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Ayer estuvo aquí Cyrano de Bergerac*
Miguel Arnas Coronado

 

 

Ayer estuvo aquí, sentado junto a mí, Cyrano de Bergerac. Lo he sabido por su aspecto de lunático y porque, imaginado por mí, no tengo más que ponerle nombre para conocer su gracia. Es hombre de nariz grande y por tanto, afable aunque irascible. Iba envuelto en capa oscura, tocado con sombrero de pluma, cuello de holanda primorosamente almidonado y planchado, botas hasta el muslo, florín al cinto y mosquete que dejó apoyado frente a la ventana. Anduvo un largo rato curioseando los tubos y los circuitos, trató de levantar la cama-silla aunque por suerte no atinó a mover los manubrios que alteran su horizontalidad o el ángulo de su respaldo. Husmeaba el inevitable olor a chamusquina de la televisión, pulsaba mi teclado como si en el aire fueran a representarse las letras para las que él no veía imprenta ni prensa alguna. Izó mi sonda como si sopesase el líquido dorado, movió mi mano que sordamente cayó al abandonarla. Sin mayor éxito, cosquilleó con su espadín las plantas de mis pies que asomaban impúdicos bajo la sábana. Miró con asco el impoluto color blanco de los azulejos.

Pusele música y buscó con denuedo a los virtuosos, encendí la televisión y me miró como a nigromante. Prendí la lámpara y mirando la bombilla, contó que muchos años atrás tuvo la buena estrella de ser el protegido de alguien que también embotellaba rayos de luz, y él había estado, en uno de sus viajes, donde se genera esta luz. ¿En la central eléctrica?, pregunté ingenuamente. No, en el sol.

Sosegose al fin, le ofrecí un café cargado que le preparé con amor, pues para ese entonces yo me levantaba sin embarazo, se sentó y empezó a hablar. Charla mucho y apretando los puños, como si pusiera gran empeño en ello. Por preguntas debería haber empezado y, no obstante, fue una historia larga la que me contó. Quizá sus preguntas estaban ya respuestas en mi cabeza.

Conocí un hombre como vos, me dijo sonriéndome, de modo que dada la semejanza, ¿puedo preguntaros si estáis como él, también en su mundo?, ¿es el vuestro el mundo de la inmovilidad, la pesantez y la negrura, el mundo que llaman de los agujeros negros? Le reconocí que, si bien mi vida era pesantez e inmovilidad, para nada la tierra que pisaba era un agujero negro, estrella enana ni cometa, sino la tierra tal como él la habitó. Contento de mis garantías, me contó cómo, huyendo de las sociedades donde no está bien vista la imaginación o el humor, había ido dando brincos, unos hacia arriba y otros hacia abajo, hasta ir a parar junto a cierto homúnculo metido en una botella, el cual le aseguró que la conversación que en ese momento mantenían, se producía en la frontera de un agujero negro. También él, como yo, tenía alambres y resortes por todos lados, aunque no vi, dijo con asombro, esas letras que brillan en el cuadro luminoso sino en las imprentas, invento gracias al cual yo he sido conocido en el orbe entero. Volviendo al personajillo, me detalló que tenía la cabeza unida al tronco por un cuello flexible y metálico, si bien la flexibilidad de nada le servía pues, aplanado por la inmensa fuerza que sobre él ejercía su mundo, todo su cuerpo era plano así como la botella dentro de la cual vivía, que más era petaca que matraz. Le hizo notar cómo su propio cuerpo iba haciéndose filamentoso, semejante a esos fideos largos a los que tan aficionados son los italianos, y se enroscaba alrededor de su mundo como las serpientes abrazaron a Laocoonte, aunque por suerte, su cabeza permanecía junto al homúnculo. No le preocupó, acostumbrado como está a metamorfosis, su nuevo aspecto, sino poder escuchar al engendro y ser escuchado.

Éste quiso saber cómo había hecho para llegar allí desde la Tierra. El procedimiento fue tan sencillo como eficaz. Harto de vagar por los espacios intersiderales, Cyrano decidió conocer el inframundo. A pesar de la porosidad de la tierra, era imposible penetrar en ella, y sólo el agua se dejaba penetrar con facilidad, pero ¿cómo atravesar el fondo marino una vez llegado a él? Dedujo, viendo cómo desaparecían animales y árboles en los pantanos tragados por el fondo legamoso, que a mayor profundidad de la que es capaz de llegar cualquiera que se remoja los pies en una playa de la costa normanda, el fondo marino sería una mixtura de tierra y agua imbricada, mixtura, desde luego, penetrable. El problema era, no tanto cómo llegar al fondo del mar sino cómo viajar con la máxima velocidad posible para evitar el ahogo. Para eso bastaba visitar una fragua: el hierro forjado no sólo se endurece sino que se adensa, perdiendo parte de ese espacio vacío que separa sus átomos. Contrató un forjador y compró cuantas ruedas de molino viejas pudo encontrar. Calentarlas, batanearlas y reducirlas al tamaño de simples monedas, mas con el peso de la rueda, fue simple, que no económico. Se llenó los bolsillos con las que en ellos cupieron y se arrojó, conteniendo lo más que pudo la respiración, frente a la costa bordelesa. Como una exhalación atravesó verticalmente los mares y perdió velocidad sólo al tocar fondo que, como estaba previsto, cedió a sus pies y le permitió llegar allí donde el fuego se emulsiona con el agua y la tierra. Probablemente fuera durante su desvanecimiento producido por el brusquísimo cambio de condiciones al que sometió su cuerpo, cuando saltó del centro ardiente de la Tierra a la helada frontera del agujero negro. No le sorprendió la arribada sino su supervivencia. El recién conocido dio a ésta una explicación plausible. Se dice, afirmó, que hay átomos que se comportan al tiempo como cuerpos y como ondas, ¿y qué onda perece en el mar, si todo él es onda?, ¿qué onda perece en el fuego si también él se expresa en el lenguaje ondulado?.

