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'El Libro, tras la Duna'
Andrés Sánchez Robayna

Miguel Arnas

 

Vivo en una ciudad ni pequeña ni grande. Justa la medida. Leí sobre Sánchez Robayna, tuve oportunidad de deletrear alguno de sus poemas en revistas y publicaciones. Comprensiblemente, me entró el deseo de poseer alguno de sus libros de versos en el que pudiera devorar plácidamente, como haría un oso hormiguero, las hacendosas hormigas que con mi lengua pueda atrapar, en lugar de tener que buscarlas en el camino. ¡Oh, esa edición es del noventa y ocho!, está agotada, es ilocalizable, pasada, quizá la encuentre en una librería de lance. Hace años, muchos años, yo iba a las trastiendas de las librerías de lance para encontrar las novelitas pornográficas que no estaban en los anaqueles ni en los escaparates. Aquello me pareció imposible. Cambié de librería, y la misma historia. Hube de recurrir a la Biblioteca Pública. El oso odia verse obligado a escarbar o rebuscar, prefiere tener su hormiguero en casa.

Finalmente, se publica El libro, tras la duna: esa es la calva ocasión. Si se me escapa de las manos, pasará como el avión al que se llega con dos minutos de retraso.

Es autobiográfico, declara un tanto obscenamente la solapilla. Cualquier parecido entre lo que entendemos por autobiográfico y lo que entiende un poeta es coincidencia. Porque en la autobiografía de un poeta está su vida, lo anecdótico y físico, pero también mucho más, algo inasible, como es inasible el misticismo respecto de la religión.

Con esto, con lo autobiográfico, como con el resto de la poesía, el poeta describe, embellece o revela. Tal vez, la tarea más noble de la poesía sea la de revelar por el procedimiento de la intuición, por el sistema de asomarse pícaramente al brocal del pozo. ¿Y es realmente autobiográfico el libro de Sánchez Robayna?. Desde luego, si él mismo admite que tal extremo se imprima en la solapa, será porque lo es. ¿Y si fuera una autobiografía al revés?: No una formación sino una desformación. No sé, yo apunto a la diana, igual que el mismo poeta, no para atinar de lleno sino sólo para acercarme. En su conferencia pronunciada en la Universidad de Texas en el 84, citaba a su admirado Ungaretti hablando de la fragmentación, del pensamiento interrumpido, de lo sintético. Y sin embargo, en este libro desértico o marino (por la alusión a la duna) Robayna se extiende, como si quisiera colarnos la anécdota, lo narrativo de rondón, como truco poético. Y a mi entender lo consigue. Pero es sólo mi entender.

Sus temas de siempre: lo insular, el mar, la luz, la noche o la luna, el sonido como retratado a cámara lenta, el buceo en la relación entre el hombre y la naturaleza, (y Robayna no para de recordarnos aquello tan spinoziano de Deus sive natura, o lo que es lo mismo, que hablar de naturaleza es mezclar en el juego a Dios, un Dios místico, por supuesto, nada ceremonial, así como que el amor forma parte de la naturaleza, y esta afirmación suena a lo otro viejo de que maldita la sociedad donde hay que decir lo evidente) están ahí. ¿Es, pues, resumen, repetición?: es extensión. Al autor no le basta ya con asomarse al brocal: se lanza a la profundidad y mientras cae va recordando su vida, algunos casos que recordar no quiere.

La infancia, caracterizada por la luz, el paisaje y el juego (juego como asombro, descubrimiento), también por el sol. Un sol que desaparece y es sustituido por la noche en la edad siguiente, la adolescencia, aunque las estrellas vienen a iluminarla. Adolescencia desde la primera encarnación erótica de un sueño hasta los primeros versos y el asombro ante el mundo. Los viajes, donde se contradice un tanto ese tópico insular dado sobre este poeta. El amor que se enlaza con la mística o la metafísica, expresado en estos versos del fragmento 44: "Ahora que ya sabemos cuánto amor,/ cuándo sabremos, cuerpo, tu sentido". Y la madurez, donde la noche ya es dolor y mal, pero también mitos, historias, pintura, lenguaje, revelación.

Todo eso está en El libro, tras la duna. Pero también esto es una falacia, porque "la poesía es el tema del poema", como dice Stevens recordado por el mismo Robayna, la poesía, no la autobiografía. ¿Sería así correcto hablar de autopsicografía, como califica Pessoa, o más atinado decir autoneumografía, escritura del pneuma, del aliento o espíritu, del rúaj, que rezaría un místico hebreo?.

