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'El vacío y el centro' de Ángel Zapata
Isabel Cañelles López

 

EL VACÍO Y EL CENTRO

Ediciones de Escritura Creativa Fuentetaja

Colección Escritura Creativa

Ángel Zapata

232 páginas
20 Euros

EL PROCESO DEL DUELO

El vacío y el centro no es un libro de escritura creativa. No es un libro de psicoanálisis. No es un libro deconstructivo, ni estructuralista, ni siquiera analítico.

Es un libro que, a partir de tres textos (de Sam Shepard, Medardo Fraile y Ana María Matute), cuenta tres historias. Tres historias paralelas pero compenetradas con los relatos, tres historias sutiles, introspectivas y maravillosas, que llevan al lector -a su vez- a recrear las suyas.

Me ha gustado en especial la última, que planea sobre el cuento de Ana María Matute "El niño al que se le murió el amigo". A partir de él, Ángel Zapata cuenta la historia del lenguaje junto con la historia de la vida. Y de la muerte. 

Lo cuenta en un viaje a través de las frases del relato, como un pianista recorre las teclas dando nueva vida a una canción querida.

Ha habido una parte que me ha parecido tan extensible a la pérdida de cualquier ser querido, o a la separación de un ser amado, que me ha conmovido de verdad.

Incluyo algunos fragmentos, que brotan de las siguientes frases del cuento de Ana María Matute:

«[...] Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. "Entra, niño, que llega el frío", dijo la madre. Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio, y se fue en busca del amigo con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. [...]»

Dice Ángel Zapata sobre la segunda parte de este fragmento:

«[...] el personaje sale en busca del amigo, una vez más, pues la intensa identificación con él [...] le permite experimentar su pérdida como algo contingente, provisional; le permite negar, como hemos visto, esta dimensión de la falta y la ausencia esenciales a la constitución del otro [...]

»[...]

»Así las cosas, al identificarse con este nuevo objeto después de todo simbólico que es "el amigo perdido" [...], el niño está obligado a identificarse también con la pérdida misma; incluso -o sobre todo- para negarla dentro (el niño "pierde" sus sentimientos para de este modo no sentir que pierde)... De forma que esta ausencia -esta "muerte" que imita el personaje con su cuerpo y con sus actitudes- habrá de convertirse para él en algo tan valioso como el objeto (es, de hecho, lo que haría del objeto un todo y colmaría su realidad) [...]

»Obviamente, si el niño recorriese hasta el extremo el camino de la identificación -si "devorase" el objeto: si se hiciera igual a él en lo interior, y también en lo exterior que constituye su objetividad- la pérdida sería suprimida, superada, mas al precio de la desaparición del sujeto mismo.

»[...]

»De este modo, si es verdad afirmar que el amigo "existe" ahora dentro del niño como imagen global, no es menos cierto que el personaje no se encuentra enteramente identificado con el amigo muerto; [...]

»Así las cosas, si en el espacio de lo interno el niño se pierde a sí mismo (pierde sus sentimientos, sus emociones, la constancia de sus necesidades) a fin de no sentir la muerte del amigo; comprobamos ahora que lo que el personaje ha buscado con esta pérdida es también, y sobre todo, ganar tiempo: mantener los juguetes, un poco más, en su función de signos-fetiche; usarlos -en definitiva- con la intención de diferir, tanto tiempo como sea posible, la constatación de esa ausencia en lo exterior.

»En los juguetes, pues, se encarnan simultáneamente la rebeldía y el pacto del personaje. La rebeldía, en tanto que apegado a los juguetes como a una parte del amigo muerto -haciendo un uso imaginario de un objeto que ya sólo puede tener valor de símbolo-, el niño niega su dolor, se opone frontalmente a la evidencia de lo irreparable, sí... Pero el pacto también, pues a través de esta esforzada negación el personaje pide tiempo.

»Reclama tiempo.

»Pacta, diríamos -consigo mismo y con la realidad-, una prórroga breve a su aflicción; un intervalo más, que le permita elaborar su duelo.

»[...]

»¿Qué pasa, a fin de cuentas, en esa "larga noche casi blanca" donde la identidad del personaje se va a ver transformada?

»[...]

»En efecto: a falta de un suceso sobresaliente, de un cambio nítido en la acción, en las tres oraciones que cierran el nudo lo que "pasa" -sobre todo- es tiempo.

»El texto hace que pase tiempo en la experiencia del personaje.

»Y la asimilación por parte del niño a este tiempo que pasa es suficiente para transformarlo.

»[...]

