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Veleta de la Curiosidad
Los buenos diaristas van dejando en sus páginas, esas gotas de agua clara que empapan nuestro ánimo, nos conmueven. y traen a la memoria, a través de la evocación, momentos de nuestra vida, y sugerencias de otras vidas, que fueron o pudieron ser y sentimos próximas, dada la similitud en esos aspectos comunes a la condición humana. Es el genero literario aludido difícil, a pesar de la aparente facilidad. Los ingredientes anecdóticos pueden ser los mismos, si bien es en la manera de expresarlos donde puede estar el caminar luminoso de quien los guía, su voz susurrada en la verdad del acontecer, como si la vida se entregara en cada anotación para surgir como un destello. Quien escribe sabe que parte de un compromiso moral. Sabe también del posible e incierto devenir durante el recorrido. Él mismo puede asombrarse ante los hallazgos, o las decepciones. Sabemos muy bien que todo hecho de escritura es un riesgo. DIARIOS José Luna Borge Miércoles, 1 de enero de 1997 La ciudad ha amanecido gélida y envuelta en niebla. Las últimas palabras de ayer en este cuaderno han resultado premonitorias: el nuevo año me recibe cubierto de niebla para dar los primeros pasos. Uno va a tientas, como en este cuaderno en el que he abierto una nueva ventana con nuevo guarismo; ventana blanca de papel cuadriculado a través de la cual tendré nuevas vistas y estarán a mi alcance paisajes desconocidos. Estos primeros pasos en la niebla no sé adónde me han de llevar, tampoco sé adónde me habrán de conducir estas páginas, blanco misterio que con el transcurso de los días habré de descifrar. Un diario es un camino secreto en el que nos adentramos sin conocer su trazado un poco a tientas, como los ciegos y la osadía del cazador sobrado. Cuando la niebla es espesa, hay recodos en los que podemos quedar entornados como un carro atascado hasta el eje, en un camino vecinal un día de lluvia. Salir de esos recodos de incertidumbre y aguacero cuesta la misma vida. A veces se sale sin saber muy bien cómo, otras, en cambio, queda uno allí para los restos, destartalado como los trillos viejos en las eras que hoy nadie usa. El viento de la vida sopla en direcciones insospechadas y a uno le lleva donde a veces él quiere ir y otras, donde no hubiera pensado estar nunca. En esta contradicción reside el secreto del diario vivir y del curso de los días, de los nuestros, los de cada uno. Reflejar por escrito este camino y lo que vamos encontrando en su curso, puede ser un consuelo, un desahogo, una nebulosa o pura costumbre, pero esa precariedad es, en definitiva, lo que uno tiene más a mano para seguir andando y, a veces, lo único. Hoy toca hacerlo a tientas, pero, sin duda, mañana un aire fresco disipará esta niebla y podremos tener una vista adecuada del paisaje que nos espera. Andar es necesario (Navigare necesse est) aunque sea entre nieblas o por campos y trochas impracticables. Pararse, en cambio, es un poco como entregar las armas y esperar a que llegue la muerte (Vivere non necesse est). La vida o se toma o se deja, un diario es el reflejo de la vida de quien lo escribe, sin inventos ni mixtificaciones. Quien vive una vida cierta, puede llegar a escribir un diario convincente a poco que le acompañe el estilo. Quien, en cambio, no la vive, tendrá que inventarse el diario poniendo el énfasis en el estilo y no en la vida que es lo que debería interesar. En muchas ocasiones un buen estilo logra ocultar un gran engaño y eso es muy grave. Espero que estas páginas puedan, al menos, reflejar con dignidad lo que fue la mía y, al final, poder decir: ése fui yo, por ahí fueron mis pasos y por esas trochas anduve perdido.
Lunes, 18 de agosto de 1997 Atrás quedó Sahagún, la vieja casa y tanto afán, no sé si inútil, por mantenerla en pie. Algún terco fantasma se paseará por sus plantas o por el patio y el corral, como hacía mi madre en los últimos años. Ese anual rito de limpiarla y acondicionar los desperfectos ocasionados por un año de abandono para después abandonarla de nuevo, cuando precisamente está para ser habitada y quedarse una temporada, durante otro largo año; ese inútil y sentimental rito no conduce a nada. Todo queda allí inane y abandonado a su suerte, a la espera de unas manos que acudan a cuidarlo. Ahora, después de la limpieza general y de las pequeñas reparaciones, es cuando mejor se está allí. Sentarse en la galería a leer o a contemplar los árboles frutales y la yerba del corral con el pozo, es pura delicia, es como participar un poco de esa silenciosa y apagada melancolía que va dejando el tiempo en las cosas. En esos espacios naturales y tan fuera del mundo, el tiempo es lo que pasa, el que se adueña de todo, quien impone su ley en el musgo y el verdín de las tejas o en la carcoma de la vieja y cansada madera. Estar allí es participar y fundirse un poco con ese misterio que deja el paso de los días y de las estaciones. Los dos últimos años de mi madre, solitaria y silenciosa habitante de la casa, tuvieron que ser de una intensidad (y de una tristeza) fuera de lo común. ¿En qué pensaría durante aquellos intensos y solitarios paseos, apoyándose en la cacha de mi padre, por el patio y el corral? ¿En qué diarias meditaciones y melancolías andaría metida, aquella pequeña alma tan miedosa y sensible, rodeada de tantos recuerdos y fantasmas?. Cada vez que voy a esa casa pienso en la ruta que hacía mi madre, tan lenta en movimientos y achacosa en sus últimos días, a lo largo del patio para completar los dos quilómetros que le había prescrito el médico. Su pequeño y encorvado fantasma sigue caminando, con pasos maltrechos, por aquel paraíso rodeado de parras (con uvas ya casi maduras), de árboles y con un tupido laurel que le plantó mi padre en el patio para que cuando necesitara hojas para los guisos no tuviera que salir más que al patio y cogerlas del árbol (también le plantaba, todos los años al pie del laurel, una diminuta era de perejil y al lado de ésta unas cuantas matas de fresas). Así era aquella casa y así es ahora, sólo que clausurada, como si viviera exclusivamente de recuerdos porque en ella no cupiera más vida.
[De Veleta de la curiosidad. Pasos en el agua (Zaragoza: Prames, 2003)] Sábado, 14 de enero de 1995 Hoy me ha vuelto la imagen de aquella parra que en los veranos cubría el patio de la casa de Sahagún de verde frescor y se encaramaba hasta las ventanas de la galería, donde yo pasaba largas horas enfrascado en la lectura. En octubre, las uvas, la vendimia: malvasías, jereces, prieto picudo y mencías, que tanto le gustaban a mi madre. Después, el otoño con el precipitado de hojas color teja mojada que dejaban los nidos al descubierto, ya vacíos, pero allí esperando otro milagro de la primavera. Este invierno he pasado unos días en la vieja casa y la he visto podada, sarmentosa, devastada, completamente desnuda, casi ridícula. Al mirarla desde la galería se me llenaron los ojos de emoción: allí estaba mi infancia igual de escuálida, solitaria y erosionada. Los rincones que integran nuestra geografía sentimental crecen en el recuerdo y en los afectos de manera nada acorde con la realidad, de modo que cuando regresamos a ellos la emoción sufre los rigores del implacable paso del tiempo.
POESÍA [De: Los días inciertos (Granada: Colección Genil, 2003] FULGOR Todo Rostro ha suscitado alguna vez LA CASA DE LA VIUDA Tablas de Hooch y de Vermeer,
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