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La pelusa de Elisabet
Rebeca Gómez Gázquez

 

 

"Qué sería de las pelusas si no tuviésemos tanta imaginación"

A mis amigas y compañeras:
A Ana, pelusa entre las pelusas, que se fue a Paraguay
a enseñarnos a todos cómo se juega de verdad a las pelusas,
A Eli , María , Pepa, Diana y el resto de pelusas universitarias,
A las pelusas que me hicieron sentir como una pelusa más durante mi estancia en Cáritas.

A mi padre , a mi madre,
por haberme enseñado a ser tan pelusa,
A Pepe y a Gonzalo, mis pequeñas maravillosas pelusas.

Os quiero, pelusas.



Cuando yo aún era una pelusa joven y esponjosa vivía en un jersey rosa de cuello vuelto, de una lana muy suave y con mucho pelo. Nos lavaban con un jabón neutro especial para prendas delicadas, nos escurrían con esmero y nos tendían con mucho cuidado donde no diera el sol, en un tendedero pequeño donde sólo había ropa de niña.

A Elisabet le encantaba ponerse ese jersey. Le combinaba muy bien con una falda de paño de color crudo que llevaba unas flores rosas bordadas en la parte de abajo. A veces se lo ponía también su hermana María, pero a Elisabet no le gustaba que cogieran sus cosas por si se las estropeaban.

Yo nací cuando el jersey tenía seis meses. Podría haber tardado más en nacer, pero después de doscientos ochenta y ocho lavados todo el mundo entendió que mis tres hermanas y yo apareciéramos una mañana, de pronto, mientras Elisabet y María caminaban hacia el colegio. A su madre no le hizo mucha ilusión vernos y quiso arrancarnos con sus dedos que tenían unas uñas brillantes y muy largas, pero Elisabet salió corriendo, porque a ella sí que le gustaban las pelusas que le salían a la ropa. Se alegró de vernos y nos fuimos todas a la escuela.

Qué día más bonito escogimos para nacer. Todo era nuevo para nosotras y aún no sabíamos leer. Pero las pelusas somos muy listas, porque no tenemos todo el tiempo del mundo para aprender, así que nos aprendimos en sólo una mañana el abecedario y todas las tablas de multiplicar. A la siguiente semana ya sabíamos leer, escribir, sumar, restar, dividir y multiplicar. Y jugar, porque a las pelusas también nos encanta jugar. Jugábamos con Elisabet a hacer los exámenes. Si sacábamos diez, las pelusas ganábamos. Y, como las pelusas somos muy competitivas, siempre ganábamos.

La madre de Elisabet se puso muy contenta, porque Elisabet comenzó a sacar mejores notas desde que al jersey rosa de cuello vuelto le habían salido pelusas. Ella le dijo a su madre que nosotras le traíamos suerte, y como su madre era tan buena, mis hermanas y yo dejamos de tenerle miedo a sus uñas brillantes y largas y pudimos jugar con Elisabet en todos los exámenes.

Un día, en el recreo, todos los niños jugaron al pilla pilla. A las pelusas nos encantó ese juego. Era muy emocionante: las caras de todos se veían borrosas y el aire fresquito del invierno nos hacía cosquillas en el pelo. Aquel día sudamos muchísimo y de pronto Elisabet se quitó el jersey rosa y lo dejó en el asiento de uno de los bancos del patio. Nos quedamos allí, quietas y un poco tristes, porque queríamos seguir jugando hasta que se acabara el recreo. Nuestra hermana más pequeña se enfadó y nos echó la culpa de ser unas pelusas muy esponjosas y dar demasiado calor. Pero, en realidad, nosotras no teníamos la culpa de haber nacido en un jersey con la lana tan gorda, así que le explicamos a nuestra hermana que ser esponjosa tenía sus ventajas, y que si se enfadaba y dejaba de ser un poco esponjosa se pondría fea, y entonces la madre de Elisabet no tendría más remedio que arrancarla con sus uñas del jersey. La pelusa pequeña se quedó muy convencida, así que, aunque no volvimos a jugar más al pilla pilla, estuvimos muy tranquilas jugando al veo veo hasta que sonó el timbre. Qué sería de las pelusas si no tuviésemos tanta imaginación.

Los maestros decían que el timbre del colegio siempre era el mismo, pero las pelusas habíamos observado que el timbre que escuchábamos al entrar sonaba distinto del que se escuchaba al salir. El que se escuchaba al entrar era muy desagradable. En cambio, el timbre que se escuchaba al salir era mucho más alegre, y nos dimos cuenta de que todos los niños se ponían muy contentos. Así que las pelusas nos inventamos otro juego: descubrir quién era el mentiroso o la mentirosa que cambiaba el sonido del timbre. Y no teníamos mucho tiempo, porque se acababa el invierno.

