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Si el fuego no te arde ni el hielo te cerca (Francisco de Quevedo) M de la Fuente
Una casa colocada en la cima de una montaña que se eleva en espaciosa llanura, pierde de vista lo más lejano con el movimiento impaciente y mórbido de la hora del crepúsculo. La secreta fuerza de su mirar vehemente deviene en luz febril bajo la cual unas veces se descubren objetos que en otras es en vano el buscar. Ya se ven rocas y tierra suelta, ya un dilatado lago. Árboles y liquen, yerbas, plantas rastreras. Islas flotantes, residencia de aves, en el mismo paraje.
Cuando el adversario es tan rápido y fuerte alguien se dirige hacia el bosque donde la hierba no es dorada dando unos cuantos pasos inseguros; la tarde está hermosa, las hojas podridas en el suelo.
Sentado en la tierra, divisada ya la casa con balcones; brillante, sin estar adherida a objeto alguno.
El sol aquí, la inclinación con que me hiere, me adorna de viñas, me disgrega. Morir aquí pues me prende y no quiere soltarme el sol distante; en vano he querido aclimatarme a otras regiones.
La casa entre dos ríos tenía una escalera clara. En relatos de viajes siempre hay un lugar exacto en un paisaje misterioso y olvidado. La comarca parecía extravagante apenas el sol trabajaba sobre la colina.
El curso de los años haría que el tenue musgo que cubriera el edificio le hiciera perder su forma arquitectónica, sobreponiéndose el de un año al de otro, ocultando las ventanas, convirtiendo la casa en cima de un cerro.
Sin que por ello menguara la firmeza del sol. Inclinado el cuerpo que revelaba un vago temor, sobre aquellas primeras horas de la tarde.
Las viejas uñas transparentes de la casa tras la ordenada verja
La idea hollando el sendero espinoso que contiene el resto de sus posesiones
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