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La falla
Carmen Hernáiz

 

 

 

La he tenido frente a mí durante horas, mientras me paseaban por la mente sus años en mi vida, considerando cuánto tiempo más sufriré los recuerdos del tiempo en ella, hasta ser capaz de borrar de mi pasado sus paredes, sus esquinas, los cuadros, las lágrimas vertidas, las baldosas y los gritos callados días y más días.
La noche de hoy, calurosa y perfecta para la quema de ayeres que a fuego marcaron sufrimientos. La noche de hoy, fresca, lozana, plena de futuro.

Entré por la puerta principal como hice tantas veces y aún sabiendo que estos eran sus últimos minutos, la angustia de los años se me enredó en la ropa, se me ató al cuello, me ahogó la cintura y me oprimió como cuando vivía en ella y él amarraba mis días con su presencia y su singular tortura.

Fui directamente al lugar que más odio, al que más temía, al que más secretos guarda de todos los lugares de la casa. Las sábanas siguen igual que la última vez, tan de perfecta calidad, y el cuadro en la pared dominando todo.

Quemar el lienzo ha sido algo muy fácil. Los amantes se han fundido en el fuego de mi rencor mientras sus colores daban color al color de la luz de las llamas cada vez más vivas, más llenas de odio, ampliando más mi sonrisa y tiñendo mis recuerdos de un tinte de venganza ardientemente lenta.
El cuadro ha caído estrepitosamente sobre la cama, extendiendo el rojo y el azul rápidamente por las sábanas, hermosamente combustibles, vulnerables, indefensas y quizás también llenas de miedo.

Me agobiaba el calor pero quería verlo. El fuego destruyendo mi pasado en dosel de madera de lujo, extendiéndose por las mesillas, las lámparas, acercándose a la puerta, superando barreras a lengüetazos de fuego, llegando a la sala, cambiando de color los blancos sillones y las alfombras persas.

Desde el jardín, más tarde, la vista fue soberbia. Una magnífica falla sobre la hierba, de la que a veces reconocía objetos al desplomarse para siempre sobre el fuego.
El armario, los candelabros, el marco de una ventana, algunas tejas...

He comenzado poco a poco a recorrer por última vez el camino de subida, colina arriba. Alguien me espera para saltar hogueras en esta noche de San Juan en que he hecho arder mi pasado para siempre. Voy andando hacia lo nuevo y aún me sorprende tener entre mis dedos algo tan sencillo como una cerilla con la cabeza quemada.
A mi espalda se aleja la casa en llamas.



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