Al escuchar el timbre, todos los niños corrieron hacia sus clases. A las pelusas nos encantaba que los niños se pusieran prendas de lana, porque así podíamos enterarnos de los juegos a los que habían jugado las pelusas de los otros jerséis, de las bufandas, de los gorros con pompón y de los calcetines y, como las pelusas aprendemos con facilidad, siempre estábamos atentas para aprender juegos nuevos.

Al parecer, un chaquetón de paño blanco se había quejado de que una bufanda azul le estaba pasando sus pelusas. Ella decía que no se había dado cuenta, pero el chaquetón era muy bruto y le gritaba que no quería adoptar pelusas de una bufanda tan fea. A cualquier bufanda le habría encantado defender a sus pelusas, pero como todos estaban mirando, aquella bufanda sintió mucha vergüenza y le echó la culpa a sus pelusas, gritando que si no sabían quedarse quietas alguien tendría que arrancarlas, tirarlas al váter y después tirar de la cisterna. Todos sentimos mucha pena porque, en realidad, las pobres pelusas no tenían la culpa de haber nacido en una bufanda que no las quisiera.

La vida de una pelusa, a veces, es una vida muy dura, y la ley de las pelusas se parece un poco a la ley de la selva. A todas nos habría encantado decirle a las pelusas de aquella bufanda que se vinieran a vivir con nosotras. Pero también sabíamos que, entonces, las madres y los padres de los niños no nos volverían a dejar ir al colegio y, lo que es peor, tendríamos que dejar de jugar. Y, por otra parte, ¿quién se iba a creer que una pelusa de color azul iba a ser hermana de una pelusa rosa que vivía en un jersey rosa? No, no resultaba creíble. Y las pelusas de la bufanda azul lo tenían que comprender.

De pronto, el maestro entró por la puerta y todas las pelusas enmudecimos y nos quedamos muy quietas sobre nuestras prendas. Los niños y las niñas también dejaron de hablar y abrieron sus libros por el lugar que el maestro les indicó. La nueva lección se titulaba "Las prendas de vestir". ¡Menos mal que aquel día Elisabet se había puesto el jersey rosa de cuello vuelto! Las pelusas estábamos contentísimas por poder asistir a aquella clase, porque estábamos seguras de que nadie, ni siquiera el maestro, que era un hombre muy preparado y había estudiado mucho, sabía más de prendas de vestir que nosotras. ¡Cuánto íbamos a disfrutar!

El maestro dibujó en la pizarra un cuerpo de niña y otro de niño, y entre todos comenzamos a decir todas las prendas que se podía poner cada uno. Como en aquel colegio se aprendía mucha disciplina, cuando alguien quería hablar sólo tenía que levantar el brazo y esperar a que el maestro le diera el turno para intervenir, como ocurría en los debates que los mayores veían en la tele. A las pelusas no nos gustaba la disciplina, nos gustaba más el pilla pilla. Lo único que pretendían en ese colegio era que los pequeños se hicieran mayores para entender los programas tan aburridos que se veían en la tele. Pero, claro, en realidad, aquél no era un colegio de pelusas, sino de niños y niñas, así que las pelusas entendimos que nosotras no podíamos levantar la mano, ni mucho menos hablar, así que jugamos a que nadie se diera cuenta de que le chivábamos a los alumnos todas las prendas de vestir que existían y así, por lo menos, nos aseguramos de que no se les olvidaba ninguna.

Un día, las pelusas nos dimos cuenta de que sudábamos demasiado y de que cada vez nos llevaban menos al colegio. Las pelusas más experimentadas nos explicaron que llegaba el buen tiempo y que el día menos pensado nos guardarían por lo menos durante cinco meses y no nos dejarían jugar al aire libre. Nos dijeron que, las que tuviéramos más suerte, estaríamos a gustito en un cajón o en la estantería de un armario. En cambio, a muchas de nosotras nos tocaría pasar los peores meses de nuestra vida apretadas en una caja o en una bolsa de plástico. De lo que seguro casi ninguna nos libraríamos sería de soportar un desagradable olor a alcanfor que nos dejaría muy dormidas. Incluso, una pelusa extranjera muy experimentada que llevaba muchos años escondida en la sisa de un jersey, llegó a decirnos que el alcanfor se lo habían inventado los japoneses y lo ponían a conciencia para que nos quedáramos anestesiadas y no diéramos la lata durante el verano. Los japoneses siempre inventando. Aquella pelusa, que había recorrido mucho mundo, sí que sabía. En realidad era una pelusa muy vieja, pero en vez de reconocerlo presumía de ser más lista que las demás por haber nacido en el sitio que más desapercibida pasa una pelusa: debajo de una axila. Hay que ver lo listas que llegamos a ser las pelusas.

