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'Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato' de Edmond Jabés
Miguel Arnas Coronado
Ya con él en la relectura, lo segundo que sorprende (lo primero fue ese menester de subrayarlo todo, de cubrir los márgenes de comentarios hasta que nada más quepa, de tener que tragarse las propias reflexiones) es el título. Descriptivo de algo que luego está por extenso en el interior. Y es esa necesidad la que obliga a su inusual longitud. El libro de pequeño formato puede ser un texto denso, revelador como se insinúa en esas palabras que lo hinchen, "libro del secreto", pero también puede ser el libro que uno lleva de viaje, ligero, sugerente, un libro que uno lee a saltos, a lo largo más del espacio que del tiempo, solaz para los monótonos traqueteos por la estepa cansina, un libro del que se puede extraer una frase, y reflexionar o sonreír, un libro que permite el avance y el retroceso, el hojeo entre paisaje nevado y playa tórrida. Es llevado bajo el brazo, presto a ser utilizado, sin requerir más acción que tomarlo en la mano y abrirlo. Y es ese extranjero quien lo lleva, ese extranjero que es cada uno de nosotros, cada ser humano sólo en tránsito a lo largo de una vida demasiado corta, siempre de viaje, siempre considerado extranjero por el Otro. Por un Otro así, escrito con mayúscula como se designan los conceptos gravosos, Otro al que está condenado el humano, con toda nuestra conciencia y toda nuestra racionalidad. Y Dios es, en ese sentido, el Otro por excelencia. Y no sólo Él para nosotros, sino nosotros para Él. Mucho se habla de Dios en este diminuto libro (porque es pequeño de formato como su propio nombre indica, pero grande de contenido, intenso), pero no del Dios religioso, que religa a los hombres en comunidad sino del Dios personal, místico e intransferible. O casi intransferible, porque Jabés (judío cairota de escritura francesa y sefardí de origen: su apellido original debió ser Chaves) logra que el lector se asome a esa luz cegadora, a ese pozo inconmensurable, a la carroza donde Él habita y cuyo descorrimiento de cortinas tan nefasto puede ser, como nos avisan los cabalistas. Dice Lacan que la conciencia es la presencia de los otros en el Yo. ¿Y qué sería de la convivencia sin esa machacona reivindicación ajena?. Pero, ¿cómo llegar a ella sin la pura contemplación del Otro?. Jabés nos pone ante esa contemplación y nos grita al oído que ese Otro no es más que nuestra imagen en el espejo y que no olvidemos que para el Otro, el Otro es Yo. Y de ahí la rabia que Jabés siente como judío (idéntica a la de Barenboim o a la de Steiner) ante el estado de Israel, rabia que se trasluce en la entrevista que prologa el libro hecha por Marcel Cohen. Rabia que podría resumirse en la impotencia ante el hecho de que los judíos, hastiados de la ausencia del Mesías, quieren fundar la Nueva Jerusalén en un minúsculo Estado achacoso de todos los males que aquejan a todos los demás Estados. La condición de extranjero del judío, cuya patria no es una tierra sino un libro y una lengua, hace ridículo ese intento estatal. Pecado que pagan los judíos de hoy así como lo pagan sus vecinos palestinos, incapaces buena parte de unos y de otros, de ver, simplemente ver al Otro, al extranjero, y sentirse reflejado. Entre hebreo (ibrí, Pero no habla Jabés de particularismos sino del pecado original de todo el género humano: no ver al Otro. Por eso, en muchos momentos, su libro tiene forma dialogada. Ese él, ese sabio o maestro que sentencia (sin caer en dogmatismo, más bien todo lo contrario: muchas de sus "sentencias" son preguntas), esos dos que hablan de un tercero son dialécticas incruentas entre el Yo y el Otro. También, por vergüenza de repartir su poesía en versos, Jabés hace un libro de aforismos o máximas al modo del Eclesiastés y de algunos libros santos. Y de miniaturizadas fábulas. Una amalgama de todo eso es Un extranjero... Distribuido en cinco "libros" y un sexto titulado El eclipse, como si ese apagarse provisional fuera el fin provisional del libro y de nuestras vidas, el título de esas cinco partes es siempre el mismo: Páginas del libro exhumado. Desenterrado, como si hubiera sido oculto, dado por muerto y sacado de nuevo a la luz, resucitado. Lázaro otra