Ángel Olgoso: El relato poético

por Miguel Arnas Coronado - Ángel Olgoso:



Ángel Olgoso nació en Cúllar Vega (Granada, España) en 1961.

Es autor de Los días subterráneos, La hélice entre los sargazos, Nubes de piedra -libros de relatos publicados en ediciones no venales-, Granada, año 2039 y otros relatos (Ed. Comares), Cuentos de otro mundo (Ed. Dauro), El vuelo del pájaro elefante (Ed. Cuadernos del Vigía) y Los demonios del lugar ( Ed. Almuzara).

Entre sus galardones cabe destacar el Premio de la Feria del Libro de Almería (1994), el Certamen de Literatura Erótica “Gruta de las Maravillas” de la Fundación Juan Ramón Jiménez (1995), el Premio Caja España de Libros de Cuentos (1998), el Premio Clarín de relatos convocado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (2004) y el Certamen de Cuento Marco Fabio Quintiliano (2005). Ha sido finalista del Certamen Gustavo Adolfo Bécquer de la Junta de Andalucía, del Premio de Relatos Alfonso Grosso (1999), del Premio NH de Relatos (2004) y del Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza (2005), y del Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción “Premio Axxón”.

Es miembro de la “Amateur Mendicant Society” de estudios holmesianos, y fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis.

Relatos suyos se han incluido en Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (Ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2002), Cuentos del alambre. Antología de nuevos cuentistas granadinos (Ed. Traspiés, Granada, 2004), Noche de Relatos (NH Hoteles, 2004), Grandes minicuentos fantásticos (Ed. Alfaguara, Madrid, 2004), Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Ed. Montesinos, Barcelona, 2005) Granada 1936. Relatos de la guerra civil (CajaGranada), Relatos para leer en el autobús (Cuadernos del Vigía), Doscientas ventanas al mundo (Fundación de derechos Civiles), y Cuento vivo de Andalucía (Univ. de Guadalajara, México).

Ha sido traducido al inglés y al alemán.


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¿Practica Ángel Olgoso un híbrido entre el “microrrelato” y la prosa poética? Él asegura que no. De entrada, no le entusiasma la denominación de “microrrelato”, prefiere llanamente denominar relatos a sus obras, al margen de la extensión. Por otra parte reconoce que ¿de qué literatura estaríamos hablando si la prosa no contuviese ni ápice de poesía? A mi entender, la prosa es a la poesía como la arquitectura es a la escultura. A esta última le basta con su propia belleza, mientras la arquitectura debe tener una virtud sin la cual no es lo que pretende ser: la habitabilidad. Pero como valor añadido a esa habitabilidad, si la arquitectura no tiene, además, belleza, será tan sólo utilitaria. Con la prosa ocurre algo semejante. La habitabilidad de la prosa es el mismo hecho de contar una historia, algo que sucede, sea este suceder una anécdota exterior, sensual, o sea un suceder interno, una reflexión o un monólogo interior. Que haya drama, esa es la habitabilidad de la prosa, un drama que implique, por lo menos, a dos realidades y ambas cuenten; la poesía es personal e intransferible, en ella puede haber drama pero la parte no protagonista será algo externo al desarrollo del discurso. Ángel Olgoso cuenta historias, lo que no es óbice alguno para que su prosa rebose poesía. Desde luego, si ese era su objetivo, lo cumple sobradamente, y ¿de qué literatura estaríamos hablando si ésta no cumpliese los objetivos previstos por su autor?

En Ángel, el punto de vista es asombroso siempre, de forma que el relato implica al lector porque consigue, aun haciendo del narrador un objeto o una sombra, la angustia o la alegría que erosiona el alma y hasta la piel de quien se pone a leerlo.

Ángel compra las cajas de gomas de borrar por kilos. Su técnica es siempre la de reducción, como el alquimista en busca del elemento puro. Hay escritores que pregonan su facultad de extender a cien folios lo que podría ser contado en dos. Olgoso trabaja al revés: lo que se puede hacer en dos lo reduce a medio, y en ese medio pone la intensidad de ese primer mundo inmediatamente anterior al Big Bang: una densidad descomedida y una energía reconcentrada donde lo temible y esperable es la explosión, explosión en la que el lector, víctima consentidora, se ve proyectado.

