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'La hija de la guerra y la madre de la patria' de Rafael Sánchez Ferlosio
Miguel Arnas Coronado
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Antes de entrar
en materia, quizá porque es la manera más rápida de entrar en ella, hay que decir que Ferlosio es una mosca
cojonera.
Se dice que es uno de los mejores, si no el mejor, ensayista vivo español. Él odia
estas clasificaciones o listas meritorias. Por eso es mejor callar. Y ceñirse a los hechos. La hija de la
guerra... está en la línea, como no sería por menos de esperar, de Vendrán más años malos y nos harán más ciegos,
libro también de aforismos, aunque tampoco a él le agrada esta palabra griega y usa la más castiza de pecios. Y
acabo de caer en uno de los peores pecados según el decálogo de Ferlosio: llamar castiza a una de sus palabras
preferidas. |
Pecio es, según la Real Academia,
pedazo o fragmento de la nave naufragada. Aunque también es, derechos que el señor del puerto de mar exigía
de las naves que naufragaban en sus marinas y costas.
Y recurro a estas precisas definiciones porque el libro se divide en tres partes: un
conjunto de artículos al que llama Pedagogos pasan, al infierno vamos (Ferlosio tiene muchas habilidades, y algunas
que seguramente ignoramos por ser él celoso de su privacidad, pero de las más magnánimas, la de titular), otro
conjunto de aforismos o textos cortos (aunque alguno hay de página y media) cuyo rótulo es justamente Pecios, y un
último apartado compuesto de siete artículos dedicados a lo que él llama en la tapa trasera, las tres gracias, que
son la patria, la guerra y la historia, al que encabeza como Campo de Marte. Hay un epílogo, ¡cómo no iba a haberlo!,
ordenado como cuarta parte, consistente en un poema donde se retrata un tiempo actual contaminado y exento de
esperanza y desesperación.
El capítulo Pecios es especialmente rico porque te lleva dando bandazos de una
reflexión a otra, exactamente como los pecios son trasteados por las olas y golpeados violentamente contra las rocas.
Y de ahí el inicio y arranque de esta reseña: parece que todo lo ponga en solfa sin aportar solución alguna, quizá
porque no la haya o quizá porque piense el autor que cada uno descubra las suyas. La clave, digo yo, está en una
frase perteneciente al artículo Catarsis, que dice así: "El que no pueda hacerse otra cosa no trueca en bueno aquello
único que es forzoso hacer". ¿Es que además de necesarias, nos dice, nos vais a convencer de que vuestras
providencias son buenas?. Y a ello se dedica don Rafael.
Claro que, se objetará, esto huele a nihilismo. Y lo es. Y Ferlosio sale al paso en un
pecio, el que denomina Arma verbal: "La palabra "nihilista" bien pudo ser, al cabo, una invención de los apóstoles
del Todo para insultar a los que se negaban a dejarse aniquilar: lo que resistía a ser fagocitado por el Todo no
podía ser más que vomitado hacia la nada". Y con esto queda todo explicado, o al menos rodeado, como se diría en ese
lenguaje guerrero que tanto disgusta y por eso mismo tanto aprecia nuestro buen proveedor de reflexiones.
Es por eso también que decía al principio que Ferlosio es una mosca cojonera: mosconea
y pica en cuanto puede en todo aquel lugar común o "idée reçue" en la que al personal nos gusta regodearnos.
Y es que Ferlosio, en aquel viejo tema metafísico de ¿Por qué esto y no nada?, responde
con un manotazo en la mesa y la cara de pena indicativa de ¡Pues vaya, qué lástima que no se quedase en nada!. Y esto
ya nos lo dijo explícitamente en Vendrán más años malos...
Con todo, hay temas en los que gusta de insistir. A uno de ellos le da en la cresta
sólo comenzar: la enseñanza, aunque confiesa don Rafael que él prefería aquello antiguo de la "instrucción pública".
A ella va dedicada el primer artículo, una conferencia pronunciada en el Instituto de Secundaria de Coria. Y pues uno
de sus temas fetiche es la absurda devoción actual por el deporte, tanto espectacular como practicado, y visto el
final de la dicha conferencia, quiere uno imaginarse la cara de los profesores de Educación Física de ese Instituto,
si es que alguno asistió, y las ganas que debieron entrarles de machacarle el occipucio al conferenciante. ¡Ellos que
tan exquisitos son con el tratamiento de su asignatura que hasta se enfadan si la oyen llamar Gimnasia!.
Otro tema en el que se le siente disfrutar como marrano en charco es la crítica del
lenguaje, sobre todo el periodístico, aunque no en la línea krausista pues no es profético nuestro amigo, y también
el lenguaje oficial, gubernativo, nacional.
