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La estética cuántica y la novela 'Puerta del Sol' de Gregorio Morales.
Miguel Arnas

 

Ed. Port Royal

Ed. Dauro

 

 

Se habla de dos personas que quedaron citadas en la Puerta del Sol de Madrid. Ambas fueron puntuales y pasearon en torno al punto de encuentro. Cansados de permanecer de pie y tras comprobar que pasaban quince minutos de la hora acordada, se sentaron en un banco. No se vieron. Al día siguiente se encontraron, esta vez sí, con puntualidad y común ubicación. Estuve allí, dijo uno. También yo. Un cuarto de hora más tarde me senté en un banco. ¿Cuál?. El que está justo al lado de la esquina, frente a la pastelería. En ese banco estuve yo sentado a la misma hora que tú dices. Imposible que no me vieras. Lo imposible es que no me vieras tú. Y sin embargo estuve. Yo también estuve. Como dos corpúsculos subatómicos: están y no están a la vez, o tienen, según la observación, el don de la ubicuidad, estar en dos lugares a la vez.

En la Puerta del Sol puede ocurrir de todo.

De la barcelonesa Plaza de Cataluña se repite que si alguien gritase ¡paisano! a determinadas horas del fin de semana, todo el mundo giraría la cabeza.

Tal vez hoy habría que gritarlo en swahili, quetchua, urdú o tagalo. Pero si uno grita ¡paisano! y es, por decirlo de alguna forma, una broma o constatación, la llamada es indiscriminada, y sin embargo, el que se gire será un individuo concreto, una persona y no un abstracto miembro de un grupo. Curiosamente, el llamado se sentirá tanto una cosa como otra, individuo y grupo, se sentirá ambas cosas a la vez. Como un fotón, onda y corpúsculo.

Pero bueno, todas esas cosas, diréis, son cotidianas y tampoco hace falta darle mucho a la cabeza para llegar a tales conclusiones, ni hacer encaje de bolillos como conectar la obra o la intención artística con asuntos como la física cuántica. Sin embargo, el humano se ha dedicado durante milenios a adaptar formas de vida y teorías artísticas a descubrimientos científicos o a ideologías imperantes.

La estética cuántica hace eso justamente: adaptar formas de actuación artística a los nuevos descubrimientos científicos de la física subatómica. En el año 94 nace el grupo de Estética Cuántica en Madrid, grupo que llegó a estar integrado por sesenta personas, entre artistas plásticos, escritores, músicos, filósofos, etcétera. Posteriormente este grupo devino en el Salón de Independientes, con la voluntad expresa de marcar diferencias con el realismo imperante. Puesto que en otros países ya se estaba llevando una tarea teórica y práctica semejante, el grupo se amplió con amigos norteamericanos y argentinos, principalmente, que colaboraron en las tareas y en extender su enfoque del mundo cultural.

Tras la publicación de El cadáver de Balzac, de Gregorio Morales, una auténtica revelación en lo que atañe a la literatura, el grupo publica en este año de 2003 un libro llamado The world of quantum culture, El mundo de la cultura cuántica, al unísono en versión inglesa y española (ésta en ed. Port Royal de Granada, y aquélla en ed. Praeger/Greenwood, editorial norteamericana especializada en ensayo). Es un conjunto de 10 artículos del mismo Morales, John W. Murphy, Manuel J. Caro, Mihaela Dvorac, Fco. J. Peñas-Bermejo, Algis Mickunas, Jeniffer Wilson, María Caro, Andrés Monteagudo, Juan A. Díaz de Rada y Graciela E. Bergallo, en el que se tratan temas de cultura, literatura, artes plásticas, cine, antropología, filosofía, sicología, lingüística e incluso utopía política, si entendemos como tal no lo que, de forma simplista, a la larga se puede tachar de imposible, sino lo que presumiblemente está por llegar.

En el primer artículo de este libro en su versión española, Morales se extiende en una enumeración de fenómenos investigados en la física cuántica aplicables a las ideas del grupo. Habla, por ejemplo de cosas conocidas como el principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual es imposible en una misma medición apreciar la velocidad y la posición de un corpúsculo, o el antrópico que nos recuerda cómo la mera observación incide en el experimento modificando sus resultados. Pero también nos habla de asuntos no tan popularizados, como la teoría de las supercuerdas que hace creer en la interconexión de diferentes haces vibratorios en el universo de manera que todo estaría conectado entre sí. Respecto a esto, el orientalismo o la mística ya nos insinuaba algo, y no debemos olvidar aquel libro El Tao de la física, de Fritjof Capra, que tanto dio que hablar en los años 80.

