Inicio Adamar - Revista de Creación - Narrativa

Presentación Números Anteriores Mención Adamar Galardones Mapa Web Pliegos Adamar Lista de Correo
Poesía Narrativa Ensayo Obra Gráfica Música Reseñas Enlaces Las Voces del Árbol



































El barranco del olvidado
Chama

 

 

-Por eso es amigo que le pido que no deje atónito el cuchillo, que haga justicia y abra esta garganta. Sólo usted podría. Sólo usted comprende.

La mueca de indecisión se confunde en mi cara con el cansancio por la larga historia. Si don Avelino fuera un hombre piadoso me daría tiempo para atentar su pedido con alguna respuesta. Pero él sabe que sus ojos me presionan con su sola presencia y tenerlo en frente, sufriente y adusto, todo me apura a insultarlo o matarlo. Pero él me ha elegido precisamente por eso, porque ya sabe mi respuesta.

-Yo ya me estoy muriendo Andrés. Dios no quiso que fuera inmortal. Ni tuya ni mía es la culpa. Lo que te estoy pidiendo es que Remedios crea que morí en el fervor de una pelea o con las manos ensangrentadas en el corazón del infiel y no así, en una cama, entre delirios de fiebre, con la carne podrida tan estúpidamente, tan humillantemente, por haberme caído de un potro.

Me costaba ver a mi suegro desde que enfermó. Don Avelino fue siempre diestro y cuando supe que había caído comprendí que algo fatal se integraba a mi vida. Quién diría que la herida le podriría la carne, que en un par de semanas le consumiría los huesos y le llegaría al abdomen que ya tomaba un color verdoso bajo las vendas.
Si se podía adivinar el fin de la historia en el olor a muerte de sus entrañas.

-Andrés. Entregué a Remedios en tus manos. Te hice responsable de su felicidad. Si dejás que ella sufra recordándome en una muerte miserable, no te perdonaré nunca.

Alzo los ojos para consolarlo con la desdicha de mi mirada. Don Avelino se toma el vientre entre las manos, como si se le derramaran los intestinos, y arrastra su pierna acercándose al fuego.

-Si hasta te doy asco.

Aprovecho que se pierden sus ojos entre las llamas. Salgo afuera renegando no haber tomado unos cuantos mates y así no tener ahora que fingir estas malditas ganas de mear que podrían salvarme de dar respuesta a su pregunta. Andrés. Andrés. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matar a este hombre que va a morir de todos modos? Ya tu cuchillo ha probado cristiano. ¿Cuántas veces entregué mi filo a la muerte por una mirada indiscreta o palabra desalineada?

Ya me acerco yo también al fuego y veo a don Avelino fingir su sueño. Hasta para esto sabe ser buen gaucho el paisano y me ofrece la ocasión de poder matarlo sin tener que cargar con la conciencia de sus ojos y la memoria de su grito. En el Nombre del Padre. Del Hijo. Del Espíritu Santo. Si hasta ha corrido su poncho para que el cuchillo viaje con seguridad. Amén. Dios me perdone.

Lo dejo morir tranquilo con las consoladoras caricias del calor de las llamas. Le doy unos tragos a la ginebra y no puedo creerlo todavía.

Don Avelino. ¡Cuánto se puede llegar a querer a un cristiano! Ojalá Dios tenga noticia de las penas de este hombre y las tristezas que desdobló en sus amigos. Pucha que es fiera la muerte. Uno se sienta, besa la botella, barrunta pasados en las estrellas. Y cualquiera que me vea no diría nunca que tengo muerto al frente a la persona que más he querido. Lo peor es no saber qué hacer. Seguramente cuando acabe la ginebra lo llevaré a un lugar alejado y le daré sepultura. Donde no lo encuentre nadie. Y tendré que pensar en decirle algo a Remedios antes de que llegue de Córdoba. Tendré que hacerlo antes de mañana.

Ni siquiera la ginebra arde en la garganta. Y el viento que me echa todo el tufo a bicho muerto en la cara, insolente. Y no voy a dormir. La mañana no creerá jamás lo que hizo la noche en su ausencia. Esta ginebra no sirve para nada.

Hasta ahora que lo alzo no me había figurado cuánto había adelgazado el viejo en unos días. Lo cubrí con el poncho y cargué más trapos para envolverlo. Tan poca sangre tenía el cuerpo que apenas se había manchado. Quién sabe. Si lo dejaba hablando quizás no llegaba a ver el sol de nuevo. Creo que quiero abrazarlo. Apretarlo. Sacarle el bicherío de la gusanera a presión. Caerse del potro, un gaucho viejo, dueño de todas las mañas, más zorro que el diablo. Y tener que sufrir el verse podrido y agusanado como muerto. ¿Y por qué me duele más esta muerte que las otras? ¿Cargo con el dolor que le he ahorrado? Si sólo hice con su corazón lo que los gusanos hace días venían haciendo con su carne. Yo sólo le cerré los ojos para que no lo vea.

