vueltas y vueltas desde que empecé a ojearlo (de ojo, no de hoja) es el siguiente: "ópimo mensaje/ en una cripta donde/ con nuestros/ efluvios de gas flameamos,// aquí estamos/ en olor/ de santidad, sin duda.// Tufos de/ chamusquina del Más Allá/ nos salen densos de los poros,// en cada segunda/ caries/ despierta/ un himno indestructible.// El monís de entredosluces que nos arrojaste dentro,/ ven, trágatelo tú también con nosotros." Aquí aúllan todos los eliminados en los lager: gaseados, quemados sus cuerpos en los hornos, separados los dientes de oro, aprovechados, quizá, los dientes sanos y no careados. Hay un problema en la traducción que Reina Palazón ha solucionado como buenamente se puede en estos casos: "wir mit unsern Gasfahnen flattern", se traduce literalmente como "con nuestras banderas de gas restallamos (o flameamos, o tremolamos)", en tanto él traduce "con nuestros efluvios de gas flameamos". Esa es la riqueza de las ediciones bilingües. Me cautivaron durante días los dos últimos versos: ese monís o monedilla, blanca, céntimo o duro (en el sentido que se dice en español estoy sin blanca o sin un duro o sin un céntimo) que se ponía en la boca de los muertos para premiar a Caronte por atravesar la laguna Estigia, ¡cómo recuerda Celan que también los asesinos acabarán tragándosela, y cómo tú y yo, lector, deberemos engullirla!. Debería extenderme, pero esto no sería una
reseña. Compradlo, se lo recomiendo, no lo saquen de una biblioteca: es libro de hojeo y de ojeo, es libro
infinito como puede ser infinito el amor o la reflexión mientras duran.
Mi agradecimiento a Ludwig Schön,
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