vez entre nosotros, pero más sabio. ¿Y a qué esas Páginas del título repetido?: ¿quiso Jabés insinuarnos que para su elaboración, él mismo había espigado entre miles de notas?. Esa sensación da. Debido a eso es que no permite espigueo alguno sino siega. Y después de este zoom, vamos al detalle. ¿Por qué es que este hombre me recuerda a Samuel Beckett?. Es de esperar que me recuerde a San Juan de la Cruz porque todos los místicos hablan de lo mismo, hablan lo mismo. Los peritos diferencian a Miguel de Molinos de Yalal ud-din Rumí, a Teresa de Jesús de Ibn Arabí o Sabetay Sebí, pero también el forense ve signos en el cadáver del muchacho, allí donde la madre no ve sino dolor. ¿Vendrá el recordatorio de Beckett del rumor de silencio que hay en este libro de pequeño formato, de lo sólo entredicho, de la soledad del lector y del autor?. La soledad tendría cura en el nosotros pero ese nosotros implica el gran pecado: los otros, el extranjero, el extraño al que no miro por no mirarme en el espejo, ese individuo simétrico me demuestra que cuando digo nosotros, mixtifico, porque si tú te muerdes la lengua, yo digo "aquí duele más" señalando mi propia lengua, porque a mí no me duele tu lengua. Y si tu lengua no es la mía, tampoco lo es tu lenguaje, pero debe serlo, ha de serlo. El Libro es el Libro mientras es posible discutirlo, si no es como una gran piedra caída del cielo, sólo sabemos que está. Por eso Jabés receta mirar, escuchar, olfatear, sentir al Otro. Sentir (¡qué suerte que también en castellano sentir tenga el sentido de percibir con el oído!, ¡qué lástima que la palabra compasión [tener pasión con] esté tan desprestigiada, qué lástima que consentir tenga otra semántica!) sentir su lengua de extranjero, pues las lenguas tienen interpretación, son convertibles en sentimientos, aunque no siempre puedan ser los sentimientos convertibles en lenguas. De esto último, Jabés nos deja la esperanza. "De lo que pude confiar a la hoja, me corroe ahora lo que no supe formular, como si lo que no revelé fuera lo único que tenía que expresar", dice, y entendemos que, al igual que en el susurro o en el lenguaje del viento entre las hojas de los árboles, al igual que en la caricia, hay que leer entre líneas, hay que ver, como en Beckett lo que no se llegó a decir. Por eso este libro de pequeño formato es poesía aunque no haya versificación: tiene los requisitos de ella: densidad, musicalidad entre palabras y conceptos, y hacer que nos asomemos al brocal de lo inefable. Y da fe de ello: "Más cerca del cielo está la palabra poética": desde arriba se ve mejor el fondo inescrutable del pozo. A veces habla en aforismos, aforismos que parecen versos, hilvanados, engarzados por los pelos aunque de veras formen una unidad visible como lo es la de una catedral románica; otras son parábolas al estilo de las fábulas zen tan simplonamente popularizadas por Coelho. "¿Qué es un extranjero? -Aquel que te hace creer que estás en tu casa". Siempre el Otro como espejo, como lugar hacia el que mirar y donde mirarse. Y también lección de ética, pero una ética mística, de ampliación de lo posible y por eso mismo, imposible hoy aunque textos como los de Jabés hagan pensar que tal vez mañana sí sea posible. "El deber, tal como él lo concebía, no es obediencia al poder. Es una deuda que hay que saldar, deuda con el otro, responsabilidad personal", dice luego. "De la responsabilidad respecto a lo que sucedió, pasar a la responsabilidad respecto a lo que está a punto de suceder", y esa es banderilla en la cerviz de los indiferentes. Pues ese es el secreto de su mística. Una mística donde está presente la Cábala, como señala Valente en su Epílogo a este libro, también presente en la edición que nos ocupa (nos ocupa a ti y a mí, ahora mismo, y que espero te ocupe a ti más si te anima a leerlo), pero más que una Cábala divina, donde al humano preocupa la teología, es una Cábala rastrera, donde el centro es la humanología, y el fin, la entrevisión, no de Dios solamente, sino del Otro, del Extranjero, del Yo reflejado en el Extraño o del Extraño reflejado en el Yo. Y si no, lee: "Acércate -dijo el extranjero-. A dos pasos de mí estás aún demasiado lejos. Me ves tal como tú eres, y no tal como yo soy".
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