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El Delirio Melancólico
Guadalupe Beatriz Aldaco

 

"Vivere nolunt, mori nesciunt."
(No quieren vivir, y no saben cómo morir.)
SÉNECA

La célebre obra de Robert Burton, Anatomía de la Melancolía, impresa por primera vez en 1621, hace referencia a prácticamente todos los aspectos conocidos hasta entonces sobre el padecimiento. Considerada por muchos una obra maestra, escrita por quien fue calificado como el "Montaigne inglés", en la Anatomía se incluyen desde las interpretaciones más antiguas del fenómeno hasta las que en ese momento prevalecían como parte del enfoque neogalénico. Por sí solo, el título de la obra revela una concepción básica de la medicina en ese tiempo, que se sitúa en plena correspondencia con el Corpus Hippocraticum: la inexistencia de una división entre las enfermedades del cuerpo y del alma. Apoyándose en decenas de autores (lo que ha provocado que algunos especialistas, sobre todo contemporáneos, menosprecien la labor del autor inglés en tanto, dicen, ésta se reduce a una revisión exhaustiva del tema, con escasas aportaciones), e incluyendo, además de los textos filosóficos de rigor, obras literarias y pasajes bíblicos, Burton expone, con acuciosidad de botánico, la naturaleza del drama melancólico: sus causas, sus síntomas, los sentimientos y las pasiones que caracterizan a ese "estado mórbido del cuerpo y del alma", y los tratamientos adecuados para cada una de sus múltiples variantes.

Las abundantes referencias incluyen, entre muchos otros, a Hipócrates, Platón y Aristóteles, de la filosofía antigua; a Cicerón, Horacio y Séneca, de la literatura latina; a Erasmo, Vives, Lipsio, Montaigne y Bacon, de los estudiosos "modernos". Riguroso, Burton realiza un extraordinario análisis comparativo entre las diversas y con frecuencia contradictorias interpretaciones de la enfermedad. La obra trasciende su motivación de origen pues se presenta como un solemne tratado sobre el alma y la condición humana. La fragilidad de los hombres, presas fáciles del capricho de Dios, del demonio, de los astros, del clima, de los fantasmas y los hechiceros, e incluso de su propia herencia, entre otras fuerzas naturales y sobrenaturales, se desnuda sin cortapisas para intentar encontrar una luz que explique el extravío de esos otros seres, aún más indefensos, que han caído víctimas del delirio melancólico.

Fue Hipócrates (460-375) el primer médico que consideró a la melancolía como síndrome clínico. Como es bien conocido, el concepto de enfermedad se centraba entonces en la teoría de los humores, según la cual todas las patologías son el resultado de un desorden o perturbación en el equilibrio humoral, es decir, en la interacción de los cuatro humores o sustancias corporales: sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema. Cada una de ellas se corresponde con los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua, al tiempo que es la combinación de dos de las cuatro cualidades: cálido, húmedo, seco y frío. Según la predominancia de cada uno de los humores se definen los cuatro temperamentos o tendencias emocionales: sanguíneo, colérico, bilioso y flemático. La enfermedad aparece por el exceso o la corrupción de alguna de las sustancias humorales.

La melancolía recibe tal nombre de la causa material de la enfermedad: la bilis negra (melas: negro; chole: bilis), que es un humor frío y seco, lo que impide su corrupción y explica que sea un padecimiento en el que "no hay fiebre". ("La melancolía ha sido descrita como un humor frío, seco, espeso, negro y ácido..."). Es, dice Burton, un mal que se origina en la imaginación, de ahí trasciende a la razón y al corazón, y luego a otras partes del cuerpo como el estómago, el hígado y el bazo. El estado de melancolía se caracteriza por sentimientos como la tristeza y el miedo, que, convertidos en hábitos, pueden llegar a ocasionar la muerte. En cuanto a sus síntomas, la variedad de éstos es "mayor que la de las lenguas de Babel y tan grande como la de los rostros humanos". Se distinguen hasta 88 grados de melancolía "según que el individuo esté más o menos hundido en ese abismo infernal".

Una permanente angustia del alma; desvaríos en el discernimiento y la voluntad; pérdida de la razón; alteraciones en la facultad de expresión; desvaríos en las opiniones y las creencias, temor, tristeza y aflicción sin causa aparente, son algunos de los estados que caracterizan al ente melancólico. Entre los más predispuestos a la melancolía sobresalen los "misántropos por naturaleza, los grandes estudiosos, los amantes de la vida contemplativa, y los poco activos". ("San Agustín sostiene que ya Caín era un enfermo de melancolía"). Es más frecuente en los hombres, pero cuando afecta a las mujeres causa peores trastornos. La melancolía adquirida -distinta de la "natural", que se puede contraer en la vejez -sobreviene cerca de los 40 años, "aunque algunos autores han dicho que puede ser a los 30 o a cualquier edad". La melancolía es, por defecto, dice Burton, todo lo contrario a la dicha y la satisfacción. Sin embargo, no se le debe confundir con la tristeza, ya que si a ésta "le diéramos el nombre de melancolía (...) llegaríamos a la conclusión de que es el carácter inalienable de toda moral". Aunque todos los hombres, sin excepción, pueden ser presa de la enfermedad, sólo en algunos se convierte en un hábito difícil de erradicar.

Las imágenes que San Crisóstomo utiliza al definir la melancolía dan una idea del duro trance que ésta hace experimentar: "Cruel tormento del espíritu y germen ponzoñoso que consume el cuerpo y el alma, roedor del corazón, verdugo en constante actividad, noche interminable, tinieblas profundas, tempestad, fiebre oculta, ardor peor que el fuego y lucha interior que nunca acaba. Atormenta más que un tirano y no existe tortura o castigo corporal que le sea comparable. El rostro se transforma, la mirada se apaga".