Y quede claro que borrar, concentrar, depurar, implica trabajo. Tras rescatarlo del aislamiento que cultiva como un pequeño jardín (piensa, con Cocteau, que la invisibilidad es la condición esencial de la elegancia), nos vemos en una cafetería amplia, aunque algo ruidosa como es normal en nuestro país. Le hablo de esta entrevista y quedamos en el procedimiento. Le pasaré las preguntas por correo electrónico y me las responderá por idéntico medio. Más tarde, en conversación telefónica, me confiesa que en cada respuesta se ha demorado algunas horas: lo imagino primero luchando contra el pudor (“No dejaré que el ruido de la vanidad entre en mi austera casa” decía Shylok), luego consultando viejos archivos de anotaciones, y finalmente mirándose dentro como si tuviera que hacerse una operación quirúrgica a sí mismo. No me extraña. Si Ángel Olgoso fuera escultor retocaría constantemente su obra, puliría y propinaría un martillazo aquí, un bruñido allá, para que su pequeña estatua (no haría jamás obra para una plaza o un jardín sino para la intimidad de una estantería) quedase, no perfecta pues él es el primero en ser consciente de la imposibilidad de tal perfección, sino perfeccionada desde todos los ángulos.

Este fue el resultado de mis preguntas:


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-¿Por qué escribes exclusivamente relato corto?

Por mi total incapacidad para otra cosa. Creo que desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter, por afición, por convicción y también por una elemental cortesía hacia el lector. Pero si me fascina el relato como miniatura, como mecanismo, como pequeño armazón geométrico que encierra imágenes fulgurantes es, sobre todo, por la maravilla de lograr algo en lo que no sobra ni falta nada, por esa contención del lenguaje, por la tensión narrativa, por el vértigo de su historia, de su composición o de su sentido último. Si la novela es un lento asedio, entonces el relato es  una emboscada o un asalto hechos con limpieza y brío… Supongo que  no sé expresar en doscientas  páginas algo para lo que sólo necesito dos. De hecho, cada libro mío contiene de veinte a cien piezas distintas, para unos esto será sin duda un desperdicio, para otros un claro suicidio. Estoy en parte de acuerdo con los que piensan que el cuento clásico ha sido domesticado, convertido en una sucesión de palabras sin encantamiento, y que el microrrelato tiene la misión de darle el tiro de gracia, liberando así las palabras de toda atadura y devolviéndole su poder mágico y subversivo.


-¿Qué es para ti lo fantástico en el relato y qué ingredientes tiene?

Lo fantástico, en poquísimas palabras, es la intromisión violenta de un suceso extraño en el mundo real. El autor debe hacer verosímil lo inverosímil, conseguir que la narración vacile entre una explicación natural y otra sobrenatural, sin decidirse por ninguna, creando así la inquietud en el lector. Para ello se vale de la unidad de tiempo, acción, espacio y efecto; de la descripción minuciosa de elementos tomados de la realidad, ordenados de manera inhabitual o ambigua; de la no explicación final del suceso, y de todo aquello que haga creíble algo que no corresponde a las leyes de la lógica ni de la razón. A mí  concretamente el relato fantástico me permite crear mundos alternativos, escapar de lo consabido y de las limitaciones, porque es evidente que la vida no basta, que tiene un repertorio muy limitado... Arreola incluso llamó al relato fantástico “enmiendas a los planes de la Creación”.


-¿Quiénes son tus modelos o al menos tus escritores admirados en este género?

Hay docenas, aunque siento una especial devoción por Buzzati, Arreola, A. F. Molina, Denevi y Mrozek. A Kafka no es preciso mencionarlo, de igual modo que no pensamos en el aire cada vez que respiramos.


-Muchos de tus cuentos siguen el modelo de sorpresa final (“Iris”, “Los rivales”, “Diadema en tu cabello”, “El lobo viejo de las desgracias”, “El vuelo del pájaro elefante”, etc.). La técnica es difícil porque posterga el conocimiento del lector. ¿Sientes placer cuando encuentras la solución?

Sí, reconozco mi debilidad. No puedo evitar sacudir al lector de alguna manera, desasosegarlo. Sé que la estocada final -que puede producir desde dolor hasta hilaridad- es una forma algo tosca de lograrlo y un recurso demasiado habitual del género, pero supongo que los relatos que nombras, como todos los demás, pedían esa única conclusión. Chandler decía que un final sorpresivo no es bueno si uno no se lo cree. En mi trabajo intento luchar por la excelencia del texto, poner a prueba los límites de la ficción, pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán, sin embargo nunca olvido sacrificarlo todo a las exigencias concretas de cada relato.