También el orientalismo nos hablaba de un tema que es, a mi entender, uno de los más interesantes de entre estas propuestas: los campos morfogenéticos. Jung, el discípulo herético de Freud, ya apuntaba algo así: especie de inmensa memoria universal o biblioteca borgiana donde se van “apuntando” todas las experiencias humanas. El padre teórico de ellos, o al menos quien les dio nombre, es el físico Rupert Sheldrake, a quien los cuánticos mientan como a un santón. Según Morales son “a modo de estructuras, pautas, comportamientos, ideas, tendencias... cada uno de los cuales informa determinados aspectos de la realidad... uno de los cuales sería la experiencia acumulada de toda la humanidad”.

La individuación es, sigo dando mi opinión, el otro tema interesantísimo que, además, sí es del todo nuevo. Los integrantes del grupo de la Estética Cuántica aseguran que les interesa más lo que nos diferencia que aquello que nos une, desde luego fomentando a cambio la ayuda mutua. Potencian, por tanto, los argumentos donde el protagonista sufre una transformación que le hace ser más persona, más consciente. En el artículo “La transgresión del camino literario cuántico”, que Gregorio Morales publicó en la revista Ficciones de mayo de 1996, dice sobre ella: “La individuación consiste en la tarea de abstraer lo propio de lo común; de saber diferenciar entre lo que nos pertenece exclusivamente y lo que nos es impuesto por la comunidad. Más aún, la individuación debe arrebatar parcelas al inconsciente, de modo que se amplíe la conciencia... En palabras de Jung, hay un sí mismo que nos conduce en la tarea de la individuación, llevándonos irremisiblemente por los vericuetos que nos son necesarios... Su destino ya no es exterior a sí mismo, como ocurre en la concepción clásica. Pero sigue teniendo un destino, a diferencia del personaje moderno, perdido en el sinsentido de la vida, atomizado, entregado a las convulsiones”. Evidentemente es una concepción que enlaza con los principios de la estética cuántica, con esas “minas contra la casita” del realismo que tanto promocionan Morales y sus colegas. Minas que ya venía construyendo desde su El cadáver de Balzac.

Hay un filósofo, único español premio Nietzsche a toda una trayectoria filosófica, Eugenio Trías, que desde sus libros y su sistema filosófico promueve algo parecido y del que los cuánticos no hablan. En su razón fronteriza o su filosofía del límite nos explica sobre esa razón que se asoma al “cerco hermético” o mundo de lo misterioso, el no ser, el sin-sentido o la sin-razón, a través del símbolo artístico y el religioso. Aunque los cuánticos enarbolen la bandera de la ciencia, toda su teoría se acerca demasiado a la filosofía de Trías. Si no, compárese lo reseñado de Morales sobre la individuación con este párrafo del último libro filosófico del catalán, Ciudad sobre ciudad, libro en el cual resume todo su sistema y reúne sus apreciaciones ontológicas, éticas, cognoscitivas y metafísicas: “A diferencia de las filosofías de la diferencia ontológica... mi filosofía asume la diferencia, pero también la identidad, en paridad de rango, como determinaciones de la esencia del ser del límite, o como «verdades necesarias»... Esas filosofías se encuentran en graves dificultades para pensar la identidad. Y además no aciertan a comprender la necesidad de una mediación sin la cual el camino del pensar se extravía irremediablemente en los abismos oscuros del nihilismo... Pero no nos alertan lo más mínimo sobre los modos de hacer frente a esa general devaluación o demolición «posmoderna» de todos los valores”.

También las teorías de Richard Dawkins en torno a los “memes”, especie de genes de la información que no sólo se heredan sino que también se transmiten, se acercan en cierta forma a esos campos morfogenéticos.

La grave dificultad metodológica en la que se encuentra la estética cuántica, y que resuelve de forma, hasta ahora, elegante, es la de mostrarnos cómo puede aplicarse al mundo real una física que tiene su ámbito en lo extremadamente pequeño y que parece estar sometida a esa frontera, pues ni en el mundo real el tiempo es un vector al que se le pueda dar vuelta y funcionar a la inversa, ni en este mundo “real”, puesto así, con comillas si se prefiere, el gato está muerto y vivo a la vez en la caja, porque si está difunto, es peso muerto, y si está vivo, bufa y araña el cartón. La elegancia, a mi entender, es justamente el entendimiento de sus ideas como una estética y la abstención de formar lo que Steiner denominaría “metarreligión” o “religión secular”: fundamentalismo que tiene sus herejes, sus ritos o ceremoniales, y un afán de totalidad, de explicarlo todo. Que se sepa, la estética cuántica carece de herejes, a no ser que a este humilde reseñista le nombren tal, ni tiene ceremoniales de iniciación, ni aspira a explicarlo todo.

