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Pedro Casariego Córdoba: 'Poemas encadenados (1977-1987)' o el encadenamiento al Otro
Miguel Arnas

 

Seix Barral
Barcelona, 2003

La prueba de fuego de alguien que se las da de tener sentido del humor (no que alardee: si alardease carecería por completo de sentido del humor), es enfrentarse a otro cuyo humor es más fino. A veces el humor es distancia, otras acercamiento, y aun otras, aliño. Tal vez Casariego lo utilice en las aptitudes extremas: él no desea acercarse aunque tampoco pueda evitarlo.

Es autor de escasa obra, como es esperable en alguien más poeta que otra cosa. Y sin embargo, sus poemas encadenados son poesía épica. 

Si Homero habló del caudillo o del estratega, Casariego convierte en poesía épica a los protagonistas del cine negro. Aunque como todo, esto hay que matizarlo. A pesar de las semejanzas que unen a sus Poemas Encadenados, que son 6: La canción de Van Horne, El hidroavión de K., La risa de Dios, Maquillaje, La voz de Mallick y Dra, a pesar de todas sus semejanzas y aun de sacar personajes repetidos en algunos de ellos, incluso hacer que reaparezca alguno a quien asesinaron en el anterior poema, cada uno tiene sus propios “fines”.

Pues esta reseña, porque intenta serlo, no permite grandes extensiones, ni mi dominio del comentario sobre obra ajena alcanza cotas de tesis, y ni siquiera de hipótesis, prefiero hablar de las semejanzas que de las especializaciones de cada poema.

¿Por qué un poeta actual, cuando se tiende más hacia la lírica que a la épica, se decanta por ésta?. El secreto está en sus Poemas Sueltos, que aparecen en este volumen, y en su Manifiesto, una especie de proclama escrita por Casariego en algún momento de exaltación, donde confiesa que odia a los que se desnudan, a quienes no hablan más que de sí mismos. Tal vez Casariego debería haber escrito novelas, si tanto quería ocultarse tras la épica, pero Casariego padecía la maldición de ser poeta. No obstante, claro está, y tú que lees esto lo sabes mejor que yo, las máscaras no logran esconder del todo las caras. Es un secreto conocido por cualquier atracador de joyerías. Casariego, así, se inventa personajes, pero esos personajes padecen las obsesiones del autor.

La incomunicación, la soledad, la pregunta increpante y la recriminación a Dios. La fugacidad del amor y al tiempo la necesidad que de él tenemos, idéntica necesidad a la de expresarnos: ambas actividades desesperanzadas. El marginado, entendiendo como tal al delincuente tierno, ingenuo, o la víctima patética de la amada que no es amante, el solitario. La ocultación pudorosa detrás de las máscaras: algo criticable y que, sin embargo, él mismo practicó en sus poemas. La insatisfacción: “¡Llevamos la semilla de la insatisfacción, y Dios, campesino en sus horas libres, manda brillar al sol, caer a la lluvia, morir sin nacer a la helada y al granizo!”, eso dice en Verdades a medias, un texto en prosa que no aparece en el libro que comento.

Sus temas quedan expuestos como palmas de mano.

Pedro Casariego Córdoba hizo lo que otros escritores antes que él: dejar de escribir cuando creyó que podía repetirse o pronunciar lugares comunes. Colgó los hábitos en el 87. En el 93 escribió un cuento ilustrado para su hija Julieta y tres días después de entregárselo se suicidó. Fue pintor también, pintor de colores fuertes, de formas casi primitivas, simplificadas, insinuadas más que vistas. Ahora, Seix Barral tiene la amabilidad de ofrecernos estos poemas escritos entre el 77 y esa fecha en la que dijo hasta aquí llegué literariamente. Van precedidos de un prólogo de Ángel González y una introducción y comentario de Esther Ramón.

Para él, el auténtico artista no hace pública su obra, ni siquiera la realiza sino que la deja en su interior, guardada como la pulcra contemplación de Dios. La obra de Casariego, pues, debería ser inefable: no nombrada, indecible. Hay que agradecerle que, traicionándose, nos dejara lo que él llama “rosario de letras”. ¿Nos extraña que con esa idea, que llegó a ser agobiante hasta obligarle a dejar de escribir, se esconda tras personajes o historias un tanto extrañas, como la del finés Paivarinta que seduce a una dama y la lleva, montados en un cisne, a su octavo piso de una casa que sólo tiene seis, la lleva a aquel lugar en el cual “el día/ necesitaría una ambulancia/ para sobrevivir”, la lleva para dejar al cisne “paciendo en una nube”, donde “suele haber un manojo/ de gorriones y juncos/ olvidado en el aire”?

Todo eso trufado de ternura y sentido del humor, como denunciaba al principio: “Son más de las ocho./ Paivarinta y su presa son sólo dos”. Ese es un recurso repetido sin abusar, el de la polisemia o el calambur: “estoy delirando/ un lirio tras otro”. Utiliza incluso trucos de la poesía visual en la disposición de los versos, o con medios puramente tipográficos consigue efectos plásticos, como en la estrofa 48 de La voz de Mallick, donde después de decir “y miré a otra luna llena/ y mis ojos la vieron llena/ llena como la manta del que no duerme solo”, pinta entre puntos y signos de igual, dos ceros como dos cabezas emergentes de esa manta imaginada. Dos ceros que no están solos, quizá lo que él necesitaba, no porque estuviera solo, que no lo estaba, sino porque nunca es suficiente. Nunca el amor basta, nunca nos satisface Dios ni nuestras palabras son del todo comprendidas, por eso es mejor callarse, no creer demasiado y no amar, o lo que es lo mismo, suicidarse.

