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Dos fieras mentes de nuestras letras
A María Zambrano, a su libro Filosofía y poesía, se debe la frase fundamental: "La poesía es lo único rebelde ante la esperanza de la razón. La poesía es embriaguez y sólo se embriaga el que está desesperado y no quiere dejar de estarlo. El que hace de la desesperación su forma de ser, su existencia". Aunque escribió muy pocos poemas -conozco tres-, en su obra filosófica, sobre todo a partir de Claros del bosque, hallamos siempre ecos de la palabra poética, que es aquella que está "encinta de significado". Por su parte, Rosa Chacel, que, lejos de todo acento dionisíaco, consideraba la famosa "Cabeza de Gall", modelo de médicos, como la Minerva del siglo XX, sentía, por el contrario, la poesía dentro de las normas clásicas, si bien se hallaba tan dotada para este menester, que sospechando una posible artesanía -quien hace un cesto hace cientos, solía decir a este propósito- abandonó el que había sido arte de su niñez por la prosa. De todos modos son numerosos los poemas que nos dejó, y entre ellos un libro escrito durante la juventud, empezado a la limón con Rafael Alberti, también amante del metro y la rima, cuyo propósito era escribir sonetos rigurosamente clásicos, pero de contenido "ultra" o surrealista. Se trata del libro A la orilla de un pozo. Alberti abandonó el intento tras el primer poema, pero Rosa continuó y el resultado fueron unos sonetos en clave, que, en general, sólo el destinatario podía interpretar. Entre ellos figura el dedicado a María Zambrano, donde alude a sus amores con Zubiri, el "lirio negro", siendo María "la ebúrnea rosa". Rosa y María, estas dos grandes figuras de nuestras letras, ambas discípulas de Ortega y Gasset, vivieron una amistad que interrumpió el exilio. El azar me hizo amiga de ambas y cuando María Zambrano regresó a España, me pidió que fuera a verla con Rosa Chacel. Así lo hice y recorrí con ella medio Madrid para encontrar un hermoso ramo de simbólicas rosas blancas que quería ofrecerle. De este modo fui testigo privilegiado y exclusivo del único encuentro que ambas sostuvieron entonces. La conversación fue vivísima desde el primer momento. María, casi sin preámbulo, le dijo: "Tú me casaste", y añadió que, a pesar de llevar tantos años separada, él no quería divorciarse. "No hay manera de soltar eso -recalcó-. Es culpa tuya". Rosa se rió y dijo: "Debe ser". Y María: "Será, porque tú inmortalizas todo lo que tocas". Más adelante, ante mi asombro, ambas se declararon católicas. María hablaba de su pueblo natal: "Os voy a decir algo que os va a horrorizar. Que allí tengo mi tumba. Tengo un panteón, lo cual trae muchas complicaciones, porque me tienen que trasladar cuando me muera." "Esto no es ningún problema", dijo Rosa. Y ella: "¡Ya lo creo!, porque en mi testamento me he declarado católica, entonces me tienen que dar el permiso eclesiástico para cambiarme de diócesis. Me he declarado católica pero no soy…" Y Rosa: "¡Ya, claro! Si dice uno ¿eres católico? Pero, señores, lo soy porque así me hicieron, y lo así hecho ya no se deja. Hoy día soy un pésimo católico…" Cada palabra dicha, pensadas las de María, impulsivas las de Rosa, nacía con un peso añadido, el de la historia, y con una expresión, que la subrayaba, acaso también de la época, un tanto teatral, equivalente a la que se capta a través de alguna de las fotografías que acompañan a estos dos poemas que hoy presentamos.
A María Zambrano
Una música oscura, temblorosa,
Rosa Chacel
Para Edison Simons
El agua ensimismada ¿piensa o sueña? El árbol que
se inclina buscando sus raíces el horizonte, ese fuego intocado ¿se piensan o se sueñan? El mármol fue ave alguna vez, El oro llama; El cristal aire o Lágrima ¿Lloran su perdido aliento? ¿Acaso son memoria de sí mismos y detenidos se contemplan ya para
siempre?
María Zambrano
1950,
Roma (antes de abril)
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