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Crónica de "Otredad"
Rafael Arnedo Gómez

 

 

Su marido subrayó que no la había visto desde el día anterior a las once en el Rocamar y que llegó allí siguiéndola. No declaró en principio nada más. La portera, mientras sacaba la basura, la vio subir a las once y media y bajar nuevamente a las doce con un chal en la mano. El camarero del Rocamar dijo haberla visto entrar a las diez y sentarse en una mesa del fondo con gran nerviosismo. Posteriormente el mismo camarero recordó que había entrado en el bar otra mujer, que se sentó como media hora con ella y se fue muy crispada, tropezando con uno de los clientes. Y añadió que ella siguió allí hasta eso de las once, fumando un cigarro tras otro y bebiéndose un gintonic. También declaró que no la vio salir, aunque uno de sus compañeros dijo haber visto como salía a través de la cocina, por la puerta de servicio.

Su móvil apareció en el bar, lo había olvidado encima de la mesa. Tenía un mensaje grabado: "Dame una explicación". El número remitente era el 651876543 y no pudo identificarse al propietario. Era un móvil con tarjeta.

En posteriores declaraciones la portera dijo que no se fijó en su aspecto esa noche. Tan solo recordaba el detalle de que llevaba un chal en el brazo y un paquete pequeño con aspecto de regalo. El marido había reconocido que le perdió la pista en el Rocamar. Dijo que se despistó y no la vio salir, que entró y preguntó por ella al camarero, describiéndole su aspecto, y le contestó que había estado allí hacía un momento pero no la había visto marcharse. En un principio no quiso decir por que la seguía pero, después de un tiempo de interrogatorio, reconoció que sospechaba que se veía con alguien y que últimamente su comportamiento le resultaba un tanto extraño, aunque no podía asegurar que tuviera un amante. A base de enseñar su foto la policía averiguó que, entre las seis y las siete de la tarde de ese día, entró en una tienda del barrio para comprar un CD de Juan Manuel Serrat, "Sombras de la China", que pidió que le envolvieran en papel de regalo.

El inspector Pozas, después de un mes de búsqueda, reconoció ante el marido que apenas tenía pistas, aunque le ocultó lo que había declarado uno de los compañeros de trabajo de su mujer: que a veces iba a esperarla a la puerta de la oficina un hombre de unos cuarenta y tantos años, bien parecido y algo canoso. Otro de sus compañeros coincidió en la descripción del hombre que la esperaba, pero añadió que el último día que asistió al trabajo la estaba esperando el mismo hombre y que ella se negaba a hablar con él, aunque lo intentaba una y otra vez siguiéndola por la acera. Y además declaró haber oído a ella decirle a él algo así como "se terminó, ya te lo he dicho", un momento antes de que desapareciera en un taxi y él se quedara como clavado en el asfalto.

La cocinera del Rocamar, muy misteriosa, comentó al inspector Pozas en otra de sus visitas que había oído parte de la conversación de las dos señoras que estaban sentadas a tres metros de la ventana por donde servía las comandas. Una, la más guapa y elegante, le decía a la otra que la dejara tranquila, que se había equivocado de mujer, que no la importunara más. Y la otra le contestó que no le hiciera lo blanco negro, que no tratara de hacerla comulgar con ruedas de molino, que ella sabía muy bien de que hablaba y que se había enterado de que no era la única que se veía obligada a tener con ella una conversación como esta, que eran legión; que si seguía con esa vida terminaría pagándolo, le costaría caro.

Se supo más tarde que en el móvil que se dejó en la mesa del bar había varios mensajes en "guardados para salida" que, según el informe que la empresa de telefonía móvil envió a la policía por orden judicial, habían sido enviados a teléfonos diferentes, todos ellos con tarjeta prepago y usuarios no identificables. Eran mensajes de despedida muy parecidos: "Es necesario que lo nuestro termine. Te Recordaré siempre"; "Deja de mandarme mensajes, no los leeré"; "No insistas, no tiene remedio". Había dos enviados al teléfono 651876543, el mismo del que recibió el mensaje estando en el Rocamar. Uno decía escuetamente: "Se terminó y me terminé". Y otro: "Por fría que sea mi noche triste, no echo al fuego ni uno solo de los besos que me diste". La agente Villegas, muy aficionada a la música, identificó el segundo mensaje como una copia literal de la letra de una de las canciones del álbum de Serrat "Sombras de la China".

Cuatro meses después el marido había abandonado el piso en donde vivían. Aún así, asintió a la petición del inspector Pozas, que le rogó que le acompañara porque quería hacer otro registro. La vivienda pertenecía ya a otra mujer, que la había comprado a través de una agencia aceptando quedarse con la totalidad del mobiliario. Era una mujer con buena planta y un tanto altiva. Los dos hombres revolvieron el piso y no encontraron nada de interés.

Pozas descubrió ese mismo día que la desaparecida había desvalijado a su cónyuge, dejando a cero las sustanciosas cuentas bancarias y otros fondos de inversión. Así lo reconoció el afectado. Aprovechando la conversación con el marido, el inspector le rogó que hiciera memoria, que intentara recordar si conocía de algo a la nueva propietaria de su antigua vivienda. Y dijo no haberla visto nunca en su vida. Al regresar otra vez a la casa y mostrar la foto de la desaparecida, la nueva propietaria dijo no recordarla. El inspector llamó la atención a su subordinada sobre el hecho de que la interrogada hubiera dicho "no la recuerdo de nada", en vez de "no la conozco de nada". Le daba mala espina, y ordenó a Villegas espiarla y registrarle a diario la basura.

En otra ciudad lejana al lugar de los hechos, en la lujosa y renombrada clínica de la calle Fontibre, el gerente declaró al inspector Pozas haber emitido la factura que la agente Villegas encontró revolviendo inmundicias. Y cuando mostró la foto de la desaparecida al doctor Ninot y éste dijo conocerla muy bien porque era una de sus mejores clientes, Pozas emitió un leve carraspeo y miró con complicidad a su subordinada. Y fue precisamente entonces cuando entendió el significado del texto de un fichero que había extraído ilegalmente, en un descuido, del ordenador de la nueva propietaria de la vivienda tantas veces registrada:

"...se equivocan quienes creen que pueden emprender una nueva vida en un paisaje geográfico y humano distinto al de partida. Se engañan o ignoran que, vayan donde vayan, les perseguirán los mismos fantasmas. Para cambiar de verdad es necesario permanecer impertérrita viendo las mismas caras, conviviendo con los mismos objetos; recuperar a los mismos amantes, a los mismos amigos bajo distinta apariencia e intentar ser otra y que te vean los mismos como otra, porque ellos son el único espejo que puede mostrarte tu OTREDAD".

El doctor Ninot revolvió su archivo y mostró a Pozas dos fotos, la de la desaparecida y la de la nueva propietaria. Dos caras distintas. Las de antes y después de la operación.



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