Y puestos a personalizar, de entre todos esos poemas o historietas, mi preferida es esa Voz de Mallick, un libro del que el autor se declara cervantinamente no autor sino sólo transcriptor del monólogo escuchado a través de una ventana en cierta calle de Ookunohari, ciudad en la que esclavos negros trabajan en los innumerables campos de algodón, y donde un grupo de elegidos se dedica al noble arte de cazar con carabina al mendigo para ser devorado como suplemento alimenticio. Mallick, ahora basurero encerrado en una celda, fue cazador de mendigos, testigo del premio ofrecido a quien fuera capaz de contar los incontables campos de algodón, así como heredero de un bastón que concede la fe en el Señor por los siglos de los siglos, herencia a la que él, Mallick, renuncia. Pero lo que más es Mallick, es enamorado de la japonesa Wataksi, la inalcanzable y etérea Wataksi, etérea e inalcanzable porque así es el amor, como la sonrisa de los cerezos. En este poema se encuentra, creo, toda la inquietud de Casariego: la imposibilidad del amor divino y la del amor profano.

Recordando en sus imprecaciones a Job, exclama refiriéndose a los esclavos negros: “¿por qué no gritan una ira santa?/ ¿por qué no maldicen al Señor?/ ¿por qué no blasfeman/ para hacerle bajar a Ookunohari?/ ¿por qué no roban el oro de Su trono?/ ¿por qué no golpean al Señor/ para ver si ofrece la otra mejilla?”, o más adelante “la misericordia/ del Señor/ es infinita/ infinitamente/ grande/ por ello/ no cupo/ en la horca del kickapoo/ quizá el indio kickapoo/ hubiera preferido/ una misericordia/ de bolsillo/ una edición/ barata/ del Señor”. Esa misma imprecación o imposibilidad le lleva a decirle a la japonesa Wataksi “cálmame/ necesito que afeites/ mis mejillas descuidadas/ con la más tierna navaja de caricias”. Tal vez porque nunca basta un consuelo diminuto, pero alivia, vaya si alivia. Porque el humano es así: “hombres inocentes y hombres asesinos/ todos somos el mismo hombre/ y todos confesamos crímenes atroces:/ los esclavos negros/ confiesan que conservan/ la fe/ y yo confieso/ que quemé la fe/ y luego vendí sus cenizas”. Pero también está ahí el humor, el distanciamiento, como cuando habla de “una apasionada/ rueda de bicicleta/ que no puede/ contenerse/ más/ y abraza al clavo/ del que está enamorada”, para más tarde reconocer: “Wataksi perdóname/ te he mentido/ un poco/ ningún sacerdote cree/ que una rueda de bicicleta/ pueda enamorarse/ de un clavo”.

Esto ya va para extenso y aún me faltan un par de cosas, así que abrevio. De entre los poemas sueltos (quizá lo más celebrado de Casariego y su obra más comprendida) quiero insistir en lo mismo: su necesidad de ternura, necesidad no sólo humana sino también cósmica, con un entendimiento del amor como redención del humano. Quizá la única redención-rendición (estoy de acuerdo con él, pero no se lo digas a nadie). Hay un poema que no declino reproducir. Se llama Anuncio por palabras, y dijo Casariego que era para su madre, como tantos otros poemas de esta serie suelta. Tal vez él entendiera como madre esa ternura que andaba mendigando, arriesgándose a ser devorado tras la cacería. El poema dice así (aunque imposible, o cuanto menos incómodo, reproducir la tipografía): “Necesito chica que sepa planchar mis labios con los suyos y tender su ropa eternamente junto a la mía y quitar las manchas de mi corazón con su mirada yo pondré la mesa y la caricia en su ramo de lunas y trataré de andar muy despacio cuando ella no tenga prisa”.

Pero no vaya a creerse que Casariego defiende o pregona la promiscuidad: también repite una imagen que resulta curiosa: la del Uno como Muchos: habla constantemente del árbol que es un bosque, e incluso hay un verso que dice: “Ella es un coro de una sola voz”.

Se habló mucho de la influencia del color azul en Casariego, y desde aquí pregunto por la del rojo: color de vida, me parece a mí, una vida invivible, ya, pero vida. Y también me gustaría que se me respondiera a esto: ¿por qué algunas de sus frases me recuerdan tanto a Cortázar a pesar de que ambos no tienen nada que ver?.

¿Te has fijado que esta reseña me salió muy desordenada?. Bandazos es lo que da el propio corazón al leer a Casariego. Si a uno lo dejan entrar en él, porque no es fácil: el acceso no es reservado pero sí requiere esfuerzo. Además, no creas que con lo que aquí te cuento queda explicado el poeta: si te sumerges en él te sorprenderá por mucho que te avisen.

Ahora coge todo esto y remuévelo, porque me queda algo: agradecí a Seix y Barral la edición de sus poemas, y al mismo Casariego la renuncia a sus convicciones para dejarnos traslucir algo de la inmensa obra de arte que en su interior había, tanto con sus poemas como con sus cuadros. Me queda un agradecimiento: a mi pingüina personal y madrileña que pone a mis pies piedrecitas para que yo vaya construyendo este nido con paupérrimas técnica y sabiduría, y un poquito de voluntad y un muchito de temeridad, obligándome a moldear algunas lecturas y a decir lo que nunca osaría, porque yo sólo soy un desgraciado que se las da de tener sentido del humor.



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