|
![]() |
||
![]()
|
|
A dijo a B
Miguel Arnas
A dijo a B: cuando despierte te mataré, y apoyó la escopeta cargada en la esquina de la alcoba. A, con muchas copas, no tardó en roncar. Presa del pánico, B se desveló. Ese insignificante detalle fue mortal para A. A dijo a B: a veces pienso que somos burbujitas, pompas de jabón irisadas que jamás pueden tocarse una a otra porque de hacerlo, explotan; a veces pienso que el lenguaje tiene una utilidad limitada, tan limitada como podría ser contar las estrellas y sólo saber hasta el cien; a veces pienso que unos para otros somos como la pintura para un ciego: podrá percibirla por descripción ajena: deformada. B no pudo soportar tanto muro entre ambos, no aguantó que A hurgase en la herida de sus incomprensiones y se marchó. A ya no tuvo a nadie para quien resultar incomprensible. Reaccionó hablando para sí continuamente. Reaccionó callando para siempre. A empujó a B por la escalera. No fue un asesinato, se cayó por estupidez, declaró ante el Jurado. La sentencia fue absolutoria. Hasta la próxima, dijo a los periodistas. A decidió por fin decir a B que le gustaba, y preguntó a su vez si había correspondencia. B le confesó: yo... yo no... lo siento, pero soy homosexual. A se irritó. ¡Era indiferente el grupo de personas que le gustaban¡, ¿le había preguntado acaso si le atraían los hotentotes o los accionistas de Repsol?, ¿le había preguntado si le iban las doctoradas por Harvard o las militantes holandesas de Greenpeace?. No, sólo había preguntado si le gustaba. Y por lo visto el problema importante residía en que no. Sin más adornos. A dijo a B: te comería. Fue entonces que lamentó la pequeñez de su congelador. A dijo a B, tengo un lunar. B quiso verlo al punto. Puede que lo tenga muy escondido, protestó A. Es imprescindible que lo vea, afirmó B. Logró atisbarlo y A dejó de tener interés para B. A se operó el lunar y ya no fue lo mismo ante sus amantes. Tomó la costumbre de pintárselos en diferentes lugares de su cuerpo y no mostrarlos hasta que fuera imprescindible. A menudo, con la misma pareja, hacía que sus lunares cambiasen de sitio. Pero entonces, A perdió el atractivo ante sí. Eran los espejos quienes no le devolvían una imagen grata. Lo recuperó el día que se tropezó con C, a quien comentó como quien no quiere la cosa, tengo un lunar, y C respondió: bueno, ¿y a mí qué?. A señaló el cielo. B no vio en él nada notable y así lo dijo. Quince días después pedían el divorcio. Tiene ceguera, alegó A. Ve donde no hay, declaró B. Exceso de sinceridad, decretó el juez. A dijo a B: si quieres este empleo, ya sabes lo que debes hacer. B lo hizo, pero fue tanto el asco que a los pocos días se suicidó. B pensó, está bien, pues te quedaste sin empleo. A dijo a B: carezco de tranquilidad cuando te veo irte. B sonrió y aceptó: vale, pues no me iré. Al cabo del tiempo, A dijo: no tengo sosiego si te quedas siempre junto a mí. B no sonrió esta vez, pero aceptó: vale, pues me iré. Al poco, era tanta la infelicidad de A que no sabía si matar a B o suicidarse. Con muy buen criterio decidió hacer primero lo segundo. B dijo a A: apaga la tele, pero A no hizo caso porque lo que de veras esperaba es que la tele dijese: apaga a B. No aguanto a tus padres, dijo A. Ni yo a los tuyos, afirmó B. Decidieron separarse. Me quedaré con los niños, amenazó A. Qué barbaridad, contestó B, seré yo quien me quede con ellos. Ellos no querrán ni verte, aseguró A. Es a ti a quien no soportan, respondió B. Entonces los niños decidieron hacer lo que A y B debieron hacer hace tiempo: salir corriendo.
|
|
|
presentación | números anteriores | mención adamar | galardones | mapa web | lista correo pliegos adamar | los guiños del tiempo | las voces del árbol inicio
© 2000-2003
- Revista de Creación |
|||