Las pasiones son la principal causa de la melancolía. En la mayoría de los casos, aunque éstas pueden contenerse, "ejercen un influjo dominante y tienen la violencia de un torrente que se desborda e inunda tierras sembradas". Burton se refiere específicamente a la "imaginación perturbada", que, al transmitir falsas impresiones al corazón, ocasiona graves alteraciones: los humores, la actividad anímica y el temperamento sufren trastornos y todas las facultades del cerebro son perturbadas por los sentimientos de miedo y de congoja. En el aspecto físico se alteran la digestión y los principales órganos del cuerpo.

Por las características de su estudio, Burton acepta, sin descartar tajantemente ninguna, las múltiples causas conocidas de la melancolía. Así, el "Altísimo", "por medio del sol, la luna y los astros, que emplea como instrumentos", puede castigar al hombre con dolencias y calamidades. El demonio causa la melancolía "maligna" que se caracteriza por accesos de ira. Los magos y hechiceros también son los responsables de que cunda el humor melancólico, mientras que la influencia de los planetas, de las esferas celestes y de las estrellas es decisiva. Maléfico mayor, Saturno tiene una ascendencia terrible en el ánimo de los melancólicos. Burton hace alusión a la melancolía "benigna" del emperador Augusto, "resultado de la conjunción de Saturno y Júpiter en Libra", y a la "maligna", que "deriva del encuentro entre Saturno y la Luna en Escorpión". Otra causa directa del síndrome melancólico reside en la atmósfera y el clima. El excesivo calor ("muchas mujeres de aquella ciudad (Venecia) contraen la melancolía por permanecer demasiado tiempo bajo al acción de los rayos solares") y el frío extremoso lo provocan, al igual que los cielos brumosos: "En los países de cielo comúnmente nublado los habitantes tienen un aspecto sombrío o más bien tétrico y se muestran malhumorados. (...) Las personas tienen un aspecto triste, denotan torpeza y pesadez en sus movimientos y gran abatimiento; se muestran irritadas sin motivo aparente y las invade la melancolía". La soledad, el apartamiento voluntario del trato social es característico de los melancólicos, y los hace asemejar "esfinges", seres que viven fuera de la realidad. La melancolía que sobreviene al ocio es "una verdadera tortura, a tal punto que el sabio Séneca bien pudo decir: Malo mihi male quam molllitur esse (preferiría estar enfermo antes que verme condenado al ocio)".

En cuanto a los síntomas, es sorprendente que el registro de muchos de ellos se corresponda tan exactamente con los diagnósticos actualmente vigentes de los trastornos que acompañan a la depresión, por ejemplo: El miedo anticipado originado por una visión pesimista y catastrófica de los acontecimientos futuros ("piensan obstinadamente en peligros, pérdida, privaciones, desgracias..."); accesos inexplicables de risa y llanto ("suelen tener accesos de risa y denotar una alegría extraordinaria, pero en seguida caen en una especie de embotamiento y vuelven a mostrar su tristeza característica", una variante de la maniaco depresión); alejamiento de toda compañía por temor a ser agredidos; dificultad para "ser contentados" y rechazo a los consejos y opiniones ajenas; disgusto por casi todas las cosas y un tedio invencible (el toedium vitae de los latinos); inconsistencia en los deseos ("lo que les atrae en un momento en otro les causa aversión"); interpretación equivocada o exagerada de las cosas, lo que les provoca un enojo infundado; apasionamiento excesivo ("cuando quieren algo lo quieren con toda la fuerza de su voluntad, con furor); violencia contra su propia integridad corporal; desde el punto de vista físico recurrencia de temblores, respiración anormal, escalofríos, palpitaciones cardiacas. Séneca se refiere a quienes padecen un cierto tipo de descontrol en la alimentación (al que ahora se le denomina "bulimia") como individuos que "comen para luego vomitar y vomitan para poder seguir comiendo".

Lo que hoy conocemos como fobias están formidablemente descritas: Sujetos que no pueden salir de su casa por temor a sufrir un desmayo o un ataque mortal; que no se atreven a atravesar un puente o transitar cerca de un lago o barranco; que viven atemorizados porque piensan que han de contraer cualquier tipo de enfermedad.

Por lo regular, concluye Burton, los melancólicos suelen ser personas sensatas y discretas, de simpatía, de amplia cultura, formales en sus actos y que obran con dignidad, pero que han sido víctimas de la más honda congoja. Su descontento puede provenir de circunstancias que atañen a su propia persona o a los demás, inclusive de asuntos públicos o de acontecimientos no sólo presentes sino pasados y futuros. Aunque la existencia les resulta insoportable, comúnmente no llegan al suicidio.

La Anatomía de la Melancolía es la obra de un melancólico. Enfermo de melancolía, Burton, quien firmaba como Democritus junior, la escribió como una forma de procurar un lenitivo a sus padecimientos. Gran parte de su vida la dedicó a documentarse sobre la enfermedad. Su epitafio expresa esa realidad:

Paucis notus; paucioribus ignotus,
Hic jacet Democritus junior
Cui vitam dedit et mortem
Melancholia

 

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La edición que me ocupa, una versión resumida de 1947 (Buenos Aires, Espasa Calpe), hace poca justicia a la obra original, que fue traducida por vez primera vez al español, en forma completa, en 1997, por la Asociación de Neuropsiquiatría de España (Madrid, Siglo XXI). Esta nueva edición consta de tres tomos, mientras que la argentina apenas de un centenar y medio de páginas.



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