Nuestras amigas pelusas no se habían equivocado. Un día, la madre de Elisabet nos lavó y el tendedero se llenó de jerséis, y después nos dobló con mucho cuidado y nos metió en una gran caja de plástico transparente con ruedas. No nos libramos del alcanfor, aunque pensamos que pertenecíamos al grupo de las pelusas afortunadas, porque no estábamos muy incómodas. Pero de pronto cayó sobre nosotras una gran tapa de plástico azul y nos aplastamos tanto que ni siquiera teníamos espacio para cambiarnos de hebra. De repente, empujaron la caja hasta debajo de una cama, y todo se volvió tan oscuro que ni siquiera pudimos jugar al veo veo. Tanto nos quejamos que los jerséis nos llamaron la atención y nos ordenaron guardar silencio. Nos dijeron que habían llegado sus cinco meses de descanso, y que si los molestábamos se verían obligados a despegarnos de ellos. Y claro, ¿qué hace una pelusa sin su jersey? Pues nada, la verdad es que una pelusa suelta no es absolutamente nada y está condenada al destierro, a ser arrojada por la ventana o a tener la mala suerte de que se la coma un perro. Y eso sí que sería ser desafortunada. Al final, como las pelusas nunca nos damos por vencidas y además somos muy imaginativas, nos inventamos otro juego: dormir hasta que llegara otra vez el invierno.

Un día de lluvia, por fin, dejamos de estar apretujadas. Una señora desconocida nos sacó de la caja. Estábamos un poco aturdidas y al cabo de un rato nos dimos cuenta de que aquella mujer era la madre de Elisabet, que antes tenía el pelo rubio y aplastado y ahora lo tenía rojo y más rizado. Para tranquilizarnos, las pelusas de una chaqueta negra nos dijeron que antes ellas habían sido verdes y que un día las habían metido en un cubo con agua muy caliente y las dejaron así de negras, aunque ya se habían acostumbrado al nuevo color y casi nunca se acordaban: se sentían igual que si siempre hubieran sido negras.

¡Así que se podía cambiar de color! No habíamos hecho más que salir de la caja y ya estábamos aprendiendo. Las pelusas rosas nos quedamos bastante horrorizadas: por nada del mundo deseábamos que nos convirtieran en unas pelusas de otro color. Así que, desde entonces, estuvimos muy atentas y procuramos no acercarnos a cubos llenos de agua.

Las pelusas nos preguntamos cuánto tiempo habríamos estado dormidas, porque todo parecía muy distinto. A lo mejor nos habían dejado dormir no sólo hasta el siguiente invierno, sino hasta tres inviernos más. ¿Y si a Elisabet ya no le gustaba el jersey rosa de cuello vuelto? ¿Y si se le había estropeado la falda de paño crudo con flores rosas bordadas en la parte de abajo? Nosotras sabíamos que, por nuestra cuenta, sin nuestro jersey, no éramos nada. ¿Pero, y sin la falda? Sin la falda el jersey no era nada, y entonces, nosotras sí que no éramos nada. Deberíamos habernos hecho amigas de las pelusas de aquella falda. Ah, qué inocentes somos las pelusas.

Un día la madre de Elisabet nos metió en una bolsa y después le dio la bolsa a otra señora. Pensamos que, a lo mejor, ella se había dado cuenta de que estábamos vivas y, como éramos tan pequeñas, nos habría buscado una niñera para pelusas. Si nos hubiera avisado le habríamos dicho que las pelusas somos muy autosuficientes y que no necesitábamos una "pelusera" que nos cuidara. Pero seguro que la madre de Elisabet no había conocido a muchas pelusas, porque entonces habría sabido que las pelusas, desde que nacemos, estamos absolutamente preparadas para la vida.

El jersey de Elisabet había criado pelusas. Ahora éramos muchas más hermanas pelusas y, quizás por eso, nos habían llevado a aquel sitio donde había millones de jerséis y muchos más millones de pelusas. Al principio pensamos que aquel era el colegio para pelusas más grande que se podía imaginar, pero después nos dimos cuenta de que allí no había ninguna pelusa maestra, y entonces fue cuando notamos que la madre de Elisabet nos había abandonado del todo. Entonces sí que nos sentimos tristes y todas las pelusas del jersey rosa comenzamos a llorar.

De pronto ocurrió la cosa más extraña que nos podíamos imaginar: las pelusas de un chaleco de cuadros negros y blancos comenzaron a jugar al ajedrez, las de un mantón calado de lana jugaron al hombre araña, las del pompón de un gorro de bebé jugaron a hacer trenzas y las de una cortina jugaron a escalar. De repente, una pelusa muy gorda se tiró desde lo alto de una leja. Las pelusas del jersey rosa gritamos horrorizadas, pensando que aquella pobre pelusa no había podido soportar el abandono y se iba a suicidar, pero antes de llegar al suelo paró en el aire y nos dimos cuenta de que, en realidad, aquella era una pelusa atleta que sólo estaba haciendo puenting desde su ovillo de lana.