»Obviamente, este tiempo que pasa en las tres oraciones que estudiamos es, en primer lugar, el "tiempo de la historia": el tiempo objetivo de la acción dramática representado en la escritura; esa noche que emplea el personaje en buscar a su amigo.

»Con todo, de este primer sentido -estrictamente literal- se desprende en seguida una segunda veladura, un segundo estrato... Pues si ya hemos visto cómo por medio de la atenuación y de la identificación con el objeto perdido el niño "pedía tiempo" (le arrancaba una tregua al dolor; una prórroga, aún, que le hiciera posible elaborar su pena), la acción representada en la secuencia muestra los rasgos característicos de un "trabajo del duelo"; y en esta dirección, es preciso observar que el episodio no pone en escena una "búsqueda", sin evocar, al mismo tiempo, los pormenores de una despedida.

»Nos encontramos, pues, ante una despedida disfrazada de búsqueda. Ante una búsqueda, diríamos, que actúa realmente como "pantalla", y a través de la cual el niño va a poder vivir la experiencia del luto: la tarea del desprendimiento, de la separación, consecutivos siempre a la pérdida de algún objeto amado.

»Como es sabido, el trabajo del duelo -que nunca puede completarse de manera inmediata- consiste en un proceso paulatino, un proceso en el curso del cual el sujeto va haciéndose presentes cada una de las partes del objeto perdido. [...]

»El trabajo que la aflicción lleva a cabo, pues, estriba en lo esencial en ir retirando poco a poco -parte a parte- el amor ligado al objeto. Esta retirada, a su vez, toma la forma de un proceso sucesivo de carga y descarga, y consiste en recordar cada una de estas partes del objeto, experimentar de nuevo el valor y el significado que tenían para el yo, "llorar" su pérdida; y hacer posible así que las cargas de amor que estaban adheridas a ese objeto, ahora faltante en lo real, queden libres para depositarse sobre otras instancias distintas: sobre el mundo -que aparece desierto y sin valor a los ojos del sujeto como resultado de la ausencia-, y/o sobre el propio yo, que ha sido "empobrecido", igualmente, por el abandono del objeto.

»Por eso también ha podido decirse que el trabajo de la aflicción supone en cierto modo "matar al muerto": reconstruir -como efecto esta vez de una acción voluntaria- ese desprendimiento que el sujeto ha sufrido pasivamente, como una imposición externa.

»En cualquier caso, lo que está en juego para el yo a lo largo del trabajo del duelo es "tomar el control" sobre la pérdida. O lo que viene a ser igual:

»-mantener de manera omnipotente la existencia "interna", psíquica, del objeto;

»-segmentar y regular mediante plazos el proceso de la separación,

»-y decidir, en último término, si desea compartir el destino del objeto perdido; o bien, en vista de las satisfacciones que comporta permanecer con vida, determinarse a abandonar su vínculo con ese mismo objeto, definitivamente ausente.

»Esta, de hecho, es la tarea que el personaje aborda en el transcurso de las oraciones 10, 11 y 12. Y si hemos visto ya cómo el niño mantiene en su interior la imagen global del amigo (cómo se identifica, él mismo, con los rasgos y las cualidades de un niño muerto), es el momento de observar ahora cómo la búsqueda que el protagonista emprende habrá de encaminarle a la conciencia de la pérdida: cómo le lleva a echar en falta al amigo en el espacio inmanejable de lo externo, y a abandonar la identificación con él.

»Tal como corresponde a un trabajo del duelo, esta transformación adquiere en la escritura el carácter de un proceso gradual... Y así las cosas, a lo largo de las oraciones 10, 11 y 12 comprobamos que el niño no solamente empieza a echar de menos una "respuesta" del amigo; sino que más allá de este mismo silencio revelador, su ausencia -paso a paso- se va haciendo patente, "incontestable", en cada uno de los lugares que habían sido, hasta ahora, el escenario habitual de sus encuentros y sus juegos.

»La cerca. El árbol. El pozo... Cada uno de los emplazamientos que vinculan al niño con su amigo por medio del recuerdo de sus juegos pasados (y por medio, también, de la esperanza de que estos juegos se reanuden con la simple presencia del niño y sus juguetes), son visitados e inspeccionados en el transcurso de esa "larga noche", hechos presentes por el protagonista como un dato de su experiencia actual; cargados con una expectativa, descargados por medio de la decepción; y son, por esto mismo, abandonados de manera sucesiva, uno tras otro, al experimentar que el objeto buscado no comparece allí.

»Es el niño, pues, quien a través de un acto voluntario deja ahora "atrás" la cerca, el árbol, el pozo; los recuerdos y las esperanzas que aún le vinculan con el personaje ausente.

