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El malentendido
Marcos Winocur

 

 

El niño, en sus correrías por la playa, encontró una botella que, curioso, no tardó en abrir. Fue dar la libertad al genio encerrado dentro desde hacía varios milenios. Pasado el susto, el niño supo que, como muestra de agradecimiento, el genio le concedía tres deseos. Que no vayan contra la naturaleza de las cosas, le advirtió, y le dio un ejemplo: si quieres volverte inmortal, nada puedo, así que no lo pidas, pero, si se trata de una muerte muy dulce, sí, te la puedo conseguir.

El niño retuvo lo de "muy dulce" y se quedó pensando: la muerte ¿qué cosa es? Me lo explicaron... ¿es chocolate, helado, rosca de reyes...? No me acuerdo... Ah, ya sé, es el muñequito, creo. El muñequito que va dentro de la rosca. Un muñequito muy dulce... venga. Y exclamó: ¡Sí, eso quiero! ¿Qué cosa? Una muerte muy dulce. Concedido. ¿Y el segundo deseo? El niño pensó que de poco y nada le serviría lo "muy dulce" si se acababa enseguida, y exclamó: ¡que me dure para siempre! ¿Qué cosa? La muerte muy dulce. Concedido. ¿Y el tercer deseo? El niño pensó que de poco y nada le serviría lo "muy dulce" si se tardaba en llegar quién sabe cuánto tiempo, y exclamó: ¡que venga ahora mismo! ¿Qué cosa? La muerte muy dulce. Concedido.

Y el genio dio dos palmadas y en el acto apareció una soberbia rosca de reyes: para el niño, toditita para el niño y a la tercera porción apareció el muñequito. ¡La muerte! exclamó contento el niño y cayó de espaldas sobre las arenas.

El genio cerró los ojos del pequeño cuerpo y miró hacia otro lado, hacia el mar. Con gesto mecánico, por hacer algo mientras pensaba, arrojó lejos la botella que había sido su prisión. De un niño, yo jamás hubiera sospechado una actitud tan madura. Acabar sin sufrir, me pidió, una muerte muy dulce. Y cuanto antes, dijo luego. Y que la muerte me dure para siempre, me pidió. Lo comprendo muy bien, quiso sellar con eternidad este malentendido entre él y la vida, es claro, quería morir, y sin dilaciones. Y jamás resucitar.

Conmovido, el genio dirigió una última mirada al niño y partió, preguntándose: Cómo habrá cambiado el mundo desde la última vez que, para mi desgracia, lo visité... y se construían pirámides sobre lejanas arenas.



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