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Epopeya
Antonio Redondo Andújar
I Y todo era azul, azul como la sangre de los ángeles hermafroditas. Y yo quería irme, pero tu sonrisa de diablo me cercaba y corrían mis lágrimas como la sangre en el ara del dios y las estrellas se movían en el vértigo del cielo. Una estatua rota sangraba bilis mística y unos sarracenos -rojos por la sangre- miraban a los astros cuando la muerte les rozaba con su azada heráldica. Y todo era azul, azul, azul como la sangre de los ángeles hermafroditas y caídos. Y yo no sabía decir: "Satán, ¡vete de mí!" y la tierra me mezclaba con sapos y escolopendras y miraba a ese ojo que siempre me busca y quería ser azul, azul, azul como la sangre de los ángeles hermafroditas vírgenes.
II Vendrá a mí, como un designio, lo glauco y lo sutil, acostumbrado mi sueño a magnolias penitentes. Como rumor de pájaros varados en lo extinto, vago por las esferas palpables del misterio y me sumerge –inútil– mi caminar de lepra y sordidez. Mi brazo está anudado a mi espalda desnuda y siento las palabras como siento cerrarse los párpados de un fugitivo amor. Miro de frente y temo que la vida se escape sin proclamar que aún no es el momento. Un demonio agotado criba mis pensamientos con desgana. Apasionado temo –siempre temo– la llegada extranjera de una luz nombrada, pero no descifrada por heraldos sombríos. Dejo sumir la noche en sus espasmos –escapando de mí el placer consentido– para jamás cortar los lirios, la belleza que encierra la estación primordial del color. La pureza nace en mí y un estático viaje se adueña del silencio. Contemplo, entonces, la desnudez de todo y se la apropio a un cuerpo de mujer. Una lluvia de néctar viene a apagar mi sed vertiéndose en mi sueño, acostumbrado a magnolias penitentes.
III Cayó una tormenta sobre todas las cosas. El espíritu ausente recobró su altivez. Las flores derramadas en ancianas cabezas, como altar veneradas... ¡Oh bella profecía! ¡Bella paz descubierta cayendo sobre todo! Se incendiaron las frases que tanto nos mintieron: frases que tanto amamos, frases que bendecimos, malditas frases necias que nos equivocaron. Y cayó sobre todo la tormenta asesina. Y el lodo que ocultamos en muñecas sin brazos, el lodo que lascivo cubrió nuestros desnudos, se fundió mansamente con las gotas de lluvia. Y cayó sobre todo la tormenta del tiempo, sobre nosotros mismos.
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