»Es el niño, también, quien se aviene a perder finalmente -parte a parte, paso a paso- lo que hasta ahora se había negado a perder de golpe.

»Y es el niño, en suma, quien poco a poco se irá haciendo capaz de "matar al amigo" a lo largo de esa noche casi blanca; de devolverle -a la manera de un último intercambio- el daño y el dolor de su abandono... Para lo cual, obviamente, resulta imprescindible que antes acceda a trasladar a su interior, a "hacer suyo", ese mismo vacío, esa muerte, que está constatando en lo externo.

»[...]

»El amigo no ha vuelto a la casa.

»No estaba en la cerca.

»No ha sido posible encontrarle en el árbol.

»No se ha hecho presente junto al pozo.

»De todos los espacios exteriores que compartían hasta ahora el amigo y él, al niño no le queda ya más que una colección de recuerdos sin vigencia y de esperanzas defraudadas. [...]

»Así las cosas, cuando una decepción tras otra, un vacío tras otro, al niño no le queda ya ningún lugar externo donde seguir buscando, su aventura le enfrenta con una decisión:

»-Asimilarse a lo perdido. Es decir: mantenerse en el dentro, negar lo exterior; "comerse" imaginariamente al otro (tal como ocurre en la melancolía mortal): volverse "uno" con el amigo en la muerte...

»-O bien asimilarse a la pérdida misma. Lo que implica de hecho negar su propia negación; hacerse objeto para sí mismo, proyectar fuera su identidad fundida e inspeccionarla como a una instancia externa; con lo cual, ciertamente, encontrará al amigo (hallará, cuando menos, lo que queda de él), y podrá así restablecer las posiciones respectivas del dentro y del fuera:

»Fuera, el objeto; lo que era hasta el momento una imagen interna: la identidad de un niño muerto. (Identidad que en tanto exterior está deshecha ahora: es sólo un puñado de polvo.)

»Dentro, el sujeto; la experiencia de un niño que habita un cuerpo vivo.

»De este modo, encontrar al amigo es perderlo. Llevar la búsqueda a su extremo es encontrarse con el amigo "dentro", ocupando el espacio de la propia realidad. Así las cosas, lo que hasta ahora estaba "dentro" -esta misma identidad del niño indistinguible de la del amigo-, pasa finalmente al territorio del afuera; es percibida como "exterior", deviene objeto para el protagonista:

»Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos.

»En las frases que cierran el nudo, pues, el amigo es devuelto por el niño a su verdadera realidad: la de un "otro" objetivo, exterior... Pero un "otro", también, que se ha ido desvelando en el transcurso de esa larga noche como un objeto inerte; como una instancia ya incapaz de responder, de reflejar; que se ha manifestado -paso a paso- como esa exterioridad inconcebible, desprovista de rasgos y cualidades, carente de toda determinación ("noche blanca"/noche y día a la vez) que es la muerte: el polvo que ahora llega y cubre al personaje; la forma deshecha del absoluto afuera.

»[...]

»Se ha instalado, de hecho, la ley misma que funda lo humano y lo Simbólico; y que prescribe que en lo sucesivo el sujeto respetará al objeto (no lo "devorará" ni se identificará con él); respetará su objetividad, su exterioridad, su ser-otro distinto y separado; querrá, en definitiva, su propio límite, su pérdida; querrá ese mismo afuera que niega y destruye su propia fantasía de plenitud.

»[...]

»Asistimos con ello al final de esa fusión imaginaria "niño-amigo" en donde no existían la alteridad, la discontinuidad ni el tiempo. Llegamos, pues, a la destitución del ser-idéntico-y-objetivo del yo imaginario: esa identidad sustancial y estable que el sujeto humano, si quiere responder a su vocación, debe continuamente negar como real, superar y trascender en sus encarnaciones imaginarias, y desear, en suma, como una posibilidad que nunca tendrá hogar entre las cosas; una promesa, acaso, dada sólo en el orden del lenguaje y el símbolo.»

Esto -y mucho más- dice Ángel Zapata, y a mí se me asemeja a un viaje paralelo al del niño de Ana María Matute. Me parece una bellísima explicación del duelo, precisamente por estar ligada por un hilo al relato, y a la vez sobrevolándolo como una cometa.

