|
![]() |
||
![]()
|
|
Cenizas
Francesc Pedragosa
Introducción: Cenizas, despojos, zolochos. ¿Qué importancia tiene si el agrimensor que tamizó los granos de arroz, era zurdo, bizco, o tartamudo? Si terrícola, marciano, o ciudadano del Universo, hombre, mujer, o trifásico. Si sabia explicarse a base de bien, o se liaba como se lía un caliqueño. Si era un pringado, un borracho, o ambas cosas a la vez. Nada. No juzguemos antes de impartir: primero la condena, luego la sentencia. No prejuzguemos al mensajero por llevar un mensaje erróneo, o lleno de faltas ortográficas. Divaguemos primero; luego, centrémonos en lo que realmente importa del asunto. Cuestionemos los altos índices de colesterol en las carnes de gorrino; después, felicitemos efusivamente al poeta por no haberse callado la boca cuando le tocaba y debía. Lo doy todo por mal empleado. Es más, rizando el rizo de lo absurdo. Ahondando en la herida, me atrevería a decir que su aportación en eso de las letras Papua latinas fue un notable alto, tirando a suspenso bajo. Con una Minorista de ecuación como la que preside el altar de los despropósitos, no existe grumete capaz de enderezar el rumbo de la Nave. Va, sin perecer de noble hastío; subvencionada en el intento, prolongada en tiempo. No hay más cera que la que no arde, señores. No hay más incompetencia de la que no se ve. No hay más loco que uno conocido, ni más cenizas de las que veis aquí.
Cenizas: De esas cenizas que ahora reposan
Rifirrafe fatale: A mi alrededor pasa la vida sin que pueda atrapar más que fragmentos dispersos, de los que no me es dado interferir. A las siete traen la cena. A las diez se apagan las luces. A las diez y diez ya todos duermen. Me siento como un bacalao tendido sobre la cama, a punto para desecar. Por dentro parezco que estoy vivo, pero me siento consumido, seco, cuarteado como la tierra privada del agua nutricia. A la tenue luz de la vela, en el quebradizo silencio del manicomio, chiss! Entre gritos y demandas de compañía, repaso antiguas poesías. Me gusta la estética perfeccionista, precisa, concisa de los orfebres de la palabra meditada. Pero, dentro de mí existe otro que pugna por salir. Ese otro vivaracho, detesta mirarme fijamente a los ojos; escribir sin atisbo de anarquía, magnificarse. Citar constantemente pensamientos de otros. Centrarse en la forma, y no en los contenidos. Me olvidé de sonreír. A veces la locura trae ese tipo de cosas. Cuando los muertos duermen, me siento pausadamente a escribir circunloquios para acallar esa soledad que me acecha, agazapada tras unas sombras con largas manos de largos dedos, que la débil luz de la única vela no logra disipar. Persigue asimilarme, como ese otro que me odia tanto, como yo lo odio a él. Ambos nos empecinamos en practicar el innoble arte de morir matándonos. Las voces cargadas de histerismo ya no nos alcanzan más, así como sus asquerosos homenajes póstumos. Soy el hombre que tomó prestado un "concepto", y lo usó de cuerpo presente hasta quedar encasillado de por vida.
Revenhard fínale: Me bautizaron con agua del grifo, quizá por eso no paro de beber cazalla con cocacola, que me parece sangre y sesos de psiquiatra. Me doy contra la pared con la única finalidad de perder la conciencia. Aún así, la dicotomía es mi refugio. Deberían darme el Nobel por el vómito de toda una vida. Pero, tampoco lo necesito. Que se lo metan por donde les quepa, y muera mi cuerpo en paz. Que de una vez vuelva a la tierra, de la que no debió salir nunca desnudo. Pues, ya al segundo día de nacer, agarró una buena pulmonía.
|
|
|
presentación | números anteriores | mención adamar | galardones | mapa web | lista correo pliegos adamar | las voces del árbol inicio
© 2002
- Revista de Creación |
|||