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Esaú y la hermana Dora
Jorgelina Esquius

 

 

                                    "Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de
                                   lentejas: y él comió y bebió y se levantó y se fue,
                                   Así menospreció Esaú la primogenitura."
                                   Génesis 25.34

 

Cuando tenía ocho años y me preparaba para recibir la primera comunión, había adoptado la firme determinación de tomar los hábitos.

Pese a su militancia socialista, mi padre había accedido, en su momento, a que me bautizaran, para evitar conflictos conyugales; pero más tarde, cuando comencé la primaria, asistí a una escuela estatal porque mis padres pensaron, no sin razón, que ésa era la educación que querían para sus hijos.

Sin embargo, por razones de salud de mamá, al iniciar segundo grado, tuvieron que enviarme a una escuela de monjas, con la esperanza de que la formación religiosa que inevitablemente me inferirían, quedaría neutralizada por la tradición familiar laica.

Pero había cosas que no podían eludirse; por ejemplo, la primera comunión.

A poco de comenzar a asistir a "María Auxiliadora", una especie de confuso misticismo se fue apoderando de mí. Me gustaba el silencio de los claustros, los largos pasillos de altos techos, por los que las hermanas se deslizaban como si flotaran en el aire con sus negras vestiduras, sus tocas blancas y almidonadas y los velos que ondeaban a sus espaldas.

La capilla sombría, perfumada de incienso y con el altar iluminado, ejercía sobre mí una extraña fascinación.

Me imaginaba que esa era la vida que quería tener para siempre: horas en silencio para meditar y rezar; muchos y bellísimos libros encerrados en las vitrinas de la gran biblioteca, a mi entera disposición; no tener que ir a comprar el pan o ayudar a mamá a secar los platos y, especialmente, cumplir con la extraordinaria misión de salvar almas y auxiliar a los seres necesitados que Dios se encargaría de poner en mi camino para que yo pudiera iniciar mi viaje hacia la santidad.

Por supuesto, mi inesperada vocación religiosa era mantenida por mí en estricto secreto, ya que sospechaba que su manifestación ocasionaría una tumultuosa reacción paterna, nada propicia para mi futura vida ascética.

Entre sus obras de caridad cristiana, las hermanas incluían el abrir la capilla del colegio para que las chicas de hogares humildes, que no eran alumnas de la escuela, pudieran asistir a misa los domingos y prepararse para la primera comunión, ya que, después de todo, en algún lugar confiable se afirmaba que también los pobres entrarían en el Reino de los Cielos.

Esos encuentros domingueros con chicas como yo, me hacían sentir mejor, ya que mi concurrencia al colegio no tenía que ver ni con la posición social ni con el nivel económico de mi familia.

Esas niñas que venían, con delantales blancos un poco chicos y gastados, desde las modestas casitas o los conventillos de atrás de la estación, estaban más próximas a mí que las Marías Victorias Pereyra Iraola o las Merceditas Aramburu, que compartían conmigo, con cierto desprecio, el aula de todos los días.

Después de recibir la primera comunión, todas seguíamos comulgando cada domingo en la capilla del colegio y, a la salida de misa, una de las hermanas avanzaba por el medio de las dos hileras que formábamos en el patio y entregaba a cada alumna una barrita de chocolate "águila", para que, una vez recibido nuestro alimento espiritual, también nuestro cuerpo recibiera una gratificación, más prosaica, es cierto, pero absolutamente deliciosa.

Rosi era una de las chicas que había venido desde Piñeyro, detrás de la estación Avellaneda, para aprender el catecismo y tomar la comunión, no era alumna del colegio, pero nos hicimos amigas y ella venía a casa a estudiar y a hacer deberes y se había quedado varias veces a tomar la leche, después de que mamá hubiera cumplido con su parte del ritual y hubiera logrado convencer a doña Elvira, la mamá de Rosita, de que no significaba ninguna molestia que su hija merendara en casa, sino por el contrario, todos estábamos encantados de que así fuera.

A Rosi nunca le había tocado la barrita de chocolate de los domingos. Yo no había reparado en ello en un principio, y cuando me di cuenta, comenzamos a comer media barrita cada una.

Sin embargo, a mí no me parecía posible que se excluyera deliberadamente de ese dulce reparto, a las chicas que no eran del colegio. Estaba convencida de que las hermanas no se habían dado cuenta de que las dejaban fuera de ese rito cuasi religioso, porque las monjas que, domingo a domingo, pasaban entre las filas con las canastitas llenas de tabletas de chocolate, caminaban muy erguidas, con la vista fija en algún punto lejano del patio, sin dirigirnos siquiera una mirada y moviendo sólo su mano que depositaba en la nuestra el paquetito de papel amarillo..

Analizada de esta manera la situación, le dije a Rosita que lo único que tenía que hacer era ponerse en la fila junto a mí, para recibir aquel sabroso premio a la devoción. Acaso por su mayor experiencia en decepciones, Rosita no parecía muy convencida, pero se dejó persuadir por mí, que siempre tuve un fuerte poder de convicción.

El domingo siguiente, después de misa, una Rosita nerviosa se ubicó en la fila a mi lado. Ese día, la monja encargada de repartir los chocolates era la hermana Dora. Eso me tranquilizó aún más: Yo quería mucho a la hermana Dora, una monja fea y simpática, que siempre nos hablaba de virtudes que a mí me conmovían especialmente: amar al prójimo como a uno mismo; dar de comer al hambriento y de beber al sediento; ser generosos con el que necesitara nuestra ayuda; privarnos de cosas que nos gustaran mucho y ofrecer este sacrificio a Dios que lo vería con buenos ojos…

Cuando vi que era ella la que se acercaba con la canastita en su mano izquierda, respiré aliviada. La hermana llegó junto a mí, yo extendí la mano y ella depositó allí mi tableta sin mirarme y continuó su marcha repartiendo su tesoro dulce y marrón. Cuando volví la cabeza para sonreírle a Rosita, vi sus ojos llenos de lágrimas y su mano vacía. También alcancé a ver, flotando sobre su espalda, el velo negro de la hermana Dora y su mano, que dejaba en la de María Victoria, la tableta que debía haber ocupado la mano flaquita y morena de Rosita.

Rompimos filas y fuimos saliendo a la calle. En el patio quedó, intacta, mi barrita de chocolate…

Rosi y yo caminamos esa mañana en silencio; seguimos siendo amigas y tomando por las tardes la leche juntas, pero nunca hablamos de lo que había pasado ese día. Ella nunca me contó su humillación; yo no le dije jamás de mi vergüenza, y la hermana Dora ignoró hasta su muerte, que había trocado una posible vocación por un chocolatín.

Después de todo, había hecho un mal negocio y, si una desconocida forma de contabilidad se lleva a cabo en algún lugar del Universo y, como consecuencia de ella, se asignan premios y castigos, seguramente en el espacio destinado a los necios y los miserables, estarán, entre muchos otros, la hermana Dora y Esaú contemplando, perplejos, una apolillada barrita de chocolate y un plato de lentejas ya vacío irremisiblemente.



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