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Una espina clavada
Robert LLopis (Fleishman)

 

 

Aquella mañana, su madre decidió que irían a comer a la vecina población pesquera. No había lugar para quejas o lloriqueos. Sabía que no servirían de nada, así que se los ahorró. Mientras se dejaba vestir como si fuera un crío, llegó a la conclusión de que la idea no era del todo mala. En realidad, le apetecía salir de la oscuridad de la casa, del silencio sólo en ocasiones interrumpido por el frufrú de la falda materna, escapar lejos del olor almizclado de la opresión. La noche anterior había soñado que se ahogaba en los senos perfumados de su madre, mientras su padre, muerto hacía ya más de ocho años, les observaba indiferente tumbado en un butacón. Era un sueño recurrente, al cual se había casi acostumbrado, pero le desagradaba el regusto dulzón que le llenaba la garganta y que parecía incluso perdurar por unos instantes tras despertar. Era el empalagoso sabor de la sumisión. No le quedaba más remedio que obedecer a su madre. Ésta tenía más presencia en todos sus actos que él mismo. Y hoy tocaba comer en el puerto. No le gustaba el pescado, pero ella insistía en que tenía que comer de todo, que el pescado era bueno para mantenerse ágil y despierto. Tonterías.

Estaba convencido de que lo hacía porque sabía perfectamente que aborrecía todo aquello que tuviera espinas. Ya llegaría su momento. Aún tenía dieciséis años, ya llegaría el día en el que la dejaría tirada como un mueble viejo. Pasaron la mañana en el pueblo, de tienda en tienda y visitando a los pocos familiares que tenían allí. Al mediodía estaban hambrientos y cansados.

Como era de esperar, acabaron yendo a una posada cerca del puerto, que anunciaba que servían el pescado más fresco de la región. El joven palideció. ¡Con el hambre que tenía y ahora el temido y aborrecido pescado! Una vez dentro, intentó convencer a su madre de que le pidiera un filete de ternera poco hecho, pero ésta se mostraba inflexible. Fue entonces cuando la camarera le sugirió a su madre algo que él no llegó a oír. La que era la sombra de sus días asintió con la cabeza con una media sonrisa en los labios. ¿Habría cambiado de opinión?

- Está bien, hijo. No quieres espinas, pues no las tendrás.-Gracias, madre. No se lo podía creer. ¡Por fín había cedido! ¿Se estaría dando cuenta de que había crecido, de que ya no era ningún crío? Todas estas preguntas hallaron rápida respuesta en cuanto llegó la camarera con los platos. Unas rodajas de salmón para su madre y algo realmente innombrable para él. -¿Qué es esto? Sobre el plato, se disponía un ser con el cuerpo ovalado, que se curvaba sobre si mismo dejando una oquedad casi obscena en el centro. Uno de los extremos terminaba en un racimo de pequeñas patas tentaculadas que parecían retorcerse agarrotadas por la muerte. - ¿Me he de comer esto? ¡Madre, dígame que no! En la vida he visto algo tan repugnante- Es sepia a la plancha, no seas tonto. ¿No querías algo sin espinas? Pues aquí lo tienes. Quiero ver como no dejas ni una sola pata. - le contestó mientras iba cortando en finas tiras al nauseabundo ser con la ayuda del cuchillo y el tenedor. - Anda, cómete esto. Pese a las protestas, ella misma le obligó a tomar del tenedor que enarbolaba amenazadoramente uno de los trozos con patas. Casi instantáneamente supo que iba a vomitar. No pudo hacer nada por evitarlo. Se levantó tan apresuradamente que casi tumba la mesa, ante la estupefacción de todos los comensales del local. Cuando salió a la calle, no pudo dar más que un par de pasos antes de arrojar lo poco que había comido. Aún tenía la cabeza agachada cuando oyó a sus espaldas la voz de su madre.

¡Howard Phillips Lovecraft, vuelve inmediatamente y acábate el resto del plato!

Aquella noche, soñó que unos tentáculos le envolvían en un olor dulzón.



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