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Cartas a Vilma Illing: Westerwede und Paris
Francesc Pedragosa
Hace 125 años que nació en la ciudad de Praga, Rainer María Rilke,
el gigante flaco de la poesía en alemán. Los responsables del archivo editan ahora en Alemania, 44 páginas inéditas
(Tagebuch Westerwede und París 1.902) del diario íntimo que el poeta escribió entre medias de la miseria, el frío y
la lluvia de aquel París otoñal de principios de siglo. Fue su primer viaje a Francia. En él, Rilke nacerá como poeta
adulto, en la misma tierra que lo verá "crecer" y luego morir, 24 años más tarde. Nota preliminar: Las cartas a Vilma Illing son hebras lanzadas al azar, de ese
sentir que le atenaza en París. Además de ser ficticias, sirven de estratagema para, basándome en sus sensaciones,
hilvanar mi propia intuición a partir de su descarnado diario personal. Del cual aprovecho alguna cita textual y
estampas visuales, como las vistas al jardín del Convento, o el Cedro del Líbano. Todo lo demás es, en mayor o menor
medida, una puesta en escena siguiendo el espíritu que destila del diario que Rainer María Rilke escribió. De hecho,
el personaje de Illing sale en sus anotaciones, pero no deja de ser una sombra entre tantas otras. Las cartas podrían
ir dirigidas a un amigo, un familiar. Rainer María Rilke en París: La larga figura se envuelve en un raído abrigo. Las manos enfundadas en los bolsillos, en un intento por preservarlas de la congelación. Una bufanda de lana enroscada en torno al cuello, le sube hasta la prominente nariz. Se acerca a la ventana y mira a través del cristal, donde las gotas de agua trazan toda una suerte de extraños jeroglíficos. Desde lo alto de un quinto piso, guarecido en un cuartucho infestado de cucarachas, la vida parece suspendida sobre el filo de la misma nada. Se diría que nada ni nadie escapa a los caprichos del azar, convertido en un titiritero de manos invisibles, que mueve los hilos que atañen a nuestras vidas, a su completo antojo. El desolador paisaje de allá afuera, tamiza todo lo que se mueve en una suerte de mosaico irreal. Donde predomina el trajinar de los obreros, que a hora tan temprana desfilan sobre las calles desiertas, como un fantasmal ejército de soldados vencidos, arrastrando con indolencia y deseos de salir huyendo, las pesadas botas que los conducen a las respectivas fábricas. De fondo se oye el ruido de los carruajes limando el empedrado con sus pesadas llantas de hierro. El invierno se enseñorea como un dios azaroso y cruel. Ávido por
desplegar todo su poder sobre los indefensos mortales, con su agrio aliento a desesperanza. Lejos de la tierra que le
vio nacer, exiliado dentro de sí mismo, siente el alma hueca y el golpe sordo de la soledad llamando a su puerta,
ataviada con las mejores galas. Y no quiere abrirla, pues sabe de su fuerza, tanto como de su propia debilidad para
afrontarla. Sin poder evitarlo, el temblor que empieza en la comisura de su alma y acaba aflorando entre la espina
dorsal, le revela lo precario de su condición. Atrapado entre la tesitura de colmar las expectativas forjadas a
golpes de intuición, o dejar de ser "alguien importante" Perdido en un mundo al que no parece importarle lo más
mínimo su propio sufrimiento, experimenta el desamparo del que ni siquiera se siente dueño de su albedrío. La
inseguridad lo está devorando por dentro. No puede evitar creerse a la deriva; una opresiva sensación de estar
desperdiciando su vida, se antepone a cualquier otra consideración. 18 de Noviembre Te escribo como puedo. Aquí hace tanto frío que las manos me tiemblan, incluso las ideas se niegan a salir a la superficie, debo hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarme; el frío cala hasta los huesos, la estufa de leña no funciona, me veo obligado a escribir envuelto en el abrigo y una bufanda que me tapa medio rostro. Llueve durante todo el día, con ensañamiento diría yo. Eso y la miseria están por todas partes, como una segunda piel, allá donde miro sólo veo agua, mugre, desesperanza y futilidad. He dejado atrás la vieja casa de Westerwede, allí quedó mi mujer, Clara y mi hija recién nacida Ruth. Voy en busca de August Rodin, al que quiero hacer una monografía. Pero, una vez aquí, sólo encuentro miseria, miedo a lo desconocido, miedo de mi mismo, miedo a la soledad, miedo al fin y al cabo. No se si seré capaz de traspasar esa tupida barrera que me separa de la cruda realidad. Ha estallado ante mí con una fuerza inusitada. Quizá este sea el principio de una catarsis que me ayude a madurar, tanto anímica como profesionalmente. Ojalá que así sea. Pausa, se frota las manos vigorosamente, se aparta la bufanda y
sopla sobre ellas con el poco aliento que le queda (una espesa nube de vapor sale de su boca), para insuflarles el
movimiento. Prosigue. Me siento estallar por dentro, noto como se producen cambios sin tener la facultad de
encauzarlos. Me doy cuenta que, una a una, van cayendo las diferentes capas de mi personalidad, que se desprenden
como gajos de piel desechable y lo que veo debajo me produce temor. Ojalá que signifique el fin de la inocencia, el
principio de mi despertar como persona. El sufrimiento es lo único que me pone en pie, lo único que me sirve a la
hora de enfrentarme a la lluvia y las hojas de un blanco aterrador. Esa impotencia de no poder llenarlo con poesías,
me está dejando seco. Hay momentos que quisiera haber hecho caso a mi padre, que deseaba emplearme en un banco de
Praga… Estoy solo, aterrado, los días pasan con bíblica monotonía. El frío se recrudece por momentos, y llueve.