Recuerdo que a lo largo del año posterior a la muerte de mi padre, yo estaba anestesiada, como en una especie de ensueño que no me dejaba sentir ni padecer. Las alegrías eran tenues, y también las penas. El exterior era en blanco y negro, casi no existía. Supongo que, igual que el niño del cuento en la interpretación de Zapata, yo me estaba identificando con un muerto, adquiriendo sus formas para no tener que sufrir la separación. Y recuerdo también el momento en que -tanto tiempo después- me encontré a mí misma, en el metro, observando a la gente del vagón, disfrutando -al menos conscientemente- de los colores, los brillos, los gestos... la vida que me rodeaba. Es curioso que eso lo distinguiera en el exterior antes que en mí misma. La vida estaba fuera y sólo entonces, de pronto, me sentí viva otra vez, dispuesta a sufrir por todo lo que había pasado.

Hay un fragmento de En busca del tiempo perdido en el que Proust habla de su abuela muerta y que define muy bien la contradicción que supone sentirte vivo y, a la vez, asumir la muerte:

«[...] y así, en un deseo loco de arrojarme en sus brazos, sólo en aquel momento -más de un año después de su entierro, por ese anacronismo que con tanta frecuencia impide la coincidencia del calendario de los hechos con el de los sentimientos- acababa de enterarme de que había muerto. Desde entonces, muchas veces había hablado de ella y pensado en ella, pero bajo mis palabras y mis pensamientos de muchacho ingrato, egoísta y cruel, no había habido nunca nada que se pareciera a mi abuela, porque, en mi ligereza, en mi amor al placer, en mi costumbre de verla enferma, sólo en estado virtual vivía en mí el recuerdo de lo que ella había sido. [...] Ahora bien, como el que yo acababa súbitamente de volver a ser no había existido desde aquella lejana noche en que mi abuela me desnudó a mi llegada a Balbec, muy naturalmente, no después de la jornada actual, que mi yo ignoraba, sino -como si en el tiempo hubiera series diferentes y paralelas- sin solución de continuidad, inmediatamente después de la primera noche de aquel tiempo, me situé en el minuto en que mi abuela se inclinó hacia mí. El yo que yo era entonces, y que por tanto tiempo había desaparecido, estaba de nuevo tan cerca de mí que me parecía estar oyendo las palabras inmediatamente anteriores y que no eran, sin embargo, más que un sueño, de la misma manera que un hombre mal despierto cree percibir muy cerca los sonidos de su sueño que huye. Ya no era más que aquel ser que quería refugiarse en los brazos de su abuela, borrar las huellas de sus penas besándola, nada más que aquel ser que cuando yo era uno u otro de los que se habían sucedido en mí desde hacía algún tiempo, tan difícil me hubiera sido figurármelo como esfuerzos me costaba ahora, estériles por lo demás, resistir los deseos y los goces de uno de los que, al menos por un tiempo, ya no era. Recordaba que, una hora antes de que mi abuela se inclinara así, en bata, hacia mis botas, yo, deambulando por la calle asfixiante de calor delante de la pastelería, creía que, con la necesidad que sentía de besarla, no podría esperar a la hora que tendría aún que pasar sin ella. Y ahora que renacía aquella misma necesidad, sabía que podría esperar horas y horas, que nunca más estaría junto a mí, y no hacía más que descubrirla, porque sintiéndola, por primera vez, viva, verdadera, dilatándome el corazón hasta romperlo, encontrándola en fin, acababa de saber que la había perdido para siempre. Perdida para siempre; no podía comprender, y me esforzaba por sentir el dolor de esta contradicción: por una parte, una existencia, una ternura que sobrevivían en mí tales como las había vivido, es decir, hechas para mí, un amor en el que todo encontraba de tal modo en mí su complemento, su meta, su constante dirección que el genio de los grandes hombres, todos los genios que habían podido existir desde los albores del mundo no hubieran valido para mi abuela lo que uno solo de mis defectos; y por otra parte, tan pronto como reviví, como presente, aquella felicidad, sentirla transida de certidumbre, lanzándose como un dolor físico de repetición, de un no ser que había borrado mi imagen de aquella ternura, que había destruido aquella existencia, abolido retrospectivamente nuestra mutua predestinación, que había hecho de mi abuela, cuando volví a encontrarla como en un espejo, una simple extraña que por azar pasó unos años junto a mí, como hubiera podido pasarlos junto a cualquier otro, mas para quien, antes y después, yo no era nada, no sería nada».

Asumir esta terrible contradicción entre la vida de uno mismo -junto con su futura muerte- y la muerte presente del otro -que permanece vivo en nuestro corazón- no es algo que se pueda llevar a cabo de un día para otro. Libros como el de Ángel Zapata nos ayudan a entenderlo y, mejor aún, a sobrellevarlo.



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