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Pequeños accidentes caseros
Berna Wang
Ungaretti En el silencio de la mañana soleada, sentadas en el porche de madera, me recitaste un poema: Todos estamos solos un rayo de sol me traspasa y de pronto es de noche. Y en un segundo el mundo giró sobre sí mismo, se hizo oscuro, te marchaste, escuché una gota de agua golpear en la madera --el deshielo--, me volví hacia ti y ahí estabas, sonriendo. Apoyo la frente en tu pecho y sé sin mirarte que sonríes, que sonrío. He dormido con la ventana abierta y de madrugada el viento ha cubierto mis sábanas de hojas secas. Pequeños accidentes caseros Me hice un tajo en un dedo cuando cocinaba. Luego me despellejé otro dedo al abrir una botella. Hoy me he raspado la pierna con el pico de la mesita. Así que me he puesto seria: he reunido en asamblea a todos los objetos de mi casa y les he dicho que ya sé que me muero de la pena, que tengo el corazón en carne viva, que ya sé que no soy más que una herida que sangra tristeza, que hasta respirar me duele porque él no me ama como le amo yo; en fin: que no hace ninguna falta, les he dicho, que me lo recuerden también ellos cada día. Puse en el tocadiscos El lamento de Ariadna -lasciatemi morire- de Monteverdi. Después escuché el aria de la muerte de Dido -también fue abandonada- de Purcell. Luego me reí de mí misma (aunque tú, suspicaz siempre, pensaste que me burlaba de ti).
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