Siempre llueve, las paredes rezuman humedad, las amplias avenidas se han convertido en pequeños ríos, franqueados por
árboles de Tila, henchidos hasta reventar. Mis únicos amigos son las cucarachas que cada noche salen a saludarme, y
de paso alegran el suelo de madera borde. Espero con fervor que llegue una tregua. Entonces saldré y secaré mi alma
al sol. Visitaré los Jardines de Luxemburgo, me acercaré por el museo del Louvre. Contemplaré París con otros ojos,
antes que esa depresión pueda finalmente conmigo. Seguirá la misma pauta durante los próximos días, hasta sacar todo cuanto le carcome por dentro. En una irrefrenable sucesión epistolar, dirigida al centro mismo de su propia consciencia. 20 de Noviembre Aquí sigo, pero cada día me siento más acorralado, como un paria aislado, sin raíces en ningún lugar. Aun no comprendo como puedo existir, ni siquiera me explico como los demás pueden verme. Estoy irremediablemente solo, y esa soledad me hace tanto daño. Hace frío, a veces caen copos de nieve que dejan un manto de tul en las calles y las azoteas, pero, cuando cae la lluvia, los funde contribuyendo a ensuciar aún más las aceras, que se convierten en resbaladizas trampas. El pequeño jardín del Convento que tengo frente a mí, se ha entregado ya al frío invierno, harto de luchar. Sus plantas se enroscan sobre si mismas, intentando resistir al viento, que inmisericorde, azota con su aliento todo ser vivo. Desde la ventana de mi cuartucho veo sobre los árboles, un crucifijo en la pared exterior y una virgen orando bajo el techo. La puerta principal permanece cerrada a cal y canto. Allí dentro debe hacer mucho frío, tanto como el que soporto en esa triste morada. A veces estoy tentado de visitarlo, tan sólo para comprobar dicho extremo. Pero, en mi estado no me atrevo ni a cruzar la calle. Rainer M. Rilke. 25 de Noviembre Ayer llovió todo el día, esta mañana bien temprano amaneció un
espléndido día de primavera. Las cosas brillan con luz propia, las ventanas se abren y entran olvidados resplandores,
que tamizan y sacan reflejos dorados de los objetos más inverosímiles, que ayer permanecían apagados. Es el momento
propicio para pasear por las amplias avenidas, sentir la vida palpitar otra vez. Veo carruajes calzados con ruedas
rojas, otras negras, llevadas por enjutos cocheros. Las sonrisas de los niños quiebran el silencio que la lluvia dejó
flotando, alborotándolo todo, Me siento renacer de nuevo. Deambulo por París como una sombra traslúcida, ávida de
sorber cada molécula de la ciudad. Me acerco a los cafés para calentarme un poco. Leo a Dante y a Baudelaire, entre
copa y copa de pastís y no me olvido de mi adorada poesía rusa; también visito Montparnasse, los jardines de
Luxemburgo y los teatros, en un frenético intento de ganar tiempo hasta que el cielo cambie su fisonomía una vez más.
Otro día que la lluvia sigue dando tregua, visito el Jardín des Plantes. Me quedo fascinado contemplando un Cedro del
Líbano ¡Qué hermoso!, y cuanta inspiración me aporta esa sutil contemplación de algo tan lejano, tan exótico y
extraño. 27 de Noviembre Vuelve la lluvia, sin dar tiempo a que me recomponga anímicamente. Todo ser vivo se guarece de ella, la humedad no me deja pensar con claridad, y siempre esa sensación de provisionalidad que no me abandona. ¿Qué aspereza es esta que me mantiene postrado en el más absoluto desencanto? Ya sólo me mueve el juramento que le hice a Clara, y el deseo de ver estrenado en el teatro mi nueva obra: La Princesa Blanca, de la que espero seas la protagonista principal. Cada mañana miro el calendario con la esperanza de que se acorte la fecha de la presentación. Los días pasan con monótona laxitud en este París de cenizas. Disculpa tanto pesimismo, estoy seguro que pasará. Las buhardillas permanecen abiertas Tuyo afectísimo, Rainer María Rilke. Esta será la ultima epístola. En el intervalo, Rilke conocerá la enfermedad de su amiga Vilma Illing. La noticia de su prematura muerte lo sume aún más en la depresión. Siente tal impotencia de no poder hacer nada por ella. Y lo peor, se da cuenta como su único eslabón, su referencia con el resto de los mortales, se ha roto sin remedio. Toda su frustración quedará expresada en estas palabras: "Querría ser rico, poseer jardines llenos de rosas deshechas, mandarle mil rosas de noviembre para que mueran junto a ella". Un tiempo después lo visitará su mujer Clara, aliviando un poco el
aislamiento. Es su cumpleaños. Ilusionado, Rilke prepara una fiesta para recibirla; un ramo de flores, un pastel, una
foto de la Mona Lisa y otra de la Victoria de Samotracia, todo ello dispuesto sobre la sencilla mesa de su habitación.
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