Mientras conversábamos se paseaba a grandes zancadas por mi diminuta habitación, que a estas alturas disponía de una gran chimenea filigranada en su fábrica de la que emanaba un calorcillo vivificador. Se sentó al amor de la lumbre, encendió una cachimba de larguísimo tubo y me ofreció de un vaso humeante cargado de excelente grog. Mientras zancajeaba, había ido golpeando con su florete mis cachivaches, si bien yo sabía que mi Cyrano era una entelequia, un sueño, una quimera, y no temía por la integridad de mis cosas. ¿Sabéis que vuestra vida moderna se desarrolla en espacios harto escurridos?, exclamó colérico, como si en su arrebato quisiera romper ventana y paredes. Le faltaba el aire. Vuestro chiribitil más parece calabozo, gritó. Lo es, le contesté. ¿Sois convicto, traidor, desertor o hereje? Soy accidentado. Me miró con pena. También yo morí de accidente, un golpe en la cabeza, aunque mi visita al agujero negro hiló no sólo mi cuerpo por breve plazo sino que también filamentoso y tallarínico se me hizo el tiempo. Saciada mi curiosidad me daréis licencia para partir, añadió con altivez gascona, usando una fórmula con la cual no solicitaba permiso sino comunicaba una inminencia. Le comprendí profundamente: de haber podido también yo me habría marchado.

Lo agarré fuertemente del brazo para calmarlo y al fin transigió en extender su narración. Durante la entrevista yo me movía con gran agilidad, sujetando allí un florero o recogiendo un libro caído. Miró por la ventana y afirmó que yo vivía en un castillo extraño, tan rectilíneo que parecía vulgar. Trabajosamente volvió al homúnculo en su petaca. Había observado que movía la boca para hablar con gestos exagerados, aunque siempre arriba y abajo o a los lados, jamás hacia delante o atrás como hacemos los humanos cuando pronunciamos. Por otra parte, sus desmedidas gesticulaciones bucales no se correspondían con la finura de la voz, apenas audible. El individuo le afirmó que gritaba cuanto podía pero tan grande era la fuerza de atracción del mundo en cuya frontera estaba que los sonidos, compuestos de corpúsculos como todo el mundo sabe, apenas tenían fuerza para superar la atracción enorme. ¿Es de vidrio vuestra ampolleta?, le preguntó. No, sino de diamante pues de lo contrario carecería yo de protección contra la enorme presión de mi mundo. ¿No es, a fin de cuentas, el diamante un elemento comprimido al máximo, lo que es deducible de su pureza, igual que vuestras piedras de molino fueron forjadas?, pues ninguna armadura mejor que la de diamante ya que no puede comprimirse más.

Quiso Cyrano saber más de las condiciones físicas del mundo en el que vivía el hombrecillo de la ampolleta, y éste le comunicó que no se podía, para describirlo, sino recurrir a metáforas. Este es el reino, le dijo, de la inmovilidad, la planitud y la negrura. También es un reino helado, tan congelado que no hay movimiento en sus átomos. La ausencia de movimiento sólo es feraz en muerte. En el frío sólo se puede sobrevivir siendo plano pues es la profundidad la que requiere calor. Aún peor, yo vivo solo, dijo con gran pena desde su ataúd de diamante, y cuando muera mi mundo y mi vida acabarán conmigo, pues al no haber movimiento no puede haber reproducción ni placer alguno.

No quise seguir escuchando. Es el poder que se tiene sobre los malos sueños. El despertar alivia mucho. Mi accidente, del que le hablé si bien él nada entendió porque nadie en su tiempo habría sobrevivido a algo tan horrible, me dejó tetrapléjico. Desde mi inmovilidad sueño, y en mis sueños suele aparecer ese individuo de cuello metálico metido en una ampolleta plana. Como él, estoy inmóvil e impotente. Sólo me consuela pensar que cuantos vienen a visitarme también son impotentes e inmóviles, aunque su inmovilidad e impotencia no son físicas sino sociales. Ellos, que aún gozan la sociedad, no se percatan de la cualidad de agujero negro que ella va tomando. Nada sale: todo está previsto y nada tiene arreglo.

Apuró el grog y se levantó con energía, como queriendo humillarme en mi incapacidad. La reverencia, rozando el suelo con las plumas de su sombrero mientras la punta de su espada vertía el resto de una bebida, me hizo reír. Él, aun muerto, volvía en busca de aventuras, las mías serían siempre vicarias.

En fin, en algo hay que entretenerse, pensé ayer. Aún me queda la cabeza. Mejor malos sueños que la ausencia de ellos. Y este sueño no cuesta dinero a nadie.

 

*(este capítulo pertenece a la novela en marcha titulada,
de momento, ¡Anda que a mí...!, aunque bien pudiera llegar a llamarse
El sedimento móvil o Tratado de la inmovilidad y la impotencia.



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