La exégesis exhaustiva de un libro sería el Quijote de Pierre Menard, además de superar las capacidades de cualquiera, y aún más las mías. Dejadme hablar pues de dos imágenes que se repiten: la nube y el libro. El libro, nombrado y renombrado, es la memoria o la vida en la que se lee, y es el libro de arena, eterno, borgiano, y es la historia generada a sí misma como en las mil y una noches, pero también es el libro del cuerpo y del alma, como recuerda en el fragmento 46, el cuerpo y el alma propio y el ajeno, los cuerpos o el cuerpo amado: "En el libro del cuerpo leí el alma./ Y comprendí que el cuerpo/ compone, con el alma, un solo libro,/ soberana unidad de un dios entero". El libro como metáfora. La otra imagen es la nube, nube envolvente que diluye formas, la nube del no saber. Y aquí hay que retroceder a San Juan de la Cruz y a los comentarios del mismo Robayna sobre él: hay que ser vidrio para dejarse traspasar por el conocimiento de Dios, y para eso hay que tener la transparencia del vidrio y su pasividad. Como la nube. Pero Robayna transforma ese vidrio en espejo: no menos pasivo, aunque en lugar de dejarse traspasar, refleja, y su reflejo puede ser deformante, y desde luego, siempre simétrico, inversor: lo que está a la derecha queda a la izquierda y viceversa, sin contar con la posibilidad del troceado, de la fragmentación: "Me vi multiplicado,/ no en los claros reflejos del traslúcido/ icosaedro de cristal de roca, sino en el estallido/ del espejo que, roto, reflejaba,/ dispersos, los fragmentos/ de un yo que formulaba una pregunta/ y conoció tan sólo su vacío", proclama en el fragmento 50. Esa es la nube del no saber: la inocencia y el asombro, el asombro en el sentido en que Miguel Espinosa decía que sus novelas eran teológicas. En esa nube del no saber, Robayna piensa ingenuamente el arte, el amor o la otredad, la religión, el sí mismo: "Es la nube clarísima/ del no saber, la nube/ interna del amor/ y la contemplación..." "...Ignorarlo/ es una forma de conocimiento" dice también en el fragmento 10.

Por último, la simetría. El primer fragmento es un amasijo de alusiones: desde "la mer toujours recomencée", al "coup de dés"; desde lo que siempre recomienza, porque todo comienzo es parcial, hasta el juego infantil (asombrado) con el azar. También el segundo es un deporte con la misma idea. Pues bien: en el último fragmento (el 77, como si el poeta quisiera aludir a las setenta veces siete bíblico) aparece el mar y el juego de dados.

De esos 77 fragmentos (porque a Robayna le gusta hablar de fragmentos, no de diferentes poemas, pues según él todos los poemas de este libro forman un solo poema) que lo integran, unos son de una belleza diamantina, en el sentido de nube del no saber del que hablaba antes, mientras otros son "prescindibles" si es que se puede hablar de tal cosa en la obra de un escritor que, pues incluye esas aclaraciones anecdóticas en su obra, será porque las considera imprescindibles. De entre los primeros destacan los fragmentos 46, 21, 19, 74, 76 (mejor la segunda cuarteta) o el 62, dignos de los más grandes líricos. De entre los segundos, tal vez el 15; pero aun en éste, se salvan tres impecables endecasílabos: "Yo no sabía aún de los errores/ de recomposición de aquella máscara,/ ni de espejismos ni de desengaños". Y es por ello, precisamente, más grande el libro: ¿quién recuerda todos y cada uno de los momentos de su vida, quién los encuentra todos bellos?. Ni Funes. ¿Se podría llenar un libro con mil versos perfectos?: la luz sería tan potente que, deslumbrados, nos declararíamos incapaces de leer. Habida cuenta lo que asegura Gottfried Benn, que un poeta lírico puede darse con un canto en los dientes si pergeña en toda su vida tres versos memorables, sólo tres, Robayna puede morir tranquilo, con esa media sonrisa en la muerte que da la satisfacción de haber vivido.

Resumiendo: recomendable una lectura atenta, gozosa, de esas de sofá, estufa cercana, ropa cómoda y copa de coñá. Una lectura que se puede hacer de una vez, conjunta, cosa harto difícil en un libro de poemas, de hábito más tendentes a la lectura colibriesca: libación y vuelo, libación y vuelo.



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