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En un anillo dorado
Pedro Glup
Mujer que yaces a mi lado, inmóvil como la esposa de Lot,
salada tú también, dulce como el moscatel de Chipiona, picante como un pimiento, dorada tu espalda en
el peregrinaje por las costas del sur, adoro ese contraste de piel blanca en tus nalgas, en tus pechos que me
envían mensajes como palomas cómplices; tus brazos cansados de desbrozar con el almocafre las malas
hierbas de mi pensamiento único, esparciendo polvo en mi camino a tí, tan transitado, tan amado, tu
cuerpo entero lleno de atajos al cofre de tus suspiros, de tu corazón vencedor en nuestra batalla, en la que
siempre, sometido, derrotado, me postro con mi alfanje roto, mis lanzas, mi adarga que entrego en una rendición
sin condiciones. OH, mujer que sabes que mis naves de recreo sólo quieren arribar a tu puerto de luz; que
trazas, traviesa delineante, mi única carta de navegación; que sabes que un cíclope ciego de
deseo me lleva de la mano hasta tus altas almenas; qué náyades con tu rostro me acarician mientras
avivo y soplo la hoguera de esperarte. Escapan los pájaros de mi jaula, vuelan por campos de tréboles
en los que tú no transitas desde que los trenes dejaron de pasar por nuestra ventana abierta al murmullo del
otoño que viene, los mismos que guardamos en fotos enmarcadas, en textos que reservo solo para ti, que no
regalo, nostalgia no controlada de tu cuerpo, no numerada. ¿Duermes, amor?, tu rostro está escondido
por la melena que agitas a veces para espantar ese deseo que se posa en la misma piedra con musgo, en los pies que
huyen sin saber donde. Déjame que calme el desasosiego, que nos abracemos como lo hicimos bajo el agua de
aquella piscina azul, los mirlos esperan en su rama, cuántos minutos llevamos así, las burbujas nos
delatan, me falta oxígeno, necesitamos el mar o la tormenta, que llueva o que de una vez por todas se sequen
todas las fuentes, que se caiga el campanario de la iglesia del cerro o que se cumpla el sueño de pasear por
esa playa casi desierta, solo esa pareja que envidiamos y que inventan el amor cada atardecer. Algo debe ocurrir y
los gemidos, algo debe pasar y mi ansiedad calmándose como un caballo después de una carrera - la
figura es torpe, pero está llena de notable parecido. ¿Sueñas, mi reina?, no sueñes, deja
que la noche nos lleve abrazados hasta el alba, hablándonos como adolescentes, como turbios adictos a querernos,
como los feroces amantes que somos, como las fieras que podemos ser, como el milagro de nuestros cuerpos enroscados,
palpitantes, sudorosos, enemigos, cómplices, uno. Verte así, desnuda, hace brillar el anillo de mi dedo,
llena mis ojos de lágrimas de alegría fluyendo como un arroyo del monte entre la niebla de anhelo,
delicada hembra tumbada a mi costado como una hurí pintada por Vargas, mi faz de Buck vibra y vibra, altera la
vena dorsal profunda y mis nervios se llenan de minúsculas esferas de energía brillante que saltan bajo
los músculos tensos, prestos, atentos. Sudo, bien, sudo y de entre mis labios, sin control, cae mi baba
mientras te miro y remiro y mis manos inventan alfabetos, dibujan estrofas que conozco y repito, como una
letanía, como perlas negras en una sarta que desgrano entre los dedos que se deslizan ahora a milímetros
del planeta incandescente de tu cuerpo bajo las sábanas que me llama y llama...
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