Con cuidado sobre el potro. No pesás nada y nos va a aguantar a los dos. No te voy a dejar que te tire de nuevo. No te preocupés. Me merezco el frío de la noche. Nos merecemos los dos. Vamos carajo. Al barranco del "Escondido". Quisiera que Remedios me hubiera enseñado a rezar. Ella sabría qué pensar ahora. Pobre Remedios. Ella siempre me dijo que el viejo se iba a terminar matando correteando a los indios. Cuánta razón tenías, le voy a decir, y va a llorar. Y estas manos. Criminal, la vas a acariciar, la vas a consolar, vas a tener su mano entre las tuyas y el puñal latiendo en el pecho miserable. Miserable.

Así que así se siente la muerte, comadre, tanto frecuentarnos y recién ahora viene a confesarse. Y cuántas cosas tiene para contarme, amiga. Si casi diría que no la conocía. Cuando yo muera recuerde que esta noche fui su consejero. Miserable. Tranquilo don Avelino, no voy a dejar que se caiga de nuevo. Y qué silencio infernal. Parece que la noche fuera velorio. Y el cielo el sepulcro que se cierra. Manos asesinas, cuánto consuelo han sabido dar. También podría haber acariciado a las hijas de los otros, sin compasión. Y no temblé. Y el cuchillo entró derechito. Mitad la práctica. Mitad las ganas del viejo.

Mierda que patea rápido el pingo. No sé cómo puede ver, yo no puedo ver nada. Y este sueño que tira de la espalda. No sería la primera vez que me duermo al trote. No sería la primera vez. Ya perdí la cuenta. Esas cosas suceden. Igual que las muertes, como las llamas.¿Quién puede contar las llamas de un fuego? Uno sólo se deja calentar y mira el fuego, con atención, con furia, pero no lleva la cuenta de las llamas porque sabe que las llamas se suceden. Qué tristeza y qué pena. Y el fueguito que le venía tan bien lo acarició por última vez. Y se durmió. Se hizo el que dormía. Yo también puedo hacerlo mientras galopo.

Epa. Cuánto habré andado. Ya hasta luz hay. ¿Dónde me has traído? ¿Cuánto me has dejado dormir? Ah, sí. Don Avelino. En el Nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. No se me ha caído. Amén.

¿Dónde me ha traído Mandinga? Pucha que me dormí fiero. ¿No viste que no te quedaba camino bajo las patas? Ni un rancho, ni un árbol. Puro yuyo. ¿Para dónde tiramos ahora? Don Avelino no me perdonaría esta desatención. Pero da igual. Yo no lo perdono a él. Morirse no tiene gracia, no es trabajo. La gracia es vivir. Y él no se aguantó. Ni caerse del caballo fue tan estúpido como pedirme que lo matara. Pero yo lo entiendo. Por eso me lo pidió a mí. Porque yo sé. Cuando uno ha matado, el olor, la muerte, no le es desconocida, la vemos desde siempre en cada mirada del paisaje. No me trago la mentira. No aguantó ver la muerte tan cerca. Sintió lo que él a otros hizo sentir. Por compasión también se mata. La herida fue una excusa. También yo quisiera pedir a alguien que me mate. Hacéme olvidar. Soy Andrés el criminal, el hombre cimarrón. De sangre y puñal. Pero olvidar no es tan fácil como morir, el alma no se pudre nunca del todo. Está siempre con su tortura, estaqueándonos con furia, boleándonos al trote. ¿Quién mata mi dolor? ¿Dónde entierro esta pena? ¿Dónde entierro a don Avelino?

¿Allá no hay una cruz? Sí. Es un sepulcro. Allí estará bien. Son varias. Como siete, ocho. Lo entierro y veo cómo me vuelvo. Dónde voy. Son muchas. Como quince. O más. Allí se abren. ¿Dónde me trajiste, pingo? ¿Qué hacen tantas cruces en la nada? Deben ser como cincuenta, todo un pueblo. Y allá hay más. ¿De dónde salió tanto muerto? Mejor no sigo. Si cada vez hay más. Yo no he matado tanta gente. Es más de lo que puedo olvidar. Y las cruces siguen apareciendo. Yo lo dejo acá. Atrás también hay. No las debo haber visto cuando pasé. Pero hay cada vez más. Brotan como yuyos. Yo no los maté. Había en ellos dolor. Yo se los calmé. Mis manos fueron consuelo. Tanta cruz que no se puede seguir. No me dejan volver. Tanta cruz. Yo quería enterrar, olvidar. Y hay tanta cruz. Tanta tumba y ningún olvido. Y hace frío. Para cada cruz una muerte y para mí ni siquiera un fueguito, una cruz, un olvido.



poesía | narrativa | ensayo | obra gráfica | música | reseñas | enlaces
presentación | números anteriores | mención adamar | galardones | mapa web | lista correo
pliegos adamar | las voces del árbol
inicio

© 2002 - Revista de Creación