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El desayuno
Daniel Duran

 

 

En medio de la mañana más tormentosa siempre trato de cuidarme bien, sea como sea. Es un pequeño salvavidas, un escudo, que sé yo. Cuando se avecina una buena, afortunadamente suelo verlas venir. Hoy se presentaba el trabajo intenso, y en el primer respiro entre llamada y gestión he huido a una cafetería bastante tranquila que hay un poco más abajo. He intentado crear mi tranquilidad y me he pedido un napolitano y un donut relleno, que los hacen ellos mismos y no tiene nada que ver con la bollería industrial. Los he dejado en la mesa, he ido a por el cola cao, he recogido el periódico del día y he vuelto a mi mesa.
Ella ya estaba sentada , disfrutando mi napolitano. He dudado ¿Mi mesa? Y era esa.
-¿Tú eres el niño de la Tere?
-¿Perdone?
-Ya, pero no llueve. ¿Eres el niño de la Tere?
-No, se ha confundido.
Y me he sentado frente a ella. Me ha mirado risueña. Iba algo despeinada. Podía ser mi abuela. Estaba algo bloqueado, ¿era una broma?
-¿Has recogido el suelo de las setas? ¿Has logrado que no se escape ningún dedal del bolsillo?
Y antes de poder responder la ha emprendido con mi donut. -Señora, ¿Sabe quien soy?
-¿Tu eres el niño de la Tere?
-No, no soy de Alcalá. Se ha confundido.
-¿No desayunas?
-Sí, sí, ahora mismo iba a hacerlo.
-Eso debes hacer, comerte todas las patatas.
Y ha llegado otra mujer, con los pasos demasiados apresurados. La ha cogido del brazo, y mientras la levantaba, sin mirarme demasiado a los ojos me dijo
-Perdone, ¿Le ha molestado? Es que está mal, ¿sabe?
Y ha hecho ese gesto tan odioso de señalar su sien e indicarme que tenía la cabeza ida. La he mirado sonreírme, aún con chocolate en la barbilla, con los ojos brillantes.
-No, no, estábamos charlando.
Pero no me ha escuchado, se la ha llevado a rastras, sin esperar respuesta en su vergüenza o en su desgana. No pude distinguirlo.
-Dale las gracias a Tere, estaba todo muy bueno
Y me ha dejado solo con mis dudas.



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