Pero, ¿Qué hago yo enumerando temas que él ya toca en su libro?, para eso es mejor
leérselo. Pues eso es precisamente lo que trato de decir. Es mejor leérselo, porque si algún mérito debe tener una
reseña de un buen libro es animar a su lectura, crear la necesidad como el camello bandido crea la necesidad
ofreciendo gratis dosis de droga. De modo que seguiré por donde iba.
Hay cosas, por supuesto, con las que uno no está de acuerdo con don Rafael. Si hubiera
acuerdo total, o uno es un borriquito que se deja engatusar o está previamente en contubernio con el autor, y entonces,
¿Para qué leérselo?. En sus propuestas pedagógicas, como la de usar monografías en las clases de historia, o hay una
ignorancia supina de la realidad de los Institutos de Secundaria, donde con lo que de veras se lucha es con la
voluntad tan extendida hoy del "no quiero saber nada", de la voluntad-del-no-saber, o hay provocación sarcástica, un
decir, visto lo visto con los pedagogos, que sueltan sus sandeces y las aplican, que es peor, yo suelto mi majadería
y ahí os las compongáis. Claro que, uno también se ha dedicado a ese deporte. Los lectores de Adamar recordarán, tal
vez, mi artículo sobre el Pinocho de Collodi donde, con otras palabras, no tan ilustres como las de Ferlosio, decía
yo también que, contra la televisión y la realidad que rodea al adolescente, poco puede la educación escolar, y
proponía alternativas educativas más desbarradas aún que las suyas.
Otro desacuerdo es con el contenido del pecio "Ojo conmigo", que es a modo de prólogo
de su parte intermedia compuesta de pecios. Dice en él que la palabra es esencialmente profana y que la sagrada "ya
no dice, no habla, no es más que letra muerta...; la sacralización sumerge toda la luz de significación en las
tinieblas de la mera materia gráfica o sonora; materia ciega, pero segura y firme como un noray de amarre inconmovible".
Eso contradice la larga tradición cristiana y, sobre todo hebrea, de la exégesis, la extensa usanza cabalística de
discutir y comentar cualquier texto sagrado por insignificante que aparente ser, generando así miles y miles de
páginas de la más alta literatura.
Y sin embargo, como es de esperar, ese fiel de la balanza del que nos habla en el poema
que sirve de epílogo, con venturas y desventuras en los platillos, se decanta claramente en este libro hacia las
venturas. El artículo Medios sin fin, que versa sobre ETA, es antológico, quizá de lo más agudo que se ha dicho sobre
el nazionalismo (ya me niego, y ustedes perdonen, a escribirlo con c). Por no hablar del ensayo largo que da nombre
al libro y que lo cierra, que nos habla de la reciente guerra de Afganistán. Hace falta habilidad para demostrar, y
más a su estilo, huyendo de falsos cientifismos donde lo que se demuestra se "carga de razón", expresión que él tanto
odia, sino decantándose hacia la técnica ensayística de apuntar tratando de atinar en la diana, que la tenencia de
las armas causan las guerras, o que el verdadero motivo de las detenciones en Guantánamo, con sus consecuentes
humillaciones, interrogatorios, maltratos, no es tanto un castigo o un afán de desbaratar los posibles planes de la
organización terrorista, cuanto satisfacer la sed de venganza del simplista pueblo americano y su espíritu "justiciero".
Que detrás de conceptos como patria, guerra e historia, no hay más que discurso, letra,
es asunto que precisamos se nos recuerde para poder interpretar, por ejemplo, las palabras de Otegi en El Mundo de
28-8-02: "Así se declara el lehendakari de las Vascongadas", refiriéndose a Ibarretxe. Provincias Vascongadas era el
nombre que aplicaba el franquismo a Euskadi, los batasunos siempre hablan de sí mismos como Euskal Herria. Es por eso
que da a Ibarretxe el título de lehendakari franquista: es muy simple, si estás de acuerdo conmigo y haces lo que yo
te digo, eres Euskal Herria, si no, eres Vascongado. En eso consisten las patrias. Como la manía de llamarnos al
resto de los españoles Estado Español, mientras ellos son Pueblo Vasco (Euskal Herria). Yo no soy Estado Español,
sino pueblo español. Ellos sí son Estado Vasco o Euskaldún, como gusten. Porque yo no soy dirigente, ellos sí.
Se agradece pues, las oportunas intromisiones de dedo en llaga o las picaduras de mosca
cojonera de los Ferlosios del mundo, para recordarnos la manera de comprender cómo se dicen las cosas para así captar
correctamente qué se dice, pues ése es el derecho que el señor de este puerto nos cobra: avivar seseras y recordar
almas dormidas.
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