-Admiro los títulos de tus cuentos, tan cortos, agudos y eficaces como ellos. ¿Cómo salen y de dónde?

De mi almacén de títulos, tengo tantos esperando ser usados que podría venderlos al peso. Bastantes salen de allí y se amoldan luego a los relatos; otros, en cambio, nacen a posteriori. Simplemente disfruto mucho elaborándolos. Hace veinte años eran en general más largos y estrafalarios. Me gusta que añadan algo al sentido del relato, que el lector deba buscar esas conexiones ocultas, que sean estimulantes en definitiva.


-“Espacio”, “La pesca”, “Buenos propósitos” y otros relatos son una reflexión metaliteraria sobre el mismo hecho de escribir. ¿Piensas que la misma concreción de la idea en el papel es una concesión, un entregarse en manos del enemigo?

No necesariamente, no es más que un motivo propio del universo de los microrrelatos, y te aseguro que me apasiona menos que ese otro tema clásico, el del eterno retorno y los bucles del tiempo, presente en “Samsara”, “Relámpagos”, “La larga digestión del dragón de Komodo” o “Subir abajo”. Al carecer por completo de talento teórico, de madera de ensayista, y ser de los que prefieren la mentira del arte a la verdad de la vida, es lógico que a veces reflexione sobre el hecho creativo y lo haga de la única forma que sé hacerlo.


-¿Intentas algún tipo de uniformidad en los cuentos que integran un libro?

No, en general mis agrupaciones de relatos no tienen un afán totalizador; sólo en “La máquina de languidecer” me propuse conscientemente, más como un reto, escribir una serie de cien relatos brevísimos con mimbres comunes. Pero lo normal es que cada relato cristalice según sus necesidades, de una forma precisa y única, como un objeto absolutamente independiente, como una gema que no tiene porqué formar parte de un collar. Es más, me parece un contrasentido y una aberración esa costumbre tan extendida entre los críticos de desacreditar un libro de relatos por su “falta de unidad”. A mí sin embargo me atrae la versatilidad, poder cambiar de registro, de personaje, de época, de lugar, casi a cada página, poder visitar una gran variedad de mundos en un solo libro. En ese sentido, lo ideal sería publicar cada pieza como tal, individualmente, aunque desde el punto de vista editorial se consideraría delirante esta propuesta, si exceptuamos la original y altruista iniciativa de “Relatos para leer en el autobús”.


-Me da la sensación de que en tus últimas narraciones has pasado de una ironía un tanto cruel a un pesimismo evidente, ¿por qué?

Sí, es cierto, te refieres sin duda a “Los demonios del lugar”. Las atmósferas opresivas, casi macabras, de estos relatos no son sólo reflejo de esa sensación generalizada de colapso de la inteligencia humana, sino de circunstancias personales, de las congojas del paso del tiempo, de la  aceptación del enigma sobrecogedor de la muerte, de sentir hasta qué punto vivimos sobre una ciénaga y qué frágiles son los lazos que nos unen a la cordura, pero también -y sobre todo- de la visión del prójimo como torturador, que es el escabeche en el que últimamente se macera mi cerebro. Es ese nihilismo el que siempre me ha empujado a crear mi propia realidad para sobrevivir, un mundo personal y extraño hecho de sueños, misterios e imaginación, que me sirve de refugio frente a la violencia y vulgaridad del mundo.


-Tu sentido del humor es sarcástico. Esto enlaza con lo siguiente: te sabemos fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis. ¿En qué consiste esa misteriosa entidad?

Podría decirse que el Instituto es un hijo bastardo del Colegio de Patafísica, sociedad de investigaciones eruditas e inútiles que estudia las excepciones y propone soluciones imaginarias. Durante diez años el I.P.G. no ha suscitado el más mínimo interés en Granada, y su único miembro e instigador tampoco ha hecho ni un sólo movimiento para consolidar la plaza fuerte o extender la acción de esta ciencia de lo particular, pero en la actualidad el I.P.G. está viviendo un feliz período de desocultación y enriquecimiento con la elevación a rango de Sátrapa Trascendente de nuevos miembros.


-¿Cómo definirías tu línea narrativa?

Yo diría que se trata de una obsesiva negación de lo real, de lo inmediato, de lo cotidiano, pero no en el sentido de evasión, sino en todo caso de iluminación. Creo que sólo lo excepcional es digno de ser contado. No me interesa reproducir la mortífera vida ordinaria, sino representar las cosas a las que estamos habituados de un modo insólito, violentar las reglas de lo posible, espolear la imaginación del lector y mostrarle otras perspectivas inéditas.  