En pocos minutos conocimos a casi todas las pelusas de aquel sitio tan maravilloso donde siempre se podía jugar, y nos pusimos tan contentas que pensamos que la madre de Elisabet había hecho muy mal en llevarnos allí, porque ahora sí que no pensábamos volver. Seguro que en aquel lugar no nos aplastaban con tapaderas azules ni nos dormían con alcanfor. Allí había pelusas nacionales y extranjeras de todos los colores y tamaños y, como las pelusas memorizamos muy bien y nunca se nos olvida nada, aquellas pelusas nos enseñarían todos los idiomas y los juegos que habían aprendido por todas las partes del mundo en las que habían vivido.

A la mañana siguiente, entró doña Ana. Al parecer, aquella señora era ahora la dueña de todas las pelusas y, por lo que habíamos escuchado, nos buscaría una familia que nos quisiera. Doña Ana entró cantando, nos dio los buenos días y le dijo a tres jerséis que un señor mayor los andaba buscando. La vida de una pelusa no es nada convencional, porque las pelusas sabemos dónde nacemos, pero no sabemos nunca dónde vamos a acabar. En realidad esa es sólo una de las muchas ventajas de ser pelusa, y por nada del mundo nosotras desearíamos ser otra cosa que no fuera ser pelusas.

Algo maravilloso había ocurrido: había llegado un tren desde muy lejos lleno de niños y niñas que no traían nada de ropa. Doña Ana entró, otra vez cantando, y le dijo a todos los jerséis pequeños que, desde ahora, podrían jugar todo lo que quisieran al pilla pilla, porque iban a tener dueños nuevos. Ah, el pilla pilla, cuánto echábamos de menos las pelusas ese juego.

Aquel día, un poco más tarde, entró doña Ana con una niña, que se acercó a nosotras y cogió el jersey rosa de cuello vuelto. Como las pelusas tenemos mucha memoria, nos dimos cuenta enseguida: aquella niña era María, la hermana de Elisabet a la que nunca le dejaba ponerse el jersey por si se lo estropeaba. María abrazó el jersey y lloró un poco. A las pelusas nos dio mucha pena ver a María llorar pero, en realidad, nosotras ya no queríamos volver con ella, porque sabíamos que su madre no nos quería y a lo peor nos tiraba a la basura y encima ya no nos llevaba de vuelta a Cáritas y entonces ya sí que nunca, nunca, tendríamos un hogar.

Pero María no había vuelto a por nosotras. Ella sí que nos quería, las pelusas estábamos segurísimas. Había estado buscando por todos sitios hasta encontrarnos, y ahora sólo iba a despedirse de sus pelusas, ya para siempre. Y se fue contenta. Nosotras ya sabíamos lo que María nos quería contar, porque las pelusas le damos muchas vueltas a la cabeza y nunca nos olvidamos de nada. A María sí que le encantaba el jersey rosa de cuello vuelto.

Había llegado la hora. Llegaron los niños y niñas del tren y cogieron sus jerséis. A nosotras nos tocó una niña eslovaca que se llamaba Pepa. Qué nombre tan raro para una niña eslovaca, pensamos las pelusas. Pero a esas alturas las pelusas habíamos vivido tanto que ya no nos extrañábamos de nada. Pepa era una niña rubia, alta y muy guapa. Tenía manos de pianista y piernas de bailarina. A Pepa le encantaba el color malva, pero es que en Cáritas no había ningún jersey color malva. Se quedó con el rosa y decidió que, desde entonces, aunque fuera rosa ella les diría a todos que era malva. Y entonces las pelusas rosas jugamos a ser pelusas malva. Nos gustó el juego, porque en realidad no nos habían cambiado el color con agua.

A su hermana pequeña, Diana, le tocó un jersey blanco que siguió teniendo pelusas blancas. Las pelusas malva nos pusimos muy contentas, porque las pelusas blancas habían sido nuestras mejores amigas en Cáritas. Además, a las eslovacas no les importaba que las pelusas nos cambiáramos de casa. Unas veces jugábamos todas en el jersey de Pepa, y otras veces en el de Diana. ¿Por qué eran tan distintas las eslovacas? A lo mejor no eran distintas por ser eslovacas sino porque, en realidad, estaban tan felices con sus jerséis nuevos con pelusas nuevas que todos nuestros juegos les agradaban. Las pelusas sí que habíamos tenido suerte. Por nada del mundo habríamos dejado de ser eslovacas.



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