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Abisinia y otras infinitudes
José Juan Cantúa

 

 

Abisinia
o el deseo es un aullido de silencio y silencio y silencio

 

Para A. V., y también para A. B,
dos murmullos del mismo río que fluye
como un espejismo detrás de la última duna.

 

I


Apenas una sombra,

de una nube apenas que ya había

di suel to se

en otros vértigos,

así fue la semilla de mi columna vertebral, con su cáscara de papel maché,

en medio de Abisinia y sus caderas de arena, sus muslos arañados,

la radiografía de mi aire de aleteo -a contraluz del crepúsculo-

era un escupitajo, un coágulo

en la punta de la lengua:

la primer palabra invertebrada.



II


Abisinia era muda como una piedra de pozo, un susurro húmedo,

pero sus ojos eran parvadas, jirones de plumas

desplomándose,

deshabitándose,

deshilándose,

desmadrándose desde un útero de cicatrices desma/dejadas,

marcada esa oquedad de terciopelo y cirio con grafitos rencorosos,

tatuado con pétalos de margaritas pisoteados por el sí y el no del deseo,

la zarigüeya paseando su hocico por cada grieta,

extraviada en la neblina de su propio aliento,

lamiendo insaciable la huella de Abisinia,

ebria Abisinia, mareada de ganas, torpe con su baba,

hecha una espiral de temblores,

un estertor.



III


A veces el deseo es un aullido de silencio y silencio y silencio...

la mueca de Abisinia en el parto de su propia extinción,

sus ojos un solo gemido de escultura submarina

mientras un animal minúsculo implacable, inocente y cruel,

con su lengua de fiebre busca para siempre

lo que nunca es Abisinia, lo que ha sido,

condenados al parto para no nacer,

apenas una sombra de una nube, apenas,

para después balbucear mi nacimiento,

un verso, una imagen de un espejo frente a otro a otro a otro,

un poema apenas, Abisinia, aquí mismo,

esto,

desmemoriado y sutil como un puñal

sin filo.



IV


Apenas un destello

que me deshace los párpados con sus dedos de salitre,

yemas de espuma, uñas de arena, manos de enredadera y resolana,

de pronto soy un náufrago en el pecho de Abisinia,

dos ojos desnudos de retina, condenados para siempre a ver qué,

el mundo cabe dos veces en mis cuencas...

Para qué tanto, Abisinia, para qué tanto quiero.

En el útero era una certeza ciega, ahora soy una pregunta absorta

que husmea en todos tus rincones...

...mis ojos me miran.

Son un reflejo en las paredes húmedas

de tu silencio.



V


Tu piel se desteje en mis ojos.

Veo las veredas que conducen al mismo templo,

allí donde todos los santos son ciegos, las once mil vírgenes

y sus once mil pares de ojos de carbón

me miran de reojo.

En tu templo, Abisinia, el púlpito es mío.

No necesito ver para creer. Mis ojos se hincan entre tus muslos

y deambulan entre la pedacería de un mundo

que miente en cada parpadeo.



VI


Mi mirada es un canario que se pasea por el nido de un águila,

pero tus ojos, Abisinia, trasmutan en cuarzo el temblor de las plumas.

Tiemblo en ti.

Apenas un destello y soy pedazos de oscuridad

que desaparecen en la mitad de tu espalda,

esa mitad invisible que habito a fuerza de ver tanto.



VII


¿Quién quisiera cambiar sus ojos por estos,

imposibles para ver de frente?

¡Ah... Cuántos han rogado porque acepte sus párpados, hartos de ellos,

para mirar el sol, solamente!

Incrédulos.

Abisinia es el sol en el fondo de las cuencas,

ardiendo por dentro...

...mientras, Abisinia, guarda mis ojos entre tus muslos

y finjamos que la vista es inocente.



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