-¿Qué piensas del auge actual del cuento?

Personalmente tengo la sensación de estar saliendo de la clandestinidad. Llevo 27 años escribiendo relatos, unos 400 ya, y es ahora cuando comienzan a abrirse algunas puertas (editoriales, páginas digitales, talleres y congresos centrados en lo breve). Pero a pesar de la efervescencia del género -en especial del brevísimo- comienzan a condensarse algunas sombras: la saturación, la falta de profundidad de muchas propuestas, su condición casi caótica de cajón de sastre, esos autores consagrados que se peinan con novelas y venden luego la caspa de sus relatos. No se trata de una actitud elitista, únicamente quiero hacer notar el peligro que supone llegar a la banalización antes que a la normalización. Haría falta una consistente red de revistas especializadas, como sucede en  América, y por supuesto un cambio muy considerable en la percepción que tienen de la narrativa breve los editores y los lectores.


 


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ESPACIO


            Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias.

            Escribí una novela de trescientas páginas y no cabía ni un alfiler, todo se hacinaba en aquella sórdida ratonera, había codazos y campos minados, multitudes errantes que morían y volvían a nacer, cargamentos extraviados, hechos que se enroscaban y desenroscaban como una tenia infinita, los temas eran desangrados a conciencia en busca de la última gota, no prosperaba el aire fresco, se sucedían peligrosas estampidas formadas por miles de detalles intrascendentes, el piso de este caos ubicuo y sofocador estaba cubierto con el aserrín de los mismos pensamientos molidos una y otra vez, los árboles eran genealógicos, los lugares, comunes, y las palabras pesados balines de plomo que se amontonaban implacablemente sobre el lector agónico hasta enterrarlo.



LAMEDORES  DE  CIELO


            Cuando estacioné y bajé del coche, el perro estaba allí, en la zona sombreada de una esquina del café, echado sobre la acera, mirándome. Dejé de saborear el cigarrillo. De pronto me di cuenta que estaba cambiando una mirada apreciadora, de una vívida afinidad, con un perro desconocido. Según observaba con más detalle al viejo animal, sentí un peso oprimiéndome la nuca. El despiadado estrépito de la ciudad, todos los sépticos ruidos de la vida, se desvanecieron. Creí apreciar huellas en su forma de ladear la cabeza, en la mansedumbre de sus ojos azulencos, en esa aura de reyezuelo indolente que el tiempo ha desamparado. Intuí otras formas bajo su tostado pelaje, otras facciones bajo su hocico y los pliegues de su testuz. Sopesé indefinidas reminiscencias, sombras en movimiento, reveladores vestigios. Un nexo de acción puramente refleja y de dolorosa nostalgia por todo aquello que falta. El perro olfateó desperezado. Y mientras sus ojos avanzaban hacia un brillo más intenso, la angustia me iba empapando como ese aguacero que se encona a veces sobre nosotros. Había algo sólido ahí dentro, en su mirada, sus parpadeos de reconocimiento murmuraban frases que instintivamente yo podía entender, palabras mudas que me dirigió diez años atrás mi hermano mayor antes de huir para siempre de nuestro padre y de nuestras vidas. Había un melancólico sentimiento piadoso retrepado en el interior de aquel perro callejero. Sus orejas colgantes y melladas hablaban en apariencia de huroneos interminables, de luchas y gemidos, de gloriosas carreras, de tácticas de garduño, de hambres y heridas, de territorios rendidos y recobrados. En el reflejo de sus ojos vi. de pronto a las nubes amontonarse sobre la línea de los tejados, merced al impulso de un viento apacible. Y entonces, con un gesto de lealtad hacia el niño que fuimos, acaricié su lomo. Recibí una oleada de evocaciones, de imágenes y pensamientos, una especie de confirmación de identidad, de estupor extremo, un calor reconfortante que estalló inmediatamente entre mis dedos dejando escapar los infinitos susurros de seres sin hogar, de seres desencarnados, como si expiaran la absoluta aflicción que nos provocó su pérdida. La brisa trajo el olor de fuegos lejanos, el aroma de distantes recuerdos, entre tristes y cómicos. Por un momento me pareció que aquel perro, que mi hermano desaparecido y atrapado en aquel perro, asentían  lenta e imperceptiblemente con la cabeza. Creí haber comprendido. Y de mis ojos manaron lágrimas.