Y la elegancia de la que hablo está en las obras de sus compromisarios. La novela de Gregorio Morales que aquí cito es un caso claro de esto. La puerta del Sol cuenta la historia de Javier quien, de niño, descubre cómo un hombre lleva a una mujer sujetándola firmemente desde la Puerta del Sol hasta una casa de pisos, en la que entra forzándola a acompañarle, para tirarla desde el balcón del quinto. Ese hombre a quien Javier ve cometer un asesinato resulta ser él mismo 40 años después, y toda la historia de Javier y su amor por Isabel, su esposa, es la de su propia “educación sentimental” para evitar la comisión del asesinato. Existe, pues, ese destino del que hablaba Morales, y se tiene poder sobre él, se puede, incidiendo sobre la vida a base de voluntad y acción, modificarlo. Es, desde luego, una visión optimista. Claro que los cuánticos lo son.

Javier sufre de pequeño las inclemencias violentas de su padre, un maltratador, y ese antecedente le condiciona en su conducta. Isabel, su mujer, es enormemente libre, podría decirse que libertina, y esa libertad es una bola demasiado gruesa para que Javier se la trague. Serán los celos quienes le impulsen al asesinato que finalmente evitará.

La novela tiene 14 capítulos que culminan, digamos, en el séptimo. Antes de él, la “formación” del niño es el asunto, apareciendo ya los temas que luego se desarrollarán: la violencia y el amor. En ese capítulo culminación y centro de la novela, el niño Javier tiene una muerte con renacimiento: tras el enésimo intento de su progenitor de golpear a la madre, Javier lo mata y se suicida, aunque ni los somníferos cumplen totalmente su función, ni el parricidio se consuma. Es el rito de iniciación, el renacimiento de la muerte falsa, lo que le lleva a la conciencia de que deberá luchar para impedir su destino; también ese mismo rito impide, al parecer, el suicidio y el crimen. El rito de iniciación consiste en la inmersión en los campos morfogenéticos, donde un “hombre amojamado, de larguísima barba y mirada ancestral” le muestra qué son esos Campos y le enseña cuál debe ser su camino de reivindicación del Sí-mismo, nadando a contra corriente de su destino. “Muchos hombres”, le dice, “siguen anclados en los arquetipos más primitivos y, ante el cambio de lo que les rodea, reaccionan como han reaccionado desde hace milenios: con la violencia”. Y añade: “No se puede ser pacifista ignorando la violencia, o lo que es peor, satanizándola. Hay que contar con ella. ¿Crees que un ejército que ignorara a sus enemigos o se limitase a criticarlos podría vencer?. No. Sería inmediatamente aniquilado”. Como propone Trías en su método filosófico, desde el borde, desde el límite, hay que saber mirar a ambos lados sin olvidar ninguno.

La caída de Javier en los campos morfogenéticos ¿es sólo un sueño enriquecedor producido por la sobredosis de somnífero?. Morales asegura que no. Desde luego, si fuera un sueño la cosa se asemejaría demasiado al realismo mágico, y ellos repudian esa estética narrativa. Sin embargo, sienten los sueños como parte de la realidad que nos rodea y modifica.

Después de ese séptimo capítulo, la novela avanza por la vida adulta de Javier, y lo hace de una forma quizá no tan apasionante como en la primera mitad. Falla quizá la intriga porque ésta queda resuelta en ese capítulo intermedio, pero uno sigue preguntándose la forma en que Morales resolverá el caso. El autor carga, tal vez, un poco las tintas en la fábula, en la historia moral de Javier e Isabel, aunque sin duda es lo que pretende. Por el contrario, hay un detalle brillante que enaltece esta novelita de escasas 120 páginas: el tiempo es un estanque: cuando Javier niño se topa con él mismo forzando a Isabel a entrar en la casa de pisos, toca el portero automático. Dado que la acción está ubicada topológicamente en Madrid, podría esperarse que también lo estuviera cronológicamente. Y lo está por ese afán libertario que a todos nos entró tras la muerte de aquel señor bajito que era gallego, pero no hay ninguna alusión a ello, y desde luego los gadgets o detalles tecnológicos que marcarían el paso del tiempo no están para nada referidos a época, sino introducidos en una modernidad uniforme que no hace referencia a cambio tecnológico alguno, cambio esperable porque entre el Javier niño y el Javier adulto y presunto asesino, han pasado 40 años. La ausencia de ambientación temporal, que no de tiempo narrativo porque hay auténtica narración, centra el drama en la evolución del personaje, en su individuación si seguimos el término tan caro a los cuánticos.

La estética cuántica es una tendencia que merece atención. Y la merece porque es absolutamente moderna, como requería Rimbaud, y porque promete mejorar y sazonarse con el tiempo. El arte no podrá escamotear la reflexión sobre sus propuestas, ni podremos hurtarnos a la investigación de sus conexiones con otros movimientos que en el mundo se están produciendo y que